Una nueva oportunidad de desatar lo atado y bien atado

El conflicto armado en Euskal Herria, su posible solución negociada
y las propuestas de reformas estatutarias son reflejos de
la dificultad de sectores de la población para sentirse partícipes
de ‘la idea de España’ y de los límites de las autonomías.
Siguen sin resolverse cuestiones constituyentes: ¿Se trata de
una segunda Transición? ¿Quiénes son los sujetos de decisión?
¿Qué es la soberanía (Europa, lo local...)? ¿Qué actitud debe
tomar la izquierda - ‘española’ o nacionalista- transformadora?

07/04/06 · 1:49

FLOREN AOIZ , escritor y antiguo portavoz de Herri Batasuna

 
Isa

El día en que Juan Carlos de
Borbón fue nombrado sucesor
en la Jefatura del
Estado, Francisco Franco
pronunció unas palabras que han
pasado a la historia: “Es aconsejable
la decisión que hoy vamos a tomar,
que contribuirá, en gran manera, a
que todo quede atado y bien atado
para el futuro”.

Años después, en su lecho de
muerte, el decrépito dictador tomó
las manos del elegido y le hizo
una única petición: preservar la
unidad de España. Se trataba de
atar el legado del 18 de julio, que
pocos meses después del golpe
Franco resumió así: “España se
organiza en un amplio concepto
totalitario, por medio de instituciones
nacionales que aseguran
su totalidad, su unidad y continuidad.
El carácter de cada región será
respetado, pero sin perjuicio de
la unidad nacional, que la queremos
absoluta, con una sola lengua,
el castellano, y una sola personalidad,
la española”.

Elemento de contención

El estudio de cómo y por qué la
“unidad de la patria española” se ha
convertido en la expresión del ideario
y el proyecto de las fuerzas reaccionarias,
y en elemento de contención
frente a todo avance democratizador
y transformador, supera las
pretensiones -y sobre todo las dimensiones-
de este artículo. Pero a
mi juicio es imposible articular desde
la izquierda un análisis de la realidad
política del Estado español sin
tomar en consideración este fenómeno,
manifiesto cuando menos
desde principios del siglo XX, clave
para entender las dictaduras de
Primo de Rivera y Franco, y convertido
en una de las piedras angulares
del postfranquismo.

La Transición, reforma que no
ruptura, obedeció a un diseño del régimen
dictatorial y las fuerzas que lo
sustentaban, con el patrocinio del
gran avalista del Franquismo en la
escena internacional: los EE UU.
Además de la continuidad del modelo
económico y la dependencia con
respecto a los intereses del imperialismo,
este proyecto pretendía dar
una respuesta al ‘problema de España’.
La dictadura había fracasado en
esa empresa y creó una situación de
crisis y desafecciones crecientes, por
lo que se precisaba la reconstrucción
del modelo de Estado mediante unas
autonomías que aliviaran tensiones
y evitaran un colapso irreversible.

Aquellos opositores a la dictadura
que tragaron con la monarquía planificada
por Franco, aceptaron la impunidad
de los franquistas y contemporizaron
con el aparato de Estado
de la dictadura no tardaron en renunciar
a la defensa del derecho de
autodeterminación y olvidar sus alabanzas
a la lucha de las naciones sin
Estado contra el Franquismo, y especialmente
a ETA, en palabras de
Tierno Galván “la ETA admitida y
justificada por los progresistas”.

Los mitos del consenso y la reconciliación
abrieron la puerta a una reformulación
del viejo españolismo,
disfrazado de constitucionalismo, y
la estrategia de claudicaciones permitió
a las fuerzas reaccionarias consolidar
su liderazgo mediante el “antiterrorismo”.
La resistencia de una
parte significativa de la sociedad vasca
a una reforma que negaba los derechos
democráticos de Euskal
Herria fue criminalizada primero
por los viejos franquistas reconvertidos
en demócratas, y luego por todos
los reformistas. Tras el Batallón
Vasco Español llegó el GAL, y tras
los Pactos de la Moncloa, los de
Madrid, Iruñea y Ajuria Enea. Sin
brújula, y en muchos casos sin vergüenza,
líderes de la izquierda aceptaron
sumarse al discurso dominante,
planteando la cuestión en términos
de demócratas contra violentos.

La centralidad
de la cuestión vasca

El régimen y sus aliados forzaron
una salida a la disyuntiva reformaruptura
que ha sido, 30 años después
del relevo Franco-Juan Carlos de
Borbón en la jefatura del Estado, incapaz
de resolver el problema de la
falta de anclaje de la “nación española”.
El Estado de las autonomías
se ve desbordado por crecientes reivindicaciones
y sobre todo por el fracaso
de la estretegia represiva y de
asimilación seguida en Euskal Herria.
Si el 23-F forzó la sustitución de
UCD por el PSOE con el horizonte
de consolidar la reforma y acabar
con la resistencia vasca, la etapa de
Felipe González tocó a su fin en medio
de un clima de descomposición
política, con la cuestión vasca en el
trasfondo de las turbias maniobras
fáctico-políticas para aupar a Aznar
al poder. Y fue también esta cuestión
la que se convirtió en obsesión
para el PP y eje del coup de main que
llevó a cabo para acentuar el papel
coercitivo del Estado. Cuando en
aquel triste día de marzo el servilismo
de Aznar hacia Bush trasladó a
Madrid el escenario de la guerra imperialista
y sus consecuencias, la fijación
antivasca actuó como precipitante
del tránsito del Gobierno del
Partido Popular hacia el abismo.

Rodríguez Zapatero llegaba así
sorpresivamente a La Moncloa sin
que ni a él ni a sus colaboradores
más avispados se les escapara que
la cuestión vasca seguía -y sigue-
siendo capaz de galvanizar la política
del Estado español.

Posible nuevo escenario

Mientras la derecha cavernícola defiende
la marcha atrás en el terreno
autonómico, convencida de que dar
la mano es perder el brazo entero,
hay sectores, en el PSOE y fuera de
él, que demandan una nueva transición
que apuntale el modelo constitucional
afrontando algunos cambios
más o menos audaces. Más allá
de la cosmética, sin embargo, existe
otro camino: desatar el nudo franquista
y desarrollar dinámicas de
ruptura con la dictadura y el españolismo
reaccionario, reconociendo la
identidad de los pueblos sin Estado y
su derecho a decidir libremente su
futuro. En este ámbito se situaría la
transición a un nuevo escenario en y
en torno a Euskal Herria. La derrota
del PP, la irrupción de un nuevo liderazgo
en el PSOE y la crisis del modelo
de la reforma no han pasado
inadvertidas para la izquierda abertzale,
que, consciente del fracaso de
la estrategia de ilegalizaciones, ha
movido ficha. ETA ha modificado
sustancialmente su práctica armada,
y pese a las actuaciones represivas
recientemente refrendadas, Batasuna
mantiene su voluntad de dar
pasos hacia un nuevo escenario.

Estoy convencido de que cualquier
avance desde el punto de vista
democrático vendrá ligado a la
modificación del modelo de Estado.
Al margen de las legítimas posiciones
de unos y otros sobre la lucha
armada o el independentismo, es el
momento de superar la trampa del
antiterrorismo. Esto constituye la
base de cualquier estrategia de
alianzas para hacer frente a la derecha
reaccionaria y poner fin a la
sombra que el Franquismo sigue
proyectando. Aunque una parte de
la izquierda se resista a comprenderlo,
la lucha de clases y la actividad
política transformadora no
pueden entenderse, en este contexto,
al margen de los problemas
identitarios, lo que se ha venido llamando
la cuestión nacional.

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