Presupuestos participativos: ¿en los márgenes del radicalismo?



19/07/07 · 0:00
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El 22 y 23 de junio se celebraron
unas jornadas en Coimbra
(Portugal) sobre este tema
con reputados especialistas.
Entre las exposiciones, se presentó
una evaluación de las más de
50 experiencias que han proliferado
en Europa en poco más de un lustro.
Sobre todo, en Italia, Alemania,
Francia y España. Ante todo, no nos
engañemos: aunque su origen es latinoamericano
e izquierdista, los presupuestos
participativos han acabado
siendo adoptados por gobiernos
de todo el espectro ideológico. Quizás,
gracias a que el Banco Mundial
los ha incluido en su catálogo de ‘buenas
prácticas’: nada que temer, pues
(por ejemplo, el PP fue quien los implementó
en Logroño, aunque despojándolos
de gran parte de su contenido
y coartando su difusión pública).

Segundo aprendizaje: hay tanta
variedad de ‘presupuestos participativos’
como los tipos de gente que
se implican y las metodologías de
participación que se adoptan (a lo
anterior se podría añadir la complejidad
de la trama asociativa, como
es el caso de Córdoba, y el volumen
poblacional del municipio, destacando
el caso de Sevilla, por ser una
de las ciudades europeas más grandes
en embarcarse en estos procesos).
Los rasgos más invariables son
simples: la iniciativa suele proceder
de los gobiernos locales y sólo una
parte del gasto municipal es sometido
a discusión.

‘Subvencionitis’

¿Se trata del tipo de ‘reformas radicales’
de las que apenas han hablado
nuestros miles de aspirantes a alcalde/
sa a lo largo y ancho del territorio
ideológico? Depende de lo que
tengamos en cuenta. Aportan una
transparencia que puede frenar la
corrupción, el clientelismo y la ‘subvencionitis’.
Abren espacios de debate
que acaban en compromisos
concretos de uso de los recursos públicos.

Y, para unos cientos de ciudadanos,
se crean redes de relación y
organización social donde antes eran
meras comparsas y convidados de
piedra al tinglado electoral cuando
tocaba. No es poco, sin duda. A veces,
incluso, algún grado más de calor
democrático que el practicado en
el seno de algunas oscuras asociaciones
y partidos. Pero tampoco es como
para echar cohetes. Son una institución
participativa más, pero no la
panacea de la participación ciudadana.

No son muchos los que aprenden
más, proponen más, reivindican más
y deciden más. Las iniciativas de muchas
organizaciones y movimientos
sociales no encuentran en esos procedimientos
sus mejores canales de
expresión, ni en el gobierno local a
su interlocutor. Hay hasta gobernantes
que han vendido los presupuestos
participativos como fachadas de
cartón-piedra tras las cuales seguir
operando con sus negocios particulares,
o que han clausurado aquéllos
de un plumazo cuando su desarrollo
amenazaba sus frágiles pilares de
poder local. Y no se puede decir que
apunten al corazón de las desigualdades
sociales más sangrantes: participa
quien quiere y, sobre todo,
quien puede; y quien participa suele
ocuparse más de lo propio y cercano
que de lo común y alejado.

Una dosis

Presupuestar, invertir y gastar dentro
de esos límites institucionales
deja, en todo caso, un margen estrecho
para alterar profundamente la
reproducción de las desigualdades.
Claro que siempre habrá alguien
que levantará el dedo para erigirse
en más radical que el último radical
en hablar. Por supuesto que necesitamos
más huelgas salvajes, más rebelión
de los oprimidos, más reapropiación
social de la riqueza, más
cooperación entre diferentes próximos...
(prosígase la lista). Pero no
por eso vayamos a tirar por la ventana
el agua de la bañera con el niño
dentro. Los izquierdistas que han
promovido los presupuestos participativos
no estaban tan errados al
vislumbrar en ellos una dosis de democracia
directa. Y sus derroteros
son impredecibles, dependen de
quién y cómo se involucre.

Voz al pueblo

Como apuntó Boaventura Santos,
un sociólogo portugués entusiasta
de estos experimentos, los presupuestos
participativos permiten un
buen margen para seguir haciendo
política, del color que sea. No son,
pues, una mera receta técnica de ‘innovación’
y ‘modernización administrativa’,
aunque esas etiquetas de
moda les vengan bien a algunos para
conseguir trabajo. De hecho,
Santos apuntó en su presentación
distintos fenómenos que incidían en
el temor de muchos políticos y activistas
al desarrollo de los presupuestos
participativos. Entre ellos, destacaban
su ‘tecnificación’ y su ‘ideologización’.
Lo segundo es imaginable:
para muchos suponen darle alas
a los partidos y asociaciones más izquierdistas,
darle una voz al pueblo
que pueda amenazar y minar los pilares
de los procesos representativos
que tan buenos réditos les dan a
los partidos políticos consolidados.

En consecuencia, ese supuesto ‘izquierdismo’
teñiría las propuestas
de iniciar presupuestos participativos
con el consenso de partidos y organizaciones
sociales menos dispuestas,
en principio, a cambios sustanciales
en la política. La cuestión
técnica no deja de suscitar recelos:
para muchos se trata sólo de que algunos
izquierdistas venden la ‘innovación’
como un conjunto complejo
e inextricable de reglas, reuniones,
porcentajes, comisiones, baremos,
cálculos de compensación, etc., que
espantan al mejor intencionado. En
consecuencia, los presupuestos participativos
vuelven a parecer cosa
de técnicos y expertos, como si ya
estuviesen decididas muchas cosas
de antemano y a la gente sólo le quedara
hablar, votar y, tal vez, mezclarse
un poco con el personal cualificado
que sabe cómo llevar todo el
proceso a buen puerto. Ni tanto, ni
tan calvo. Son necesarios acuerdos
y negociaciones con los diferentes,
al igual que es necesario inventar en
común una metodología. Pero las
incertidumbres en todo lo demás parecen
hasta saludables, aunque puedan
llegar a desbordar el canon procedimentalista
de la democracia.

Como se puede deducir, hasta
unas pequeñas dosis de democracia
directa en el seno de este mundo imposible
causan abundantes controversias.
Afortunadamente, se han extendido
al debate del movimiento
alterglobal, aunque muchos apoltronados
de la política convencional sigan
sin enterarse. No obstante, otras
dosis, protestas y demandas, inevitablemente,
siguen haciendo falta al
margen de esos márgenes.

EL TEMA DE DEBATE: Tras la resaca electoral y la sequía de ideas con
algún viso de 'reforma radical' desde el frente de
los partidos políticos -¿no es lo mínimo que les
deberíamos pedir?- no estaría de más reflexionar
sobre algunas de las 'fronteras' que nos
plantea este panorama. Pensemos, por ejemplo,
en los llamados 'presupuestos participativos',
propuesta abundantemente reflejada en los programas
electorales.

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