La sociedad, el mercado y el bien común


Desde la primera crisis
del petróleo hasta la actualidad
se han sucedido
en cadena toda una
serie de transformaciones sociales
que han alterado profundamente
el orden sociopolítico y geoestratégico
surgido de la Segunda
Guerra Mundial. El desplome
de la Unión Soviética, consolidada

20/10/06 · 19:18
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Desde la primera crisis
del petróleo hasta la actualidad
se han sucedido
en cadena toda una
serie de transformaciones sociales
que han alterado profundamente
el orden sociopolítico y geoestratégico
surgido de la Segunda
Guerra Mundial. El desplome
de la Unión Soviética, consolidada
como gran potencia en
tiempos de la dictadura de Koba
el terrible, hizo surgir de ese imperio
roto nuevas repúblicas independientes.
Las guerras étnicas y
religiosas fragmentaron la República
yugoslava de Tito y dieron
lugar a nuevos Estados y a profundos
cambios en el mapa político
europeo. El equilibrio entre los
bloques, propio de la Guerra Fría,
ha sufrido por tanto una importante
mutación. La Unión Europea,
surgida fundamentalmente
como un mercado a partir de la
CECA, avanza ahora lentamente

 se podría incluso afirmar que con
una lentitud desesperante para
quienes soñamos con una nación
europea- hacia una federación de
Estados que permitan el nacimiento
de una Europa social y política.

Algo, sin embargo, no ha
cambiado: al igual que ocurrió en
los años ‘30 y ‘40 del siglo XX,
asistimos a una dura pugna entre
liberales y socialdemócratas, un
enfrentamiento que gira fundamentalmente
en torno a una manera
diametralmente distinta de
concebir el estatuto del mercado
en la sociedad.

Domesticar el mercado

¿Debe gozar el mercado de una
posición hegemónica, de una posición
de centralidad, o, por el contrario,
debería estar subordinado
a los intereses generales de la sociedad?
El debate sobre el estatuto
del mercado, y por tanto sobre el
papel de las relaciones económicas
y de las políticas económicas
en las sociedades complejas, dividió
a economistas y sociólogos durante
los años ‘30 y ‘40 del siglo
XX. El triunfo, al menos en Europa,
tras la derrota del nacionalsocialismo
y del fascismo, del modelo
del Estado social keynesiano
parecía dar definitivamente por
zanjado el duro enfrentamiento
que durante años mantuvieron los
reformistas, tanto los cristianos
sociales como los socialdemócratas,
con las posiciones mantenidas
por liberales, comunistas y fascistas.

Sin embargo, la crisis del petróleo
surgida en 1973, que coincidió
con el derrocamiento de la
Unidad Popular chilena, y la consiguiente
dictadura militar del general
Pinochet, así como el experimento
pionero en Chile de políticas
neoliberales promovidas entre
otros por Milton Friedman, anunciaron
un cambio de rumbo que se
comenzó a materializar en los
años ‘80 en la América de Ronald
Reagan y en la Inglaterra de la
Dama de Hierro. A partir de entonces
la hegemonía norteamericana
dictó su ley y tendencialmente el
mercado pasó a adquirir la primacía
que durante más de 30 años, al
menos en Europa, le había sido negada.

El cuestionamiento en su raíz
del Estado social nos deja aparentemente
inermes ante el ingente
empuje de una progresiva mercantilización
del espacio social, lo
que supone un manifiesto retroceso
de los derechos de ciudadanía.
La globalización neoliberal no
sirve para vertebrar el nuevo orden
internacional ni para acabar
con la miseria del mundo. Más que
solucionar los problemas, los
agrava. El problema estriba por
tanto en cómo domesticar el mercado
en el marco de una sociedad
caracterizada por la globalización
económica. Esta cuestión resultará
irrelevante para todos aquellos
que, anclados en el dogmatismo
de una economía sin sociedad, creen
que la única vía para incrementar
la riqueza y favorecer el progreso
social pasa por la formación
y el desarrollo de una sociedad de
mercado, es decir, por una sociedad
en la que tanto los trabajadores
como la tierra y la naturaleza
son convertidos en meras mercancías
sometidas a la ley de la oferta
y la demanda.

La pregunta sobre cómo compatibilizar
el libre desarrollo del
mercado con el interés general,
con el bien común, no es nueva,
pero la persistencia del problema
implica que su solución dista de
ser sencilla pues el reto es poder
conciliar la libertad de los individuos
con la igualdad y la fraternidad.

Una vez más, para afrontar
los retos del presente contamos
con experiencias contrastadas,
pues entre el modelo de la sociedad
de mercado, preconizado por
el liberalismo y el neoliberalismo
económico, y el modelo de una sociedad
igualitaria en la que el mercado
ha sido abolido, es decir, el
modelo propuesto por el comunismo,
surgió un tercer modelo reformista,
democrático, que hizo posible
el nacimiento y el desarrollo
del Estado social.

La hora de la socialdemocracia

El Estado social no es el liberalismo,
si identificamos éste con la
sociedad de mercado; pero tampoco
es el socialismo marxista
que aboga por una completa socialización
de los medios de producción
y de la riqueza, por la
abolición de la propiedad privada,
el triunfo de la propiedad colectiva
y la instauración del comunismo.
El Estado social constituye
por tanto, a la vez, la superación
del capitalismo liberal y del comunismo
totalitario pues, en paralelo
a la propiedad privada y coexistiendo
con ella, el gobierno del
Estado elegido por la sociedad interviene
en numerosos asuntos de
interés común y asegura para todos,
mediante una planificación
democrática, sometida al control
de los parlamentos, de la opinión
pública y de los movimientos sociales,
bienes de propiedad social.

Un espacio común sirve de cobijo
y protección ante los principales
riesgos que amenazan a los individuos
y las familias: el desempleo,
la enfermedad, la ignorancia,
la pobreza, el desarraigo. La
propiedad social constituye un soporte
de cohesión institucional y
de integración social que en el interior
de un Estado social y democrático
de derecho, una República,
puede servir de base a un
camino de reformas propias de un
socialismo democrático.
Frente a un capitalismo salvaje,
el reformismo socialdemócrata
propone una sociedad democráticamente
planificada en la que las
políticas sociales y las instituciones
públicas permitan orientar la
lógica del capital guiada por el sentido
de las posibilidades automáticas
del mercado. El Estado social
no destruye el espíritu de la iniciativa
privada que encuentra acomodo
en los mercados, -empezando
por los mercados locales cuando
éstos no son barridos por las grandes
superficies-, se basa en la participación
ciudadana, en el derecho
al trabajo, en la búsqueda de
la libertad y la igualdad, y por ello
subordina los intereses privados,
especialmente los de los poderosos,
al bien común de la sociedad.

En estos últimos 25 años, cuando
los poderes financieros y las
multinacionales instalados en la
globalización económica aspiran a
dictar la agenda de los gobiernos y
de los organismos internacionales,
las respuestas locales no pueden
detener la lógica neoliberal.
En los países europeos, y muy especialmente
en España, las propuestas
políticas de cambio social
e institucional han quedado eclipsadas
por las obsesiones identitarias,
de modo que las viejas luchas
por el socialismo democrático,
articuladas en torno a las clases
trabajadoras, en torno a las
clases dominadas y explotadas, se
ven ahora tendencialmente postergadas
por los intereses de la pequeña
burguesía y de las nuevas
clases medias. El problema estriba
por tanto en construir entre todos
alternativas societarias que nos
permitan reorganizar las instituciones
y avanzar hacia un mundo
en el que los valores democráticos
nos liberen de una alicorta racionalidad
económica en la que, desde
hace décadas, estamos instalados,
como si se tratara de una ratonera
sin salida.

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