La izquierda brasileña se mueve
21/12/06 · 0:00
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El panorama político en Latinoamérica ha variado
profundamente, desde los iniciales triunfos electorales
de Chávez en Venezuela, hasta la victoria de
Correa en Ecuador, pasando por cambios en Uruguay,
Nicaragua, etc. Alteraciones muy dispares
entre sí, pero con muchos rasgos compartidos. Es la
oportunidad para una amplia reflexión sobre los
movimientos sociales transformadores hoy en
América Latina. Empezamos con Brasil.
Un 60,3% de los electores
brasileños decidieron el
pasado 29 de octubre frenar
el ascenso de la derecha
y dar una segunda oportunidad
a Luis Inácio Lula da Silva. La expresiva
victoria fue fruto del temor a
la vuelta de un gobierno declaradamente
conservador y no del respaldo
a la actual gestión del presidente.
Lula es consciente de ello y se enfrenta
en su segundo mandato, además
de a la oposición de la derecha
tradicional, a la presión de una nueva
izquierda que se reestructura.

Se ha repetido varias veces, tras
la reelección de Lula, la siguiente
pregunta: “¿Qué pueden esperar los
movimientos sociales de esta segunda
gestión?”. La respuesta es unísona
y directa: no podemos esperar.
El Partido de los Trabajadores (PT)
ha sufrido una auténtica metamorfosis
desde su fundación, en 1980,
cuando abogaba por la negación del
capital y el estrecho vínculo con las
luchas populares. Durante su proceso
de consolidación como partido
político, acabaría por construir una
burocracia estructuralmente idéntica
a la de los demás partidos, moldeándose
paulatinamente a los intereses
del capital. Hoy el PT representa
un partido neoliberal incrustado en
el seno de la corrompida institucionalidad
brasileña, y no ya un partido
de transición socialista que busca
transformaciones revolucionarias en
la sociedad. Por eso, tras el chasco
de los cuatro últimos años, no hay
tiempo para esperar.

Cambios en el PT

El año 1990 comienza en Brasil con
el impulso del modelo neoliberal
por parte de Collor de Mello, modelo
consolidado orgánicamente por
Cardoso a partir de 1994. Vendiendo
“combate contra la inflación” y
“búsqueda de la estabilidad económica”,
Cardoso instaura el Plan
Real, extiende su agenda de privatizaciones
y estrecha alianzas con los
banqueros y el FMI. Paralelamante,
los sindicatos pasan por un proceso
de continua burocratización y los
medios de comunicación se concentran
aún más en torno a los sectores
dominantes. El PT tampoco
se libra de la vorágine capitalista.
La base del partido empieza a decrecer
y se acentúa la fragmentación
entre varias corrientes internas
divergentes, lo que da pie a la
creación, en 1994, del Partido
Socialista de los Trabajadores Unificado
(PSTU), que nace con un
carné de identidad anticapitalista y
crítico frente a los síntomas de deriva
ideológica petista.

Entre las varias corrientes de un
PT dividido, la pugna es constante,
pero la tendencia que logra imponerse
es la denominada Articulación,
compuesta fundamentalmente por
católicos, intelectuales y activistas
oriundos del movimiento sindical, la
cuna de Lula. Dicha corriente, formada
por políticos moderados, está
muy cercana a los ideales de la socialdemocracia,
por lo que no sorprende
la línea política llevada a cabo
por Lula. Las políticas sociales
focalizadas, plasmadas en el programa
Hambre Cero, han aliviado la
pobreza sin alterar la estructura social,
mientras la política económica
ha sido prácticamente idéntica a la
de su antecesor Cardoso, hasta el
punto que éste afirmara, en una entrevista
concedida en abril de este
año a la revista Veja, que “me parece
increíble escuchar a Lula hoy.
Cuando le oigo llego a plantearme
la siguiente pregunta: ¿el que habla
es Lula o soy yo?”.

La crítica rotunda al modelo económico
del Gobierno por parte de
algunos miembros del PT, vinculados
a la corriente del partido conocida
como Democracia Socialista, les
llevó a la expulsión del partido y a la
subsiguiente creación, con el respaldo
de una importante base crítica de
parlamentarios, del Partido Socialismo
y Libertad (PSOL). Liderado
por Heloísa Helena, representa la alternativa
bolivariana en Brasil, logrando
a través de una coalición de
izquierdas con el PSTU y el Partido
Comunista Brasileño (PCB), constituirse
como el tercer partido más votado
en las presidenciales.

La búsqueda
de autonomía social

Por otro lado, los movimientos sociales
que dieron su respaldo al
Gobierno en un primer momento -y
contribuyeron en gran medida a la
reelección de Lula- también vieron
sus expectativas frustradas. La imbricación
histórica de algunos movimientos,
como el MST, con el PT impidió
una postura verdaderamente
autónoma. La actual evolución del
discurso de la mayoría de los movimientos
populares hacia una mayor
independencia viene emparejada al
resurgir contestatario, centrado en
las ocupaciones de los campesinos
sin tierra y la lucha por la reforma
agraria, las reivindicaciones de los
sin techo y movimientos populares
por una amplia reforma urbana y
una vivienda digna o las protestas
por una educación primaria y secundaria
pública de calidad. El grito
popular cristaliza en la creación este
año de la Asamblea Popular Nacional,
que tiene como objetivo discutir
fórmulas para la articulación
de los movimientos sociales brasileños,
la formación de militantes y el
debate de un proyecto de país centrado
en las aspiraciones populares.

Durante muchos años, el apoyo a
Lula en su carrera a la presidencia
cohesionó y sirvió como elemento
unificador del voto de la izquierda
brasileña. La victoria de Lula en
2002 cerró este ciclo, abriendo otro
en el cual, tras cuatro años de gestión
petista, las posiciones de la izquierda
tienen una orientación disímil:
parte de la vieja “izquierda” sigue
apostando por Lula y los escasos
matices sociales para evitar un
retroceso en la política nacional y la
vuelta a una política económica aún
más neoliberal; por otro lado, otros
creen en la posibilidad de la reunificación
de la izquierda partidista en
la construcción de un nuevo frente
socialista, como es el caso del PSOL;
otra parte de la izquierda apuesta
por un modelo de cambio basado en
la irradiación territorial de las fórmulas
participativas de Porto Alegre
como fin y no como herramienta
emancipatoria; y, por último, están
aquellos que abogan por la reunificación
en torno a la lucha popular y
la autonomía de los movimientos sociales,
con un apoyo crítico a Lula.

El rompecabezas está en construcción.
Los cuatro años por venir
se convierten así en un periodo clave
para la reestructuración de la izquierda
brasileña y para el futuro
latinoamericano. Las piezas empiezan
a moverse en un país con 12 millones
de campesinos sin tierra, más
de 50 millones de personas azotadas
por el hambre -la gran mayoría
negros- y unas 5.000 familias que
acaparan un patrimonio equivalente
al 46% de la riqueza generada al
año en Brasil. A pesar de la crueldad
de los datos y los hechos, Lula
sigue hablando de conciliación de
clases y de democracia racial, en un
contexto donde la crisis del PT debe
servir de catalizador para impulsar
una radicalidad urgente que
afronte las cuestiones de fondo. Y
para estructurar un proyecto popular
que dé voz a la mayoría de la población
eternamente marginada
por las élites dominantes.

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