No queremos ya más diálogo con el Gobierno

Texto de Allèssi dell'Umbria, eescritor marsellés. Traducción de Fernán Chalmeta.

02/10/08 · 0:00
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Texto de Allèssi dell'Umbria, eescritor marsellés. Traducción de Fernán Chalmeta.

Los enfrentamientos entre losjóvenes y la policía en el
extrarradio parisino confirman
el carácter definitivamente
no negociable de la revuelta.
En varias ocasiones, los jóvenes
amotinados han disparado con escopetas
de caza contra las fuerzas del
orden (120 heridos en Villiers-le-Bel
en una bella noche de noviembre de
2007). La represión también ha dado
un salto cualitativo: en Villiers-le-Bel,
la policía lanzó un amplio llamamiento
a la “delación con recompensa
monetaria, garantizando el anonimato
de los testigos”: este procedimiento
le ha permitido arrestar, tres
meses más tarde, a unas 15 personas
sospechosas de haber participado en
estas violencias.

De todas maneras, esta revuelta
va a durar, sea cual sea el devenir individual
de los que le dan vida. Las
generaciones se sucederán, cada
una será tragada por la máquina a
desintegrar, que aísla y atomiza, sometiendo
a los individuos al imperio
de la necesidad. Algunos terminarán
en la cárcel, otros se harán guardias
jurados, algunos irán a la fábrica,
otros vegetarán gracias al Ingreso
Mínimo de Inserción (RMI), indemnización
pagada a los parados mayores
de 25 años. Pero una cultura
de la rebelión se ha enraizado desde
hace 20 años y las recetas que todavía
podrían haber funcionado en
1984 ya no son operativas hoy. Ningún
chantaje o chanchullo político o
sindical ha podido nacer de las cenizas
de los incendios de 2005, ningún
líder ha podido autoproclamarse o
ser nombrado por los medios, ningún
SOS Racismo ha podido explotar
la revuelta. Y todo el mundo –incluida
Fadela Amara [hija de la emigración
magrebí, fundadora de la
ONG Ni Putas ni Sumisas, destacada
militante del partido socialista
francés, hoy secretaria de Estado de
Política para las Ciudades en el Gobierno
ultraconservador de Sarkozy]–
sabe muy bien que ningún Plan
Extrarradios podrá reabsorber esta
revuelta endémica.

Ninguna reforma podrá calmar
el juego, porque los elementos que
engendran la revuelta ya no son reformables:
habría que desanudar
todo un nudo de determinaciones
que han tardado decenios en asentarse.

La desintegración metódica
del espacio urbano y la política de
la vivienda social, la cultura poscolonial
de Francia y la explotación
de los inmigrantes, el poder absoluto
de la policía en un Estado de
excepción convertido en permanente,
la precarización generalizada
del trabajo asalariado que toca
en primer lugar a los hijos de los
inmigrantes... éstos son algunos de
los elementos que determinan la
vida cotidiana de millones de jóvenes.
Aunque estos elementos son
el resultado de elecciones políticas –por ejemplo, en temas como urbanismo
o represión– no se pueden
resolver en el terreno de la reforma
política. Todo indica que Francia
va a tener que vivir con la cólera
de esta juventud, renovada periódicamente
en cada generación.

Ideología agotada

La mentira política ha perdido definitivamente
toda credibilidad entre
esta juventud. ¿Cómo podría ser de
otra manera? La clase política vuelve
a sacarnos la nauseabunda moral del
trabajo, pero la juventud de los extrarradios
conoce sobre todo la precariedad;
nos martillea con la ideología
republicana, “libertad, igualdad y
fraternidad”, pero la juventud de los
extrarradios conoce sobre todo el racismo,
la segregación urbana y la arbitrariedad
policial. La ideología republicana
está agotada.

“No queremos ya diálogos con el
Gobierno: nuestros padres, nuestras
familias, han sido suficientemente
engañados por los discursos. El diálogo
está definitivamente roto, no
tratéis ya de adormecernos”, decía
una octavilla publicada en Internet
en noviembre de 2005, y firmada como
“los combatientes de la revuelta
del 93” [el número indica el departamento
de Seine Saint-Denis, en el extrarradio
noreste de París, sin lugar a
dudas el departamento más pobre de
toda Francia].

La revuelta escapa al marco desgastado
de la militancia política.
Ocupa otro espacio que es el de la
política institucional, espacio donde
los militantes despliegan su activismo.
La juventud de los extrarradios,
cuando se rebela, lo hace con total
autonomía. Es lo que les reprochaban
los militantes, anarcos, autónomos
u otros, después de la mani de
septiembre de 1990: una vez saqueado
el centro comercial Montparnasse,
la mayoría de los jóvenes habían
vuelto a sus extrarradios, dejando a
los activistas escenificar el enfrentamiento
simbólico con la policía ante
la Asamblea Nacional. Sin embargo,
¿quién más que los jóvenes de
los extrarradios ha logrado cometer
tantos destrozos materiales? Ni
Black Bloc ni Dissobedienti, éstos
no corren tras los G-8; se contentan
con esperar en las cercanías de sus
bloques de viviendas o en los intersticios
de la metrópolis por la que circulan:
esperan la situación en la que,
fatalmente, ocurrirá el clash. Si atacan
a la poli, no es para jugar a un
remake de los enfrentamientos de
mayo-junio del ‘68. Cuando toman
la palabra, es bajo las formas de expresión
de la pintada, el rap, el slam,
los blogs, los sms, el boca a boca...

No más avalanchas de panfletos y
de folletos, no más grandes discursos:
sino la palabra pura, la oralidad
al fin liberada.

Pero los rebeldes no buscan el “interpelar
a la sociedad” como lo había
hecho la generación de 1981. No
obedecen más que a su propia lógica,
la de la banda, la de la pertenencia
común. La pregunta es saber cómo
este ejército de reserva de lo negativo
podrá encontrarse con otras
tropas de la insatisfacción social, la
de los hijos de la clase media blanca
a su vez precarizados y confrontados
con la violencia del Estado.
El motín de la Estación del Norte
en marzo de 2007 abre perspectivas.
En su inicio, un joven de los extrarradios
que viajaba sin billete es interpelado
por varios revisores de la
SNCF [Sociedad Nacional de los Ferrocarriles]:
varias bandas del extrarradio
norte que vagabundean por el
interior de la estación intervienen en
favor del joven, los revisores huyen y
llaman a la policía. Las bandas de jóvenes
del 93 se encuentran codo a
codo con jóvenes de París haciendo
causa común contra las fuerzas del
orden que, con material antidisturbios,
no lograrán retomar el control
de la estación más que tras varias horas
de guerrilla.

El espacio deshumanizante de
una estación donde transita la masa
anónima de los trabajadores que
se apresuran de un no lugar a otro,
se ha transformado de repente, por
unas horas, en un lugar de convergencia
de individuos diferentes pero
igualmente desplazados: unos en relación
a su horario habitual, otros en
relación al uso habitual del espacio.

Este motín es la primera revuelta
popular en el París posterior a la destrucción
de los ‘70. Hasta ese momento,
cada vez que las personas se
habían opuesto colectivamente a la
policía era en los márgenes de manifestaciones
o de conciertos, jamás en
el simple marco de la vida cotidiana.
Una revuelta al margen de todo marco
institucionalizado, imprevisible
para el poder, y que reúne a todas las
víctimas del urbanismo, parados de
larga duración sin nada que hacer y
trabajadores estresados, habitantes
de los extrarradios y de París.
La lucha continúa por unos caminos
desconocidos para la vieja
política...

EL TEMA DEL DEBATE: EXPRESIONES DE LA TENSIÓN Y DEL CONFLICTO SOCIAL. Los extrarradios franceses se siguen revolviendo. En
las noches del 13 y 14 de julio, fiesta nacional francesa,
hubo oficialmente 592 incendios. Unos estallidos
de violencia «habituales» que reflejan una descomposición
social. Reflejo de unas desigualdades
sociales que la supuesta «crisis» va a ahondar.

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