La negociación y el fin del ‘conflicto vasco’

El conflicto armado en Euskal Herria y su posible solución negociada,
las propuestas de reformas estatutarias, son reflejos de
la dificultad de sectores de la población para sentirse partícipes
de la idea de “España” y de los límites de las autonomías.
Siguen sin resolverse cuestiones constituyentes: ¿Se trata de
una segunda Transición? ¿Quiénes son los sujetos de decisión?
¿Qué es la soberanía (Europa, lo local...)? ¿Qué actitud debe
tomar la izquierda -“española” o nacionalista- transformadora?

10/05/06 · 21:08
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/ Isa

La intención de este artículo
es la de ofrecer unos apuntes
que permitan clarificar
las diferentes posturas existentes
en el pasado y el presente de
la pacificación o superación del conflicto
político vasco. Sin embargo,
explicarlo no es tarea fácil. La complejidad
inherente al conflicto se ve
incrementada por los evidentes niveles
de desinformación y de manipulación
informativa, desarrollados
durante años. Y hasta la propia terminología
puede ser originaria de
problemas. Con excesiva frecuencia,
nos encontramos con que la realidad
virtual y la existente no contienen
ninguna relación y resultan incomprensibles,
por contrapuestas.

Cómo se entiende el conflicto

Es evidente que la voluntad de superación
del conflicto político está generalizada
en todas las fuerzas políticas,
sindicales y sociales que desarrollan
su actividad en Euskal
Herria. El problema reside en cómo
entienden esa superación del conflicto.
O bien, como la derrota de
ETA y la renuncia de las fuerzas
abertzales a sus objetivos independentistas
o emancipadores. Lo que
conlleva la aceptación clara del marco
jurídico político diseñado en la
Constitución de 1977. O como una
mejora de la calidad democrática del
Estado, asumiendo éste la legitimidad
de las aspiraciones nacionalistas,
esto es, incluyendo en el ordenamiento
jurídico el derecho de autodeterminación
del pueblo vasco. No
debemos olvidar que no habiendo
asumido las fuerzas dinamizadoras
de la reforma democrática el derecho
de autodeterminación y no habiéndolo
incluido en la Constitución
de 1977 tuvo como consecuencia la
negativa del pueblo vasco a asumir y
aprobar dicho texto. Esa contraposición
de ideas ha derivado en diferentes
estrategias políticas para acabar
con el conflicto.

Por una parte, los diferentes gobiernos
de los últimos 30 años han
basado sus estrategias en la lucha
antiterrorista. La tortura, la guerra
sucia, la dispersión, el cierre de medios
de comunicación o la suspensión
de los derechos civiles y políticos
de una parte del pueblo vasco
son etapas y, al mismo tiempo, diferentes
componentes de esa política.
No es de extrañar que un dirigente
del PP anunciase el próximo paso a
dar: la suspensión de la autonomía.

Esta política ha derivado en una
merma de la calidad democrática del
propio Estado que estas fases se han
convertido en verdaderas señas de
identidad de la lucha antiterrorista,
en la conculcación permanente de
derechos humanos, políticos y civiles
para buena parte de la ciudadanía.
Pero, además, son indicadores
fehacientes del fracaso de dicha estrategia
de guerra.

Hasta 1995, la superación del conflicto
político militar desarrollado
desde Euskal Herria se basó en la lógica
de la negociación política entre
los representantes del Estado español
con los de ETA. Es el esquema
seguido en los intentos habidos a la
muerte de Franco y con posterioridad,
en Argel. Dicho esquema no daba
opción alguna a la participación
del resto de fuerzas políticas, sindicales
y sociales. En 1997, la alianza
política basada en el pacto de
Lizarra-Garazi suponía un claro
cambio en el esquema anterior, las
fuerzas abertzales del País Vasco
norte y sur unían fuerzas para conseguir
la hegemonía política y desencadenar
un proceso soberanista
a ambos lados del Bidasoa. El compromiso
político desembocó en la
tregua de ETA, que rompió a finales
del año siguiente.

Seis años después, la responsabilidad
es compartida tanto por quienes
tomaron parte como por quienes no
tomaron parte en aquel proceso.
Fueron múltiples los factores que se
han apuntado como desencadenantes
del fracaso: la postura del PP de
boicotear el proceso y de no facilitar
ninguna medida de distensión que
posibilitase el diálogo político y una
salida negociada entre todos los
agentes políticos, sindicales y sociales,
la falta de una estrategia propia
en el partido socialista que vivía momentos
de zozobra interna, las diferentes
concepciones del proceso soberanista
dentro del nacionalismo
vasco, la tutela del proceso por parte
de ETA, etc.

Tiempos de esperanza

La ruptura de Lizarra, el retorno de
la lucha armada y la estrategia de
guerra desarrollada por el PP tuvieron
como consecuencia un aumento
de la incomunicación y, al mismo
tiempo, la necesidad de reflexión de
los agentes sobre su propia aportación
en la superación del conflicto.
La interiorización de las diferentes
fuerzas políticas de que la estrategia
de guerra sólo llevaba a la prolongación
del conflicto, al aumento del sufrimiento
y a la pérdida de los valores
democráticos ha sido fundamental
para desarrollar dicha reflexión.

Sin embargo, esa reflexión propia
sobre la resolución del conflicto
ha tenido dos desarrollos. Por una
parte, la labor de Elkarri, que reuniendo
a personas de diferentes
sensibilidades y posicionamientos
políticos, elaboraron el Acuerdo de
Egino. Tiene la virtud de ser un texto
trabajado pero que adolece del
apoyo de los partidos, al haber sido
elaborado y suscrito por personas
individuales. En esta reflexión no
tomó parte ningún representante
del Partido Popular ni de Batasuna
por decisión propia. Y el diseño de
Egino deja fuera a los agentes del
País Vasco francés.

Otra dinámica más fructífera para
la resolución ha sido la desarrollada
a través del Foro de Debate
Nacional desde el 2003. Desde su
inicio, tuvo el respaldo de Batasuna,
Eusko Alkartasuna y Abertzalen
Batasuna principalmente, y
ha desarrollado una labor ingente
para facilitar el diálogo entre los
agentes, romper la incomunicación
entre ellos, introducir en sus agendas
la resolución y, por último, buscar
compromisos y reunir las diferentes
propuestas de los partidos,
sindicatos y movimientos sociales.

La metodología utilizada ha sido
fundamental. Desde el comienzo
se dio la posibilidad a cada uno de
los agentes de hacer su propio diseño
y propuesta política para que
fuese contrastada con el resto, buscando
con posterioridad puntos de
acuerdo. De este modo, desarrolla
la interlocución política más importante
realizada en Euskal
Herria. Sólo el PP y la Unión del
Pueblo Navarro rechazaron tomar
parte. La diferencia cultural de la
democracia francesa ha sido evidente
ya que todos los partidos han
tomado parte en dicho diálogo.

Así, en marzo de este mismo año,
55 agentes políticos, sindicales y sociales
firmaron un primer Acuerdo
Democrático de Base. Y a pesar de
que ni el PNV ni la familia socialista
lo han ratificado, la interlocución y
el intercambio político continúan y
nuevos acuerdos que posibiliten un
proceso de resolución son cada día
más posibles. Se viven tiempos de
esperanza aquí en Euskal Herria.

Más Información:

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