La lección del Patio
 
21/01/10 · 17:05
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Las modificaciones que traen aparejados los cambios socioeconómicos, políticos, culturales y tecnológicos en nuestra sociedad tienen como resultado nuevas contradicciones y escenarios donde se libran tanto los conflictos sociales, como las formas de imposición del mando capitalista. En el último decenio coincidiendo con la aceleración de los nuevos procesos en marcha, han tenido lugar en algunas ciudades europeas innovadoras experiencias que tratan de aprehender las transformaciones en curso de la composición de clase y las diversas preocupaciones e inquietudes de una población cada vez más flexible, móvil y conectada.

Estos laboratorios que apuestan por la subversión metropolitana se han venido a llamar “centros sociales de segunda generación”, diferenciándose del modelo de okupación de los ‘80 y ‘90 al tratar nuevas temáticas y elaborar otras formas relacionales.

Entre éstas destacan por un lado, abandonar las dinámicas adscritas a los códigos endogámicos del gueto de la extrema izquierda muy marcadas estéticamente. Y por otro, abrirse a nuevos públicos y sensibilidades que normalmente no encontraban lugar en los clásicos CSOA (centros sociales okupados y autogestionados). Lo nuevo no borra lo pasado, simplemente se deshace de la parte de éste que lastra e impide afrontar el futuro con inteligencia, y el desarrollo en las formas de enfrentar el conflicto político.

Rompiendo estereotipos

Bajo esta premisa nace el Patio Maravillas en Madrid, que desde un principio comienza a hacerla efectiva al salir del estereotipado barrio de Lavapiés para echar raíces en otro, el de Malasaña, en un esfuerzo por devolverle el carácter antagonista del que algún día gozó. Los motivos por los que el Patio se ha convertido en protagonista de la realidad madrileña durante las últimas semanas hay que buscarlos en la urdimbre social tejida en estos dos años de existencia, y no en la amplificación mediática, que más bien debe ser entendida como consecuencia y no como razón.

Lo que subyace tras todo el proyecto es la demostración empírica de un formato que prioriza la apertura a las gentes, en detrimento de la custodia impoluta de creencias y principios diseñados de antemano que actúan como topes para la acción, y colocan un corsé asfixiante al desarrollo de las expresiones colectivas e individuales. Tanto el coro, el rapeadero, como las clases de castellano para inmigrantes y un larguísimo etcétera, que componen la vasta panoplia de actividades lúdicas, culturales, políticas o sociales ofrecidas por el Patio, funcionan a modo de colchón desde donde poder empezar hacer otra política. Al fin y al cabo es lo que se lleva practicando desde los inicios del movimiento obrero y las organizaciones de clase: lograr ofrecer desde la óptica de los movimientos distintas respuestas para las mismas preguntas que afligen a la población y conseguir articularlas en torno a una socialización que escape de la lógica del control y el beneficio del mercado. Ser capaces de poner sobre el tapete mecanismos de integración lo bastante eficaces como para que trabajadores del mismo ayuntamiento acudan a buscar asesoría constata que el camino a seguir pasa por cuestionar los códigos liberales de interacción ciudadana, contraponiendo a éstos otros parámetros basados en el trabajo por el común. Los apoyos labrados, y más tarde recolectados al trabajar con la diversidad y la diferencia, evidencian su fruto demostrando que en política la clave estriba en hacer más y mejores alianzas que el enemigo. Sólo arroparse con el aliento del mayor número de organizaciones, personas y colectivos de distinta índole, y la legitimidad construida que permite presentarse en sociedad como un actor más, otorga la oportunidad de alterar el equilibrio de fuerzas hegemónico, que en nuestro caso, claramente se escora a la derecha. Así es como adquieren un sentido proteico las actividades proyectadas: más allá de la experiencia propia de cada individuo, de cada gusto en particular por uno u otro evento, lo interesante se encuentra en el fundamento político del conjunto.

La oferta lanzada al aire por el alcalde Gallardón dista mucho de ser una locura o ignorancia y desconocimiento de los métodos de actuación en los círculos de la izquierda antagonista. Cansado de regalar titulares en los periódicos y telediarios, su intención no es otra que desviar la atención y dar un golpe de efecto de cara a un posible electorado que no lo ubica en los sectores más rancios del PP. Un día concede el permiso a una carroza de los antiabortistas en una cabalgata de Reyes, y al siguiente en rueda de prensa reconoce la labor social de los okupas. Para comprender el juego político es necesario abandonar la concepción monolítica de la política, según la cual no existen fisuras en las relaciones de poder y el sistema funciona como un todo perfecto que responde a una sola voz. Siguiendo esta lógica, desde las alturas el único Leviatán decide y supervisa cualquier movimiento, desde el primer periodista, hasta cualquier político, juez, etc. Así nunca se entendería como existen muchas asociaciones de carácter pro- gresista pidiendo subvenciones que nunca reciben, pero que unos okupas que no lo hacen, observan como el propio alcalde se las oferta. La realidad es que por mucho que le moleste a la Brigada de Información de la policía, al Patio no puede tratarlo como un problema de orden público y seguir el protocolo indicado para estos casos, resolviendo rápidamente el problema.

En cualquier caso el dilema al que se somete es político y como tal, coloca al Patio en una posición privilegiada, más habiendo demostrado una capacidad de respuesta contundente al okupar otro espacio el mismo día. Sin duda es un terreno pantanoso que alberga peligros, pero al mismo tiempo permite jugar en otra liga, en la posición desde donde poder construir, aunque sea a pequeña escala, un nuevo orden simbólico que compita con la feria de sentidos a los que estamos expuestos, en apariencia de imágenes banales y valores mercantiles que actualmente impregnan el sentido común.

Igualmente el proyecto aquí descrito está en posición de acentuar sus aspectos puramente políticos. Con esto no hago referencia al viejo manual leninista que somete toda diversidad a la reducción del centro, sino en hacer de la complejidad una potencia de acción a la ofensiva. Lanzo aquí un par de sugerencias: la necesidad de recobrar parte de la cultura militante que entiende que el conflicto también se encarna en lo personal, y que para defender el espacio frente a las posibles actitudes sexistas, fascistas o autoritarias, el respeto se debe imponer colectivamente y no depender de las individualidades. Y la necesidad de articulación de las fuerzas posibles y latentes en pos del derecho a la ciudad –movilidad, renta básica–, en clave de clase, ofreciendo discursos alternativos a la crisis de la sociedad del trabajo.

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