Madrid, la suma de todos, beneficio de pocos

EL IMPACTO DE LAS TRANSFORMACIONES URBANÍSTICAS

Tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, ahora nos
llegan los señalamientos mediáticos y judiciales ante
corrupciones y especulación demasiado escandalosas.
Un fragor que puede llevar a que se obvien las discusiones
y reflexiones colectivas sobre las consecuencias
políticas y sociales del modelo urbano imperante.

01/04/09 · 0:00

Madrid, además de ser
muchas otras cosas, se
alza como capital del
salvajismo, los ajustes
de cuentas, las puñaladas y los tiros
en las calles. Es curioso que una
comunidad gobernada por el ala
más extremista del régimen del ‘libre
mercado’, como es Esperanza
Aguirre y el señor Gallardón, sea
asimismo el epicentro estatal de la
inseguridad, el peligro y la derecha
más desbocada. Y es que tiene
toda la lógica: un modelo de urbanismo
desgarrador, una creciente
dualidad entre las rentas
norte-sur de la ciudad y la voluntad
política de hacer de Madrid el
paraíso de las multinacionales
traen a la par grandes riquezas y
altos niveles de precariedad.

El presidente por Madrid de las
nuevas generaciones del PP, Pablo
Casado, lo anuncia a viva voz y sin
tapujos: “¡Privaticemos los servicios
públicos!”. Metrópolis que sigue
el ejemplo de Los Ángeles, segregando
por territorios, fomentando
los suburbios periféricos, cerrados
y seguros, hostiles al medio
ambiente, unidos por autovías y
culturalmente muertos. Por el contrario,
crecen los territorios de temporalidades
inmóviles, que sirven
como recipiente de los estratos más
populares de la población.

La criminalización del ‘otro diferente’
recae sobre los inmigrantes,
esos “portadores de desgracias”,
como decía Bertolt Brecht,
que son el chivo expiatorio elevado
a categoría de riesgo, aupado por el
inflamiento mediático. Los de abajo
temen perder lo poco que tienen
y culpan al inmigrante, más desgraciado,
con el que tienen que compartir,
y por eso votan PP. Los de
arriba no quieren sostener unos
servicios a los que no acuden, porque
ya se aseguran un servicio económicamente
filtrado, votan PP.
Es el producto de la hegemonía cultural
que ostenta la simpleza aparentemente
campechana de Esperanza
Aguirre, como una especie
de híbrido entre neoliberalismo y
fascismo sociológico.

En este lienzo hostil se reproducen
como setas la violencia que encarna
los valores hegemónicos en
la ciudad, a saber: competitividad,
individualismo extremo y ansias
por ascender en la movilidad social
usando la vía más rápida, Show me
the money! Son los directivos de las
calles, pero sin protocolos ni grandes
recepciones, que adquieren la
forma de mafias, bandas o violencia
gratuita. Aprenden de los mejores
e interiorizan la cultura política
de quien llega al poder comprando
diputados, maneras poco saludables,
pero que sirven de paradigma
a la ciudadanía.

En este Madrid que se siente propietario
y se cree señor, se inhala
un ambiente turbio y cargado, guateque
de mafiosos, promotores y
empresarios que, paseando en sus
grandes cochazos y con sus banderas
colgadas del retrovisor, conviven
con la existencia de un creciente
ejército de precarios, temporales
y no-ciudadanos. Estos observan
las vidas de los opulentos en contradicción
y por lo tanto frustración
con la que ellos llevan.

La tarea por encontrar un equilibrio
de la oscilación entre lo negativo
y la innovación de nuevas instituciones
que otorguen cuerpo y
forma a las multitudes madrileñas
aventura dos posibles opciones: la
perversa guerra entre explotados y
excluidos, retroalimentada por la
generalización de la incertidumbre
y el cinismo colectivo, podría derivar
en manifestaciones de verdadero
fascismo social a través de la intensificación
de la renacionalización
de la política, que conlleva el
destierro social de los más vulnerables
y desfavorecidos.

Paralelamente, o al contrario, se
pueden construir expresiones comunistas
donde la superación de las
condiciones de control impuestas
que parcelan, dispersan y enfrentan
a la heterogeneidad ciudadana
logre enraizar proyectos territorializados,
que, interconectados, compongan
las múltiples luchas que
presenta la multitud. La población
desheredada puede sacar a relucir
los aspectos más desoladores, pero
engendra paralelamente las condiciones
subjetivas para hacer de
Madrid una ciudad habitable. Una
urbe abierta y regeneradora de un
espacio público de debates y combates,
donde convivan conflictos y
encuentros anónimos que primen
sobre la especulación y el miedo.

Tras las nuevas líneas de producción
que atraviesan la ciudad en forma
de flujos y comunicación, precisamos
dar uso de la geometría variable
que componen las distintas
formas de trabajo y explotación, para
lograr cortocircuitar la ‘traducción
en valor’ que procesa el mando
sobre el conjunto de relaciones sociales.
El migrante se erige como
baluarte del explotado postfordista
al tensar el perfil desnacionalizado
y postcolonial de las grandes urbes,
sometido a la contradicción constante
de la movilidad, entre sus restricciones
para ejercerla y la libertad
de la que goza el capital para sobrevolar
fronteras.

Escapando de la lógica del mando,
nace una demanda que se manifiesta
en los lugares comunes –la
ciudad– de manera poliédrica: la
diversidad social descentralizada
hecha política. Lejos de poder reducirse
a un sujeto centrifugador
más propio de un carácter leninista,
la multiplicidad de sensibilidades,
usos y funciones diferentes
que se dan en la metrópolis desborda
esta idea unificadora, quizás
útil a medio plazo, pero limitadora
en el largo alcance.

Es preciso tomar en consideración
la importancia capital que adquiere
para el conjunto de la producción
la sutura indisociable entre
cultura, economía y relaciones
sociales. En segundo lugar, la necesidad
de moldear la organización
de las distintas redes que actualmente
trabajan en el territorio, donde
los centros sociales ocupados,
las redes de inmigrantes, proyectos
de cultura libre, luchas por los servicios
públicos, parados y precarios
etc., encuentren las coordenadas
para dar el valiente salto cualitativo
considerando el marco metropolitano
en su conjunto.

Una estructura estable pero cambiante,
con capacidad de cintura
acorde a la velocidad con que avanzan
los cambios, una organización
que reconfigure el sentido de una
nueva unidad basada en la diversidad
y la libre diferencia e individualidad
de sus miembros.

El derecho a la ciudad tiene hoy
más sentido que nunca; desobedecer
a las trabas que impone la movilidad
reducida al reivindicar el transporte
gratuito, el acceso al conocimiento
como derecho básico o un
merecido salario social al producir
por existir en sociedad, sin duda,
son uno de los puntos de partida.

Vivir tiempos en transición, cuando
recién comienza la III Revolución
Industrial, dificulta perfilar el espacio
de expresión de las multitudes;
empecemos por intentar organizar
la incertidumbre.

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