Okupar en Madrid: entre lo necesario y lo imposible (II)

Texto del EJE DE OKUPACIÓN DE ROMPAMOS EL SILENCIO, Rompamos el Silencio son unas jornadas de lucha social en Madrid

 
 

Cuando algo se sitúa entre
lo necesario y lo imposible,
se hacen imprescindibles
nuevos puntos de referencia,
nuevos mapas que muestren los
cambios que se han dado en un territorio.
Se hace necesario un cambio
en las coordenadas y los lenguajes.

10/05/07 · 0:00
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Texto del EJE DE OKUPACIÓN DE ROMPAMOS EL SILENCIO, Rompamos el Silencio son unas jornadas de lucha social en Madrid

 
 

Cuando algo se sitúa entre
lo necesario y lo imposible,
se hacen imprescindibles
nuevos puntos de referencia,
nuevos mapas que muestren los
cambios que se han dado en un territorio.
Se hace necesario un cambio
en las coordenadas y los lenguajes.

El mapa es el tesoro

¿Para qué nos sirven mapas en los
que aparecen lugares que ya no
existen? ¿Para qué nos sirven conceptos
que nombran realidades inexistentes?
Algo fundamental es,
por un lado, no idealizar los referentes,
y por otro, no trasladar mapas
de otros territorios al nuestro,
dado que esto nos llevaría a tratar
de ajustar la realidad que vivimos a
un traje que no es de su talla. Es algo
que al fin y al cabo nos llevaría a
realizar copias y no mapas.

Desde hace tiempo se ha desarrollado
una división dentro de
los diferentes grupos de gente que
apostaban por la okupación como
herramienta de transformación de
lo cotidiano, de lucha contra el sistema
neoliberal... Ésta se traduce
en una supuesta línea infranqueable
que divide a los y las participantes
en los diferentes proyectos de
okupación, entre ‘reformistas’ y ‘radicales’,
entre ‘buenos’ y ‘malos’.
Entre dos (reforma y revolución)
no se puede elegir, como mínimo
hacen falta tres (reforma, revolución
y rebelión) o cuatro (reforma,
revolución, rebelión e institucionalización).
Quizás a partir de tener
en cuenta estas cuatro coordenadas,
podamos saber dónde nos encontramos
con mayor precisión y
comenzar a trazar nuevos caminos.

Creemos que no se trata de debatir
sobre negociar o no, como de
igual modo resulta estéril debatir
entre disturbios o no. Creemos que
un debate fructífero se debe centrar
en qué se negocia, cómo se negocia
y para qué se negocia, o en el
caso de la violencia, qué se ataca,
cómo y para qué. Asimismo es necesario
hacer una contextualización
de cada caso para poder profundizar
y comprender. Para ello
necesitamos distintos referentes
para los distintos contextos. No podemos
medir los diferentes proyectos
de okupación que han existido
con una misma regla, debemos tener
en cuenta quiénes son los responsables
de cada proyecto, en qué
barrio se encuentran, el proceso
seguido hasta llegar a la okupación,
la coyuntura política que se
vive en la ciudad...

De sobra es sabido que los espacios,
las relaciones y los grupos que
generamos desde los Centros Sociales
Okupados (CSO) son cerrados,
pese a nuestra supuesta intención
de darles un carácter abierto.
Es decir, nos vemos atrapadas en
una paradoja, por un lado queremos
que los espacios okupados sean
abiertos, pero por otro lado nos sentimos
muy cómodos y cómodas en
los espacios cerrados dado que es un
terreno que conocemos, por el que
nos sabemos mover. Esta comodidad
reside fundamentalmente en los
esquemas prefijados y que parecen
inamovibles, por los cuales todos y
todas sabemos lo que tenemos y no
tenemos que hacer o decir, sin que
estos esquemas sean explicitados y
debatidos. Parece como si las pautas
que definen los comportamientos en
los CSO tuviesen una especie de legitimidad
histórica: es así porque
siempre ha sido así. Este hecho sólo
nos lleva a un conformismo, a una
caracterización de la okupación como
algo estigmatizado, excluyente y
cerrado. Por otro lado la comodidad
se asienta en otro pilar que es el del
status y el rol otorgado y/o adquirido
por cada cual dentro de los determinados
grupos que se configuran.

Si entrásemos en unas dinámicas
abiertas, en territorios inexplorados,
nuestros pies no pisarían ya un terreno
conocido, sino resbaladizo, lleno
de incertidumbres y retos, lo que provocaría
la desaparición de la comodidad
que comentábamos. Nos tendríamos
que enfrentar a nuevas preguntas
y esquemas. Quien piense que este
camino estará libre de peligros y
resbalones se equivoca, pero es precisamente
en la incertidumbre, en el
desafió y en el riesgo donde residen
las posibilidades de cambio.

En los márgenes

A estas alturas de la película debería
estar claro que no hay vida fuera del
sistema, lo cual no quiere decir que
éste sea el único sistema posible capaz
de generar vida, sino todo lo contrario,
este sistema es seguramente
la máquina más grande y perfecta de
generar injusticia y muerte que ha
conocido la humanidad.

Entendemos que nuestro territorio
de actuación es la periferia, los
márgenes del sistema, en este sentido
habitamos la marginalidad como
algo que es más elegido que impuesto.
Aunque no podemos negar que
también nos empujan a esta situación,
esta marginalidad también
viene a alimentar las posiciones endogámicas
en las que nos encontramos.
Pero no entendemos la
marginalidad como incapacidad sino
todo lo contrario, creemos que los
márgenes, las periferias, son los territorios
en los que las formas de hacer
política que planteamos se hacen
posibles, en los que el aire es algo
más respirable en la medida en la que
están ventilados frente al ambiente
cerrado en el centro del sistema. Así
nos encontramos moviéndonos entre
la legalidad y la ilegalidad, lo bueno y
lo malo, el dentro y el afuera.

Parece claro que si algo compartimos
todos los proyectos de okupación
es la autogestión como uno
de los principios que configuran
nuestras formas de hacer. No obstante,
muchas veces confundimos
la autogestión con lo cutre, la austeridad
con lo precario, sabemos
que nuestros medios y conocimientos
son limitados pero no por ello
nos tenemos que quedar anclados
en una práctica que rechace los trabajos
bien hechos. Si entendemos
la autogestión como el Do it your
self debemos tratar de mejorar
nuestros conocimientos así como
no conformarnos con infraestructuras
precarias que a duras penas
pueden soportar las actividades
que desarrollamos en los espacios
okupados. Lo cutre ha venido a ser
una especie de seña de identidad
que refuerza la autoreferencialidad
y la creación de espacios cerrados,
y acabar con ello nos abriría nuevos
caminos desde los que superar
la lógica en la que nos vemos anclados.
Saber que los resultados de
nuestras acciones no tienen efectos
inmediatos no nos puede llevar a
no hacer nada frente a problemas
que parecen enquistados, dando la
sensación de que forman parte inherente
de los procesos.

Como síntesis, señalar que el punto
desde el que pretendemos intervenir
en la realidad que nos rodea es
la participación (creemos que la realidad
ya ha sido observada durante
demasiado tiempo y que observando
poco o nada se cambia), pero no
una participación otorgada por el
poder, sino una participación tomada,
desde la base, una participación
que no espera a que el Gobierno solucione
el problema de la vivienda o
la ausencia de espacios para los y
las vecinas gestionados por ellas
mismas, sino que toma espacios
abandonados, recicla casas... okupa,
lo cual no significa que seamos
okupas, es decir, que seamos tan
‘malos’ como nos pintan ni tan ‘buenos’
como les gustaría.

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