El autor, analista de sistemas de transporte y activista social, nos envía este texto fechado el "2 de junio de mayo de 2011" como contribución al debate abierto sobre el movimiento del 15M. Este exto es una versión reducida
de la crónica realizada para el boletín Échanges et Mouvement
La convocatoria espontánea de manifestaciones el día 15 de mayo, prolongada con la ocupación de plazas en las principales ciudades españolas, tuvo un componente de ambigüedad o incluso de ingenuidad.
Se hizo patente un malestar social larvado, sumamente heterogéneo, cuyo horizonte se inscribía en el marco del sistema de representación democrático -los manifiestos emanados de las distintas asambleas incidían en la necesidad de cambiar la ley electoral y la adopción de una serie de medidas, obviamente razonables, pero de muy improbable verificación práctica-. La movilización se debatía entre el rechazo explícito de los partidos y sindicatos y la afirmación de ese mismo sistema de representación, sin cuestionar la naturaleza de la democracia como forma política del capital y el hecho de que la única democracia posible en condiciones de dominación capitalista es esta, ya que el grado de concentración de poder ha convertido la toma de decisiones en un ejercicio oligárquico. Cada vez más, la democracia es un asunto de periodistas, profesionales, artistas, grupos de opinión, etc., es decir, de un nuevo bloque conservador en el sentido literal, que pretende mantener un sistema de representación y redistribución de tipo keynesiano -pacto social, Estado de bienestar- imposibles. Y que se muestra incapaz, debido a su posición social y a la cultura política deudora de la izquierda ideológica, de ir más allá de su condición de izquierda del capital.
Cambio generacional
Hay que constatar un primer aspecto positivo de la movilización de mayo en lo que se refiere al cambio generacional. Aunque la explosión de subjetividades que provocó, en la que cada individuo echaba su cuarto a espadas, refleja asimismo una gran dispersión reivindicativa, con un peso predominante de lo emocional colectivo: del gozo de estar juntos y de sentir una fuerza colectiva más potencial y simbólica que efectiva a la hora de ejercer una presión directa sobre las instituciones políticas, económicas y financieras. El entusiasmo, el abuso del lenguaje -spanish revolution, “estamos haciendo historia”, “estamos cambiando el mundo”, etc.- y el mimetismo con otras experiencias recientes –Egipto- ayudan poco a entender las particularidades de nuestras circunstancias, nuestros intereses y la quiebra del modelo que hasta ahora los garantizaba.
Entre otras cosas, por ejemplo, se olvida que los acontecimientos de la plaza de Tahrir estuvieron precedidos, en los meses anteriores, por cientos de huelgas en los centros productivos. Pero eso no significa ni mucho menos que tomar la calle, aunque sea simbólicamente, sea un acto inútil. Lo que vienen denotando las recientes manifestaciones -1º mayo 2011 en Barcelona, Huelga General de septiembre 2010, 15 de mayo 2011- es un malestar social de fondo que va en aumento con la prolongación de la crisis económica. Por supuesto, los dispositivos de recuperación desde el aparato mediático no se han hecho esperar: entrevistas a portavoces, representantes (¿¡¿), etc., que como es de sobra sabido, es una buena oportunidad para la promoción profesional de nuevos representantes de los movimientos sociales. Además, la invocación de unos representantes políticos honestos y el bajo nivel de politización son terreno abonado para la emergencia de una nueva casta representativa. Pero eso ni es novedoso ni es lo más relevante de la movilización, y los propios indignados en sus asambleas y comunicados han dejado claro que “no representamos a nadie y tampoco nadie nos representa” (acampada de Barcelona).
Cada vez más, la democracia es un asunto de periodistas, profesionales, grupos de opinión, etc., es decir, de un nuevo bloque conservador en el sentido literal, que se muestra incapaz de ir más allá de su condición de izquierda del capital
En las plazas ocupadas hizo aparición la indignación acumulada ante las tropelías y la desfachatez del capital financiero y de su sistema de representación política, lo que expresó asimismo el malestar real que acompaña al proceso de proletarización acelerada de las llamadas clases medias. Eso explicaría las formas ciudadanistas, festivas y respetuosas del juego democrático establecido que se expresan en sus manifiestos y en muchas de las acciones de estos días. En este sentido, también puede entenderse como la eclosión de la heterogeneidad que acompaña a la descomposición social en la que estamos inmersos. Una explosión de descontento, pero de baja conflictividad. Lo que no es en absoluto despreciable si somos capaces de sacar algunas conclusiones prácticas de sus contradicciones.
Con el paso cambiado
Desde luego, la movilización pilló por sorpresa a todo el mundo, por su espontaneidad, por su dimensión y por su resolución de permanecer. Pero el hecho de la movilización de masas, en si mismo, en su dimensión cuantitativa, es muy poco significativa si no atendemos a los contenidos y al horizonte de transformación en que se inscribe, es decir, a lo que ocurre en el subsuelo, en las formas de socialidad y cooperación que se dan en el desarrollo de las acciones. Es ahí, en esas prácticas elementales, donde la movilización puede evolucionar hacia su autoconstitución como sujeto colectivo. La movilización propiciada simplemente por la indignación ante la corrupción política y el deterioro de las condiciones de vida de una amplia masa de la población sólo puede ser un punto de partida. A fin de cuentas, el fascismo también se nutrió de la movilización de masas cabreadas. Y en el caso de la movilización actual en España, la tónica dominante no apunta, por el momento al menos, a superar el horizonte democrático capitalista.
Llega a resultar agobiante ese afán que se traduce en la proliferación de grabaciones y en la necesidad de convertir en objeto mediático la movilización
Con todo, estamos ante un movimiento de la población proletarizada en un país capitalista europeo -lo que los sociólogos se empeñan en denominar clase media- que parece que comienza a convencerse, al menos en una parte de los movilizados, de que la estabilidad económica y social que reclama de la gestión administrativa de unos representes democráticos honrados no es posible, que el esplendor de bienestar democrático del pasado no volverá y que hay que buscar otras maneras de vivir.
Espectáculo
Si todo esto refleja una clara debilidad política, hay otro rasgo sobre el que merece la pena fijar la atención. La importancia que reviste la imagen mediática en nuestra configuración mental induce -especialmente, en las generaciones más jóvenes que protagonizan las acampadas-, con frecuencia, un entusiasmo desmedido hacia la tecnología de la comunicación, como ya ocurriera con el “pásalo” de marzo de 2004, con los resultados conocidos, hasta el punto de considerar internet y las llamadas redes sociales como armas en “nuestras manos”, evaluando su eficacia en la movilización, etc., sin caer en la cuenta de las implicaciones que todo el tinglado megatecnológico tiene en la formación de nuestro mundo y en el deterioro de las condiciones de nuestras vidas. El afán de visibilidad y de transmisión proliferante de imágenes de las movilizaciones, haciendo buena la prédica de los propagandistas mediáticos, según la cual lo que no sale en TV o en Internet no existe, es otro de los puntos críticos de las recientes movilizaciones de masas y de los movimientos y tendencias políticas emergentes. Llega a resultar agobiante ese afán de visualización que se traduce en la proliferación de grabaciones y en la necesidad de convertir en imagen y objeto mediático la movilización, sin considerar hasta qué punto esa visualización banalizada puede convertir la demostración de fuerza colectiva en la calle en una forma de espectáculo. Sin embargo, ni todo lo que se ‘ve’ es real, ni la realidad de la movilización se agotó en el instrumental mediático.
Impulso emocional
La movilización de mayo también reflejó la forma actual de la dominación del capital sobre la población proletarizada, en la medida que la enorme manifestación de subjetividades que se daba en las plazas no alcanzaban a obtener un elemento de agregación consistente más allá del impulso emocional –indignación- que se materializaba en ese programa mínimo que es la reforma de la ley electoral y de las instituciones democráticas. Quizá sea este el nivel que, por el momento, dan de sí las llamadas clases medias en proceso de proletarización acelerada. Un proceso, sin embargo, que particulariza las situaciones individuales hasta la atomización, en línea con la multiplicidad de formas de vida en que se materializa la relación social capitalista en las sociedades avanzadas y que fragmenta hasta el extremo la situación personal de cada individuo, sus recursos, su capacidad de respuesta y su margen de maniobra para la supervivencia, ante las acometidas del proceso de proletarización. Y eso se nota a la hora de articular una plataforma reivindicativa que no sea simplemente una circunstancial declaración de intenciones y de generalizaciones propias del discurso ideológico político. En cierto modo, se volvía a hacer patente la sensación de impotencia que acompañó a las manifestaciones masivas de rechazo contra la guerra de Irak. El predominio de lo simbólico por encima de los resultados prácticos.
En el plano general, las movilizaciones de mediados de mayo en España pusieron de manifiesto lo que ocurre en el subsuelo social; la presión sorda pero realmente existente de las masas
No se puede dejar de lado que, a la luz de la experiencia, hay dos elementos que son clave en la conformación y consolidación de cualquier movimiento socialmente relevante. Contar con un elemento fuerte de agregación sobre una base física, objetiva y directa, que en la sociedad capitalista tiene que ver necesariamente con la manera en que nos insertamos en la vida social a través de la mediación dineraria necesaria para nuestra subsistencia, es decir, ‘de qué vivimos’ -trabajo, subsidio, becas, soporte familiar, etc.- y ‘cómo’, de qué manera realizamos prácticamente nuestro acceso a la subsistencia cotidiana. Es sobre esa base física y espacial desde donde emergen los objetivos o reivindicaciones -el segundo elemento- cuya expresión y consecución ayudan a cohesionar y consolidar el movimiento. En el caso de mayo 2011, el elemento de aglutinación respondió a un sentimiento: indignación; lo que se reflejó en propuestas que o bien van a remolque de aquello contra lo que se rebelada -el sistema electoral- o bien se pierde en generalizaciones.
Convocatoria
En este sentido también hay un aspecto que llama a la reflexión, a propósito de la manera como se hizo la convocatoria de la movilización, que podríamos decir ‘por arriba’, desde la comunidad virtual de las llamadas redes sociales de Internet; comunidad donde predominan las prácticas de la comunicación e intercambio de información. A diferencia de los movimientos obreros y populares del pasado reciente, donde el punto de arranque de los conflictos partía ‘desde abajo’, se enraizaba en las prácticas cotidianas de las comunidades obreras de fábricas y barrios, y cuyas formas y expresiones -sindicalismo, autogestión, etc.- iban a remolque del capital; en los movimientos actuales, la virtualidad de las redes sociales de Internet también van a remolque de la producción mediático-espectacular, al tiempo que acentúan la escisión entre la materialidad de la vida -las circunstancias materiales de cada individuo- y la virtualidad de la comunidad hipercomunicativa.
Otra cuestión que es inevitable abordar, se refiere a la capacidad de interrupción del proceso general de circulación y acumulación de capital de esta movilización. Como ocurriera en las movilizaciones contra la guerra de Irak, se trata, para la mayor parte de quienes dieron apoyo a los acampados, de acciones de fin de semana, o de actividades de tiempo libre. Por supuesto, en las movilizaciones de mayo el protagonismo de la ocupación del espacio público fue permanente, pero puso de manifiesto una vez más las limitaciones de la acción práctica de la masa proletarizada periférica del proceso de reproducción social, expulsada del circuito de valorización del capital. De ahí que fuera considerada como un problema de orden público, con una gestión de los costes políticos limitados para los administradores del aparato represivo. En fin, la capacidad de presión de esa multitud congregada en horario fuera de la jornada laboral sobre los centros de decisión política y social se vio sustancialmente reducida no ya por la reivindicación ciudadanista de una regeneración democrática, sino por algo que es mucho más importante; por el hecho de ser una masa de individuos -estudiantes, parados, profesores, jubilados, etc.- que, bien por su marginación y exclusión del proceso general de reproducción de capital, bien por su función secundaria, subordinada, en el mismo -profesores, artistas, periodistas, ‘creativos’, etc.-, limita su capacidad a la hora de colapsar el proceso de reproducción de capital y de imponer sus reivindicaciones.
Presión sorda
Pero, por encima de todo, no puede pasar desapercibida la enorme creatividad desplegada en la autoorganización de la propia dinámica de las acampadas, de sus discusiones, de su capacidad de gestión práctica -centenares de comidas diarias, por ejemplo, organización de la limpieza, de las actividades, etc.-, y de la capacidad de respuesta rápida y solidaria del ‘exterior’ a las peticiones de alimentos, enseres, herramientas y demás medios realizados desde la acampada. Y, además, su capacidad de incidencia en el malestar de la ‘sociedad civil’, es decir, su capacidad de convocatoria y el apoyo recabado entre la población. Por eso, independientemente de la valoración superficial de su carácter de protesta, de acto contestatario, hay que subrayar una dimensión mucho más rica, mucho más contradictoria, si se quiere, de la que pueda derivarse de la simple lectura de manifiestos y consignas de una movilización desbordante de entusiasmo.
Valorar los acontecimientos como mera expresión del ciudadanismo de las clases medias en proceso de proletarización sería insuficiente y superficial
En el plano general, las movilizaciones de mediados de mayo en España pusieron de manifiesto lo que ocurre en el subsuelo social; la presión sorda pero realmente existente de las masas. Si valorar los acontecimientos como mera expresión del ciudadanismo de las clases medias en proceso de proletarización sería insuficiente y superficial, otro tanto podría decirse de quienes intenten hacer balance en términos de victoria o derrota. Más allá de la espectacularidad de la represión y del saldo lamentable de más de un centenar de heridos en Barcelona -dos muy graves-, lo importante es que esa movilización fue capaz de generar en miles de personas la conciencia de que la acción solidaria de masas puede tener efectos tangibles en la conquista de un espacio de expresión y en una eventual consecución de objetivos, por modestos –ciudadanistas- que hayan sido los que aglutinan a esta movilización. Están por ver las consecuencias que en la esfera de la representación política puedan tener las movilizaciones, pero de lo que no cabe duda es que se ha sentado un precedente de que “cuando queramos, volveremos”.
Independientemente de cuál sea la deriva por donde discurra y de las contradicciones -ciudadanismo democrático- y logros coyunturales de la movilización, es innegable que ha vuelto a poner en el primer plano de la actualidad la cuestión de la acción autónoma de masas -que no la autonomía de lo político, como algunos pretenden- y su potencial de desestabilización del statu quo social en un contexto en el que las causas profundas que dieron origen a la protesta de mayo no sólo permanecen, sino que se irán agravando con los recortes sociales anunciados.
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