El otoño del hacktivismo

La “primavera informática”, el activismo de hace unos años, se debe a muchas causas, algunas técnicas, otras sociales. Desde el punto de vista técnico, ciertas herramientas o­pen source, tales como el sistema operativo Linux o lenguajes de programación como Java o Php, se habían hecho bastante maduras como para constituir una alternativa viable a los programas comerciales.

, Profesor de Informática en la Universidad Autónoma de Madrid
26/12/12 · 16:42
Edición impresa
Isa

La “primavera informática”, el activismo de hace unos años, se debe a muchas causas, algunas técnicas, otras sociales. Desde el punto de vista técnico, ciertas herramientas o­pen source, tales como el sistema operativo Linux o lenguajes de programación como Java o Php, se habían hecho bastante maduras como para constituir una alternativa viable a los programas comerciales. Al mismo tiempo, llegaba a la edad adulta una generación que se había criado en la época del ordenador personal y de internet, una generación con una rica cultura informática, capaz de enfrentarse a los problemas técnicos que el activismo informático tenía. En los mismos años –quizás podríamos usar las protestas de 1999 en Seattle como fecha emblemática– empezaba a tomar fuerza la reacción social a la globalización y al neoliberalismo, lo que Alain Badiou llamó el “despertar de la historia” tras su sueño en los ‘80 y ‘90, época en que el neoliberalismo se propuso como “fin de la historia”.

Todas estas causas, y muchas más, permitieron el florecer de los movimientos ‘hacktivistas’, de la apropiación social de la informática, de su desarrollo en canales fuera del control comercial. Y muchas causas pueden haber jugado un papel en su estancamiento en los últimos años.

Hay, sin duda, un estancamiento generacional de la primera ola de activistas. Mantener un hacklab o una actividad de desarrollo de programas es una tarea muy especializada y que necesita mucho tiempo. A medida de que cambian las circunstancias de la vida, los activistas de hace años han encontrado más difícil dedicar una parte importante de su vida al desarrollo y la difusión del software libre. El coste personal del activismo informático aumenta, y resulta a veces imposible seguir tan activos como al principio. No se trata de un problema secundario: todos los teóricos de la democracia radical se han puesto el problema de cómo conseguir que, tras el entusiasmo de una revolución social o política, la participación no se estancara y la democracia radical volviera al cauce tradicional de la profesionalización de la política. Sólo Marx, optimista como siempre, pensaba que el cambio en la estructura económica llevaría automáticamente a un cambio humano, y a una participación ciudadana constante en la política. Es posible que en esto Marx se equivocara.

Además, en los últimos años, las grandes empresas han empezado a trabajar para reprimir la parte irreductible del activismo y para neutralizar la parte más maleable, incorporándola en la lógica capitalista. Se trata de una estrategia bien experimentada, una unión bien calibrada de represión y asimilación. Allí donde no hay asimilación posible se desencadena la represión. Es el caso de la propiedad intelectual, una de las diferencias irreconciliables entre el activismo y el capitalismo. Un campo en el que la represión ha llegado a tal punto que hoy se puede pasar más tiempo en la cárcel por violación de la propiedad intelectual que por asesinato –véase el caso de Me­gaupload–.

Allí donde se ve una posibilidad de hacerlo, se asimilan las nuevas tendencias y se colocan en un marco fácilmente controlable. Es el caso de la producción independiente de software que, con instituciones como el AppleStore, se ha insertado en los mecanismos comerciales: el autor independiente recibe cierta compensación por su esfuerzo –así como la recibía, de manera cooperativa, en el caso del software libre–, pero a cambio otorga el control de su creación a la empresa –sólo Apple puede vender los programas para el iPhone, y sólo Apple decide lo que se vende y lo que no se vende–.

Este movimiento de reducción de las redes técnicas autogestionadas ha sido sin duda ayudado por la evolución del software libre, que ha tenido como consecuencia una mayor facilidad de uso. Hace unos años instalar un sistema operativo abierto como Linux era un problema técnico importante, y las comunidades de ayuda jugaban un papel crucial. Hoy en día, instalar el sistema es mucho más fácil, y los problemas se pueden resolver pidiendo ayuda en foros online.

La virtualización de las redes de contacto ha constituido también un problema para el activismo. A medida que los foros y las llamadas redes sociales –otro ejemplo de apropiación comercial de una necesidad social– se difundían, desaparecían los puntos de encuentro locales. Sin embargo, estos puntos siguen siendo profundamente necesarios. La presencia en el territorio, la ocupación simbólica de un espacio físico siguen siendo momentos importantes para radicar los movimientos en la sociedad, y ninguna presencia virtual puede remplazarlos. Podemos usar como ejemplo a la red Democracia Real Ya: este movimiento –y otros que confluyeron en el 15M– existían en red antes del 15 de mayo de 2011, y fueron fundamentales para que arrancara la revuelta ciudadana. Sin embargo, fue con la acampada de Sol, con la ocupación de un espacio emblemático en el centro de la capital, cuando el movimiento dio un salto cualitativo y se transformó en una voz social determinante y mayoritaria.

Para que una revuelta se radique, es necesario que salga de los lugares donde ha nacido, que ocupe lugares comunes y emblemáticos. Un activismo informático que se quede en el espacio virtual es cómo la revuelta de un gueto que se queda confinada en el gueto: no tiene transcendencia social y se estanca. Para que el activismo informático se refuerce, tiene que salir de su espacio virtual, ocupar lugares físicos fuera de su entorno, ocupar el imaginario colectivo fuera del círculo restringido de los hacker.

¿Falta creatividad?

Quizás también habrá que hacer un esfuerzo adicional en el campo de la creatividad. El informático Jaron Lanier, en muchos aspectos sensible a la normalización cultural del software, reprocha al movimiento de software libre su falta de creatividad. Su mayor logro –el sistema Linux– es, prácticamente, una implementación de Unix, un sistema operativo creado en los primeros ‘70. ¿Es posible, sostiene Lanier, que los esfuerzos creativos de tantos miles de personas en todo el mundo sólo hayan conseguido re-implementar algo que ya se hizo hace 40 años? Tiene algo de razón.

Un papel importante en este sentido deberían desempeñarlo la escuela y las universidades. Una de las misiones de la educación es ser un punto de encuentro cultural, crear hibridaciones, ser un laboratorio de ideas, de experimentación social. En las escuelas y en las facultades de informática esto supondría también ser una caja de resonancia para las nuevas experiencias, para las nuevas maneras de considerar la relación entre tecnología y sociedad. El activismo informático juega un papel muy importante en esto, y si las universidades siguen formando informáticos sólo en el marco y con la ideología establecidas por las empresas, están traicionando su papel.

Será bastante difícil explicárselo al ministro Wert.

+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

Tienda El Salto