De la subversión social a la subversión política

El panorama político en Latinoamérica ha variado profundamente:
en muchos países están en el poder gobiernos
nacionalistas, progresistas, o socialistas. Lo
que cambia el escenario de confrontación por parte
de los movimientos sociales transformadores. ¿Cómo
han de moverse éstos en dicho escenario?

18/10/07 · 0:00
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Dibujo:Isa

Desde finales de los ‘80 reaparece,
con nuevas caras,
el fenómeno de socialización
del evento subversivo.
La lista es interminable, comienza
probablemente con las manifestaciones
masivas de jóvenes contra el
régimen pinochetista: revientan ciudades
enteras asediadas por la marginalidad
y el desempleo. Caracas en
el ‘89 da el campañazo descomunal,
y de allí en adelante nadie lo parará.

Nueva subversión, Chiapas

No todo está llevado por un axioma
político que defina principios y programas
claros que delimiten objetivos.
La nueva subversión se presenta
como un fenómeno eminentemente
social, atada a las determinaciones
de la real-pobreza ya urbanizada.
Hasta muy tarde no habrá sujeto político
o empezarán a armarse las primeras
coordenadas del mismo en
forma discontinua y utilizando los
azares o las mismas maduraciones
que van forzando los sucesivos eventos.
Probablemente, si hablamos de
una visión política que logra nominar
el camino de ruptura, sea la insurrección
armada y de masas zapatista.
Su visión se concentra en la construcción
posible desde el ejercicio
permanente de la resistencia de ‘los
de abajo’, dejando de lado el antiguo
vanguardismo armado. Pone fin a los
sueños del ‘asalto al palacio’ y deliberadamente
se sitúa a distancia del
Estado, marcando así su universalidad
y al mismo tiempo sus limitaciones
en el campo estratégico. Ayuda a
ordenar pensamiento, asienta convicciones,
ratifica la negación de la
representatividad política partidaria
y le da un espaldarazo a las corrientes
centradas en reconquistar el corazón
libertario, antiestatista y anticapitalista
que inspiró la formación
original de todas las izquierdas proletarias.
La subversión social o socializada,
logra en él su primer salto hacia
una nueva subversión política,
que sigue su curso mexicano fundamentalmente,
centrándose hoy en
día en un ‘más allá’ de Chiapas a través
de la constitución de la compleja
APPO y la ‘otra campaña’.

Venezuela, Bolivia, Ecuador

En Venezuela se abre un nuevo horizonte
de politización, muy particular,
de la singular subversión social.
En el año 2004 el ciclo conspirativo
reaccionario es derrotado en referéndum
y en el año 2005 Chávez lanza
al aire la tesis del “socialismo del
siglo XXI” sin agenda programática
preestablecida. De esta manera la
misma “revolución bolivariana” adquiere
la vocación universal y de liderazgo
que le faltaba. Pero ya a estas
alturas también marca sus límites.
El componente protoestatista, la
convivencia perversa entre revolución
y viejo Estado, el fortalecimiento
de la figura bonapartista del caudillo
y la estructura rentista -corrupta,
burocrática- del Estado petrolero,
bloquean sus capacidades constituyentes
y transformadoras. La captura
y neutralización de la subjetividad
y las voluntades emancipatorias masificadas
es la agenda oculta de todos
los poderes contrarrevolucionarios
en el mando institucional. Por el
otro rincón, la multiplicación de los
espacios, de la autonomía y beligerancia
de los poderes populares masificados,
la indispensable “rebelión
antiburocrática” muestra la agenda
estratégica de las vanguardias colectivas
de ‘los de abajo’. Pero no hay
desenlace posible aún. Mientras tanto
una iniciativa presidencial de reforma
constitucional trata en estos
momentos de administrar esta confrontación,
reconociendo a los poderes
populares. Pero a la vez redimensiona
y fortalece todos los atributos
del poder central y del capitalismo
de Estado y la propia estatización del
movimiento popular, creando así un
primer esquema desde la forma Estado,
del “socialismo del siglo XXI”.

Una tercera variante de este salto
de la subversión social a política, al
menos en sus desenlaces más victoriosos,
la encontremos sobre el eje
central andino. Su fortaleza fundamental
está en la memoria de organización
ya acumulada, los nuevos
desplazamientos movimentales hacia
las ciudades y sectores sociales
propios de la marginalidad vivida y
el sistema ancestral de comunidades
indígenas que van logrando síntesis
superiores entre ellas. Su misma
capacidad subversiva, las alianzas
fallidas, los lleva en ese sentido
a proyectar su propia dimensión política
de manera mucho más autónoma.
Ubicándose ‘hacia el Estado’
y no a distancia de él y no teniendo
capacidades de violencia insurreccional
suficientes, las salidas se dirigen
por el eje institucional y la competencia
electoral que en el caso de
Bolivia y Ecuador, resultan victoriosas.
Toman desde un inicio el mismo
esquema venezolano del impulso
de los procesos populares constituyentes
y la refundación republicana
vía Asamblea Constituyente.
Palancas que chocan con la debilidad
del propio Estado y su absorción
al mando transnacional. Siendo
así, los gobiernos hijos de toda esta
subversión social no tendrán otra
salida, anclados en la lógica institucional,
que negociar entre la beligerancia
y aspiraciones de los movimientos
sociales y los intereses oscuros
de la oligarquía blanca. La tendencia
es entonces a vivir en una crisis
permanente cuya salida no tiene
ninguna posibilidad interna. La única
salida, al menos para la permanencia
en el tiempo dentro del orden
institucional y económico constituido,
gira sobre el plano continental
y los acuerdos de integración.

Vacíos, derrotas y horizontes

Estos tres referentes actuales tienen
como virtud central el haber podido
quebrar la tendencia disolvente o
cuando mucho autocentrada del movimentismo
social que sustituyó las
tradiciones partidarias de representación
política, y abrir al menos nuevos
horizontes de emancipación universal,
‘más allá’ de todo interés social
particular, sin por ello traicionar-
al menos en los principios- su radicalidad
como las prácticas democráticas
e igualitarias. Por supuesto,
frente a éstas que al menos han intentado
el paso, debemos recordar
las experiencias fallidas. Básicamente,
por un lado, la de los nuevos movimientos
sociales obreristas, urbanos
y campesinos, en el Brasil que
pusieron sus expectativas en la construcción
del PT y su llegada al poder.
De esta civilísima subversión social
que ha tenido en el MST su principal
emblema y ejemplo, la situación termina
totalmente atascada en la absorción
del PT y de Lula dentro del
proyecto subimperial del Estado brasileño,
y la ausencia de una alternativa
nueva que sustituya todo representativismo.

De todas formas, estos saltos logrados
de la subversión social a la
subversión política, siguen siendo
profundamente inciertos. Oaxaca y
los ‘caracoles’ de Chiapas, son probablemente
los ‘soviet’ más grandes
hoy día en el mundo. Venezuela es
todo un emblema de lucha antiimperial
y del renacer socialista. Bolivia y
Ecuador son esperanzas de muchos.
Sin embargo, ya podemos tener claro
al menos en una cosa, es imposible
que estos límites al final no acaben
o hagan regresivos estos propios
saltos políticos si ellos mismos no
encuentran un lenguaje y una bandera
común que los saque de los límites
de sus contextos. Esto ya no es
tarea de gobiernos y menos de Estados,
es tarea del orden social y ya político
de la subversión misma. Lo que
parece asomarse en el horizonte es
una intención, una práctica, una
multiplicidad de acontecimientos
‘juntos’, que le den al mundo lo inaudito
para hoy: que sean los mismos
pueblos los que rompan toda fragmentación
y límite impuestos.

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