Islamismo y feminismo islámico

El discurso hegemónico presenta el Islam como una
realidad única y monolítica, anclada en el pasado y
refractaria a las transformaciones sociales emancipadoras.
Tópico que no encaja con la realidad de
un mundo dispar, atravesado por fuertes tensiones.
Como muestran estas reflexiones a raíz del II Congreso
Internacional de Feminismo Islámico, celebrado
el 3, 4 y 5 de noviembre de 2006 en Barcelona,
al que acudieron unas 400 personas.

04/01/07 · 0:00
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A menudo cuesta diferenciar
una idea en sí misma
versátil. El islamismo
irrumpe en el lenguaje internacional
caracterizado por su énfasis
político del Islam, y así se acordó
en llamarlo. El islamismo, puesto
en práctica por el islamista, es una
fuerza reductora que se expande, como
cualquier dogma que se ve a sí
mismo coherente: excluye y totaliza,
pero también propone. Es su reforma
fruto de las consecuencias, una
amalgama moderna y hasta cierto
punto imprevista; es decir, un movimiento
ideológico en toda regla, con
sus bases y sus límites tan firmes como
inestables, cerrados y porosos.
Ha sido el siglo XX lo suficientemente
complejo para que el transcurso
del Islam político no haya participado
de esa mutación. El islamismo no
existe en su unicidad salvo para proclamar
la unicidad (en primer lugar
de Dios, por consiguiente de la realidad).
No por reclamar la verdad, no
por someterse a la realidad, el Islam
tiene un mensaje excluyente: por eso
surge el islamismo. La tergiversación
es humana, pero el esfuerzo permanente
contra esa misma tergiversación
(yihad) se deja de lado mediante
la política, cualquier política. La
capacidad de un movimiento para
encauzar su visión y extrapolarla a
un modo de gestión social, la maestría
o la torpeza de cómo se logre, definirá
el éxito de una política.

Diversidad

El islamismo suma y resta. Movimientos
sociales de base, partidos
políticos con representación parlamentaria,
guerrillas... El abanico para
expresar la práctica de una idea
es múltiple, pero se fundamenta en
un elemento clave: no puede haber
conocimiento sin acción, ni acción
sin conocimiento. A partir de ahí se
desencadenan las luchas internas y
externas, pero también la colaboración
con otros sectores antagónicos
o divergentes: el movimiento egipcio
Kifaya (Basta), con islamistas, marxistas,
nasseristas y liberales; el paquistaní
Minhajul Quran-MUQ (El
método del Corán) aglutinando islamismo
y sufismo, etc. De forma más
generalizada e hipócrita, la colaboración
del islamismo con las finanzas
internacionales es una prueba
más de esa flexibilidad selectiva.

Dentro de la política, un tabú supone
a la vez un freno y un catalizador:
se inmoviliza hasta que sea ya
imposible de contener. En el islamismo
el tabú es el sexo. Y todo lo que
conlleva. Por eso todo lo relativo a
ese tabú está mancillado, sesgado o
directamente reprimido. Cuando
surgen voces de mujer en el ser del
islamismo, el discurso es a menudo
ambiguo, pero ni más ni menos que
en otras ideologías de este tipo: la diferencia
entre la esfera pública y la
privada será la base de sus reivindicaciones.
Los derechos de la mujer
se promoverán en las calles, no en
las casas (y mucho menos en los
cuerpos). Cuando los movimientos
populares salgan a manifestarse
(desde la revolución de Irán hasta el
Líbano o la Palestina de hoy), las mujeres
ocuparán un papel importante.
Cuando esas mismas mujeres quieran
reivindicar sus derechos de
igualdad, la reacción del islamismo
será la opuesta.

Perder el monopolio

Si buscamos un discurso activo (y
activista) en pro de la igualdad de género
dentro del Islam, la forma más
directa la encontraremos en lo que
se viene en llamar “feminismo islámico”.
Una etiqueta nunca hará justicia
a un movimiento complejo de
ideas, pero es útil para entenderse,
conjurar y contraatacar. El islamismo
lo tachará de “occidental”, incluso
los sectores más herejes (que el
lenguaje internacional designa como
“fundamentalistas”, cuando son
todo lo contrario) llegarán a pedir la
cabeza de quienes lo promuevan. La
rabia, ante todo; no debe ser nada
fácil perder el monopolio de Dios...

El feminismo islámico no juega
con ese doble lenguaje en lo que a
igualdad de género se refiere (la
ambigüedad, por transposición,
puede tenerla en su posición política
más allá del género, aunque eso
merezca un análisis mucho más
completo). Para el feminismo islámico,
la crítica al patriarcado que
domina la sociedad musulmana
debe hacerse dentro mismo del
Islam: es un “yihad de género” que
contribuye al feminismo global.
Llega directamente a la fuente, el
Corán, con una hermenéutica estricta
y esmerada, es decir, vuelve
a destejer el texto en clave igualitaria
más allá de la simple relectura.
La labor, llevada a cabo por musulmanas
y musulmanes de todo el
mundo con una erudición digna de
las épocas más brillantes del Islam,
ha probado que todos aquellos
fragmentos que se utilizan para estigmatizar
a la mujer han pasado
por el tamiz (o las tijeras) del patriarcado.
La manipulación del
Corán con fines radicalmente
egoístas ha llegado a anular su
mensaje liberador e igualitario. El
islamismo no lo admite porque, si
lo hace, su razón de ser desaparece.
De ahí el doble lenguaje.

Re-evolución

Con su práctica teórica, el feminismo
islámico no se acomoda en la
idealización ni hace gala de un malabarismo
exegético que tantas veces
aparece en la historia de las religiones.
No es un movimiento de cuatro
intelectuales acomodadas en el exilio
universitario, ni tampoco se limita
a utilizar el discurso feminista secular,
condimentándolo con algunas
citas o episodios puntuales del Islam.
Sin duda el feminismo islámico contiene
un poco de todo esto, pero
abarca mucho más.

Un estudio minucioso de una iraní
complementado por un periodista
surafricano y una abogada paquistaní,
sirven en una campaña contra la
proliferación de la poligamia en
Indonesia que, a su vez, genera otra
en Senegal. Una afroamericana conduce
la plegaria en Nueva York y desencadena
un tsunami de fatwas (decretos
islámicos), pero también un
debate desde Al Yazira a la CNN. Un
congreso en Barcelona reúne a activistas
musulmanas y convoca a cientos
de personas interesadas, en su
mayoría no musulmanas. Se consiguen
indultos de mujeres en Nigeria
o Pakistán gracias a la conexión entre
argumentos promovidos por asociaciones
musulmanas de Malasia...
Su velocidad de propagación es un
hecho, a pesar de que muchas veces
sea una revolución silenciada. No es
una ‘evolución’ de la mujer musulmana,
sino un retorno sincero al
Islam, una reacción a esa usurpación
del mensaje por el patriarcado, de ahí
la re-evolución. Hay quien cree que
es mucho más rápido y efectivo si las
instituciones internacionales hacen
cumplir las convenciones sobre los
derechos humanos a esos mismos estados
de mayoría musulmana que las
firmaron en su momento. Pero si nos
limitamos a esa súplica, continuaremos
avalando la supremacía de unos
estados y unas políticas que son el
mero reflejo de una situación colonial
pretendidamente universal.

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