Nacionalismo sin nación,democracia con fascismo
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Estamos acostumbrados a
que se nos distinga, más
aún, se nos oponga contundentemente
democracia y
fascismo. El que es fascista no es demócrata,
el que es demócrata no puede
ser fascista. La democracia es buena;

15/11/07 · 0:00
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Dibujo:Isa

Estamos acostumbrados a
que se nos distinga, más
aún, se nos oponga contundentemente
democracia y
fascismo. El que es fascista no es demócrata,
el que es demócrata no puede
ser fascista. La democracia es buena;
el fascismo, malo. Democracia y
fascismo son opuestos y excluyentes,
como el bien y el mal, como blanco
y negro. Pero, ¿y si resulta que entre
democracia y fascismo hay transiciones
de todas las clases y niveles?,
¿que Guantánamo no lo inventaron
los nazis, ni un Estado con
elecciones técnicamente limpias tiene
por qué ser muy democrático, ni
la democracia lo es jamás para todos?
Atrás queda La Guerra Civil en
Francia de Marx, olvidada ante todo
por los que fueron o aún siguen llamándose
marxistas; olvidada, pero
no respondida. Delante, ante los ojos,
la farsa de una clase política e intelectual
que nos adoctrina a diario sobre
la democracia, la ética y el Estado
de derecho, tantas veces invocado ya
por el tardofranquismo. Pero un Estado
de derecho puede ser también
regular o francamente malo; de su
calidad se trata precisamente y no
son aseveraciones de su excelencia
las que lo garantizan. Tal vez es en el
extranjero, por ejemplo en la nada
ejemplar democracia norteamericana,
donde uno se da cuenta de que
allí sí saben lo que es democracia,
aunque precisamente por eso no la
equiparen al paraíso terrenal, como
aquí nos quieren hacer creer.

Historia

El nacionalsocialismo alemán nunca
derogó la Constitución democrática
de Weimar -la única que ha tenido
Alemania-; simplemente le fue añadiendo
otras leyes e interpretaciones
ad hoc. ¿Le suena esto a alguien por
aquí? La democracia norteamericana,
aparte de otras cosas de sobra
conocidas, ha funcionado con el
principio no escrito de la supremacía
blanca (white supremacy). Las democracias
europeas han sido compatibles
con imperios coloniales y
postcoloniales, cuyos episodios más
cercanos, como la guerra de Argelia,
aún arrojan su sombra ominosa sobre
Francia. Un viceprimer ministro
socialdemócrata, Willy Brandt, propuso
en Alemania las “leyes de emergencia”;
el mismo que propuso luego,
ya como primer ministro, “el decreto
contra los radicales”; los viejos
sabemos el papel que jugó en la
‘Transición’. En otro tiempo he oído
demasiadas veces a los alemanes
que la democracia estaba bien para
Alemania y el Franquismo no estaba
tan mal para España. Algo así deben
de opinar bastantes europeos clásicos
acerca de la democracia española,
como de la polaca o la rumana.
En tiempos recientes el punto de
comparación más recurrente que he
oído con la democracia española ha
sido la de Chequia. Yo encuentro
mucho parecido con la de Chile (sólo
que la familia Pinochet al menos
ha comparecido ante el juez, y en
España hay políticos que reivindican
la memoria de Franco).

El Parlamento europeo dio una cálida
acogida al inicio de las negociaciones
con el independentismo vasco;
actualmente, sin embargo, mira
para otro lado. La razón es peor de
lo que parece: a los gobiernos europeos
no les viene mal disponer de un
precedente como el español para poder
desarrollar más cómodamente
sus políticas socialmente regresivas
y políticamente represivas bajo el título,
por ejemplo, de “lucha contra el
terrorismo”. El reciente caso del profesor
berlinés de geografía urbana
Andrey Holms, acusado de terrorismo
y tratado como corresponde a “la
gravedad del caso”, sólo ha sido parado

 provisionalmente- por la movilización
de miles de colegas. Pero
todos tenemos presente a dónde ha
llegado, por ahora, “la lucha contra
el terrorismo” en Londres o en los
Estados Unidos.

Miedo en el cuerpo

Rodríguez Zapatero, después de haber
sido incapaz de llevar una línea
coherente de negociación en el País
Vasco, ahora pasa a la represión absoluta
(dicho sea sin menoscabo de
la independencia de jueces tan ejemplares
como Garzón según el portavoz
del PSOE, López Garrido). Seguramente
la propuesta de Ibarretxe
le ha metido ahora el miedo en el
cuerpo a la clase política española.
Ésta ni sabe lo que es un proceso político,
pues según ella este Estado, al
ser ya democrático, no necesita más
proceso que el de su constante consolidación.
Por contraste fatal, en
Euskal Herria sí se discute la “consulta”
propuesta por Ibarretxe, sus
imprecisiones, sus huecos, sus evidentes
dificultades; en el silencio a
que está cada vez más obligada, esa
opinión pública puede resultar clamorosa
como se le dé una espita de
salida distinta de la rígida etiqueta
electoral; y sentaría no sólo un precedente,
sino que obligaría por fin a
reconocer que hay un problema político
vasco, algo, para la clase política
de derechas y de izquierdas, incompatible
con el hecho de que seamos
una democracia, ergo inaceptable.

La clase política española podrá
seguir enmarañándose en la retórica
altisonante y ambigua de un nacionalismo
sin nación. Porque la
nación es el resultado de una revolución
nacional, como lo fue la
francesa y antes de ella la norteamericana,
mientras que España pasó
de ser imperio a país sin colonias.
En vez de constituirse en nación, se
convirtió en la monarquía militar de
la Restauración, mientras la generación
del ‘98, incapaz de afrontar
la realidad, escapaba hacia una
España profunda, supuestamente
eterna por encima de sus derrotas.
Y cuando la nación se impuso en la
Segunda República, monarquía,
ejército e iglesia, los tres dragones
del Antiguo Régimen, se alzaron
contra ella. Ahí siguen aún, vigilantes,
como los perros guardianes de
una clase dirigente “sin complejos”.

Realizar un gran pacto sin exclusiones
es la única solución para la
España real, la que no quieren reconocer
sus élites de poder. Entonces
se verá si España, unida por tantos
lazos de todo tipo, es capaz también
de volver a ser nación, como lo empezó
a ser por unos pocos años un 14
de abril, antes de que llegaran “los
nacionales” a sangre y fuego. Pero
no veo disposición -aparte los amagos
oportunistas de Zapatero- y el
tiempo está jugando en contra de esta
España; en el fondo ya ha jugado.
El endurecimiento policial lo indica y
no sólo en el País Vasco. Al establishment
actual sólo le queda en mi opinión
la tierra quemada de una lenta
retirada con muertos, cárceles llenas,
frustración y mucho sufrimiento.

También yo sigo las convincentes
retrospectivas que se nos ofrecen
casi a diario de la ‘Transición’ por
sus más variados actores y cronistas.
Escucho comprensivamente
cuánto tacto y generosidad fueron
precisos por parte de todos sus actores.
Pero también recuerdo el estupor
con que vi montar un andamiaje
que me parecía destinado a la catástrofe
en un plazo de diez años. Me
equivoqué. Más bien es una podredumbre,
un envenenamiento progresivo
lo que ha ido invadiendo
aquella España ilusionada, nada que
se parezca a una “Transición ejemplar”.
Ejemplar ¿para quién?

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