La democracia-ficción

La crisis política y económica actual deja al descubierto las miserias del pacto de cúpulas producido durante la Transición.

, Profesor jubilado de la Universidad Complutense de Madrid
15/02/13 · 16:34

Conforme avanza la crisis y conforme se acentúa la división entre 'clase política' y la ciudadanía en general, resulta cada vez más claro que en España estamos viviendo –desde los mismísimos días de la muerte del dictador– en una democracia-ficción.

¿Qué tipo de democracia, qué tipo de ficción? En primer lugar, la ficción que supuso consagrar bajo un ropaje 'democrático' una dictadura que el propio monarca designado por Franco ha presidido y tal vez orquestado entre bastidores. Y en segundo lugar, la ficción que supuso arbitrar a toda prisa una oposición 'responsable' al montaje neofranquista en la figura de un político sevillano dotado de labia y de ángel –y cuya inteligencia natural es imposible negar– llamado Felipe González.

A partir de estos dos mimbres, la democracia-ficción que estamos viviendo, y cuya naturaleza fraudulenta resulta cada día más obvia para el ciudadano de a pie, solo necesitaba su propio rodaje. Este rodaje se ha ido desenvolviendo, desde el año ya pretérito de 1976, en los moldes de lo que tiende a conocerse como Cultura de la Transición. ¿Qué implica en último término esta cultura? Una política de exclusión y al mismo tiempo de 'representación' en el sentido estrictamente teatral del término, en virtud de la cual el protagonismo de la sociedad española en su conjunto y su correspondiente expresión pública se ha escamoteado en un juego de connivencia por cuya mediación los actores principales de la farsa –PP y PSOE– han tratado de reproducir, con mayor o menor fortuna, la fórmula bipartidista que con tanto éxito viene funcionando en las principales 'democracias' europeas y, por encima de todo, en la gran potencia norteamericana. A condición, obviamente y como sucede prácticamente en todas partes, de reducir la participación popular a un epifenómeno que IU trata de materializar trabajosamente desde entonces.

No obstante, el juego se complicó casi desde el primer momento cuando la 'peculiaridad española' –mejor dicho, las peculiaridades de un estado que no ha llegado a articularse plenamente desde los tiempos de los Reyes Católicos– estalló en forma de conflictos irresolubles, especialmente desde el lado vasco, que la habilidad oportunista de un Adolfo Suárez trató de disolver bajo la fórmula del “café para todos”. Y ahí es donde se plantó la semilla que hoy en día estalla entre las manos de millones de españoles en forma de creciente consciencia de que estamos viviendo en una democracia-ficción.

¿En qué consistió dicha semilla? Sencillamente, en ceder la administración de buena parte de la cosa pública a unas mafias locales o regionales que, procedentes directamente de las ubres franquistas o alimentadas por los espejismos del antifranquismo, han esquilmado en gran medida nuestro patrimonio público a base de comisiones, obras faraónicas, pura y simple corrupción, que hoy están en la base de esa deuda astronómica que se nos pretende hacer pagar entre todos.

No es, como pretenden algunos, que la administración central trate de contener en la actualidad esta hidra desbocada. Más bien sucede, por el contrario, que la corrupción autonómica y el sinsentido de una administración pública duplicada o incluso triplicada ha terminado por impregnar la vida política en su conjunto. Y ahí está el espectáculo que hoy ofrece a la ciudadanía el caso Bárcenas en lo concerniente al partido en el poder, mientras la 'oposición responsable' que atiende bajo las siglas PSOE protesta con la boca pequeña pendiente de que se le descubran las caries que trata de disimular la sonrisa triste de un Rubalcaba.

El PSOE más que la alternativa, constituye el otro componente inexcusable de un 'juego bipartidista' que hoy se revela como una fórmula de esquilmar al país¿Qué hacer para salir del atolladero? Simplemente, dejar que la póstula de pus que desde el primer momento afecta a la llamada 'democracia española' reviente. En este sentido, la crisis que estamos viviendo, esa cifra insoportable de seis millones de españoles en situación de desempleo mientras lo más granado de las nuevas generaciones migra hacia lugares más propicios, puede suponer –pese a todos los sufrimientos que está aparejando o, tal vez, precisamente por ellos– una excelente oportunidad. Dicho de otro modo: se trata de aprovechar una situación tan insostenible como la que estamos viviendo a nivel social como el disparadero que ponga sobre el tapete las vergüenzas que afectan desde el primer momento a esa denominada 'democracia'.

Puesto que la sociedad delegó en un determinado momento su poder de 'representación' a una 'clase política' que en su conjunto –y sin entrar en particularidades– ha manifestado hasta la saciedad su indignidad, así como el uso sistemático de la mentira como instrumento de sumisión popular, se trata de 'romper' ese último vestigio que aún la ata a la colectividad crecientemente desencantada. Y poner en acción, por ejemplo, el supuesto imaginado por el desaparecido José Saramago de una sociedad que se niega en su conjunto a participar en la 'ficción' que, en las circunstancias actuales, supone una convocatoria electoral.

Es obvio que todos experimentamos temor ante la tesitura de acceder a un escenario inimaginado. Pero el problema de fondo no reside ahí. El problema real estriba en que el montaje 'actual', esa democracia-ficción que venimos 'disfrutando' desde la muerte del dictador, no aguanta por momentos. De ahí que sea necesario atreverse a imaginar –y tal vez a incursionarse en– nuevos modos de actuar en política. La creciente desafección popular hacia un PP cada vez más reducido a un espectro que apenas disimula sus vergüenzas coincide con un PSOE que, más que su alternativa, constituye el otro componente inexcusable de un 'juego bipartidista' que hoy se revela con creciente claridad como una fórmula de esquilmar al país por parte de una camarilla que no ha roto en ningún momento con su pasado franquista –o, visto desde otra perspectiva, con su espejismo antifranquista–.

En este sentido, nuestro país puede constituir en la actualidad, más que ese 'enfermo de Europa' con que se nos mira cada vez con mayor aprensión desde los países 'serios', la gran oportunidad para, primero imaginar y luego llevar a cabo, una toma del poder –o una disolución del poder– por parte de la sociedad en su conjunto que cada vez se reconoce menos en ese remedo de democracia que estamos viviendo. Puesto que nuestra 'democracia-ficción' no ha llegado a obtener nunca el grado de honorabilidad y por consiguiente reconocimiento por parte de los regímenes democráticos “de toda la vida”, tal vez se encuentra aquí entre nosotros esa 'espita de salida' que, prácticamente toda la sociedad mundial en su conjunto, está hoy en día esperando.

Y la Spanish revolution dejará de ser así un eslogan más o menos afortunado para afrontar, de una vez por todas, la prueba de los hechos.

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