El instinto de supervivencia del PNV

LOS ACTORES DEL ‘CONFLICTO VASCO’ (I) Ante la complejidad del ‘problema vasco’, los análisis a brochazos sirven de poco. Profundizar en la variedad de actores políticos que interactúan puede ayudar a entender sus comportamientos. DIAGONAL abre un espacio para abordarlos uno a uno, empezando por el Partido Nacionalista Vasco.

01/11/07 · 0:00
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Dibujo:Isa

Antes de hablar del PNV es
preciso dejar asentadas
algunas bases que son necesarias
para hacer un
análisis. Los del PNV, sean del sector
que sean, son sobre todo del
PNV y cuando un partido tiene 112
años y la extensión e imbricación
social que tiene éste, lo de ‘ser del
PNV’ se convierte casi en una religión.
Es, desde luego, un sentimiento
muy profundo.

El PNV tiene una base social muy
heterogénea. En su seno conviven
un núcleo militante con un tradicional
sentimiento abertzale e independentista
y una capa funcionarial y
de cargos públicos que se ha ido sumando
al partido para hacerse con
un carné que le sirviera de salvoconducto
para ir trepando en el ámbito
público y en el privado. Acorde a
ello, su electorado se compone de
votantes que suscriben realmente
que “Euskal Herria es la patria de
los vascos” y otros que ven en el
PNV una opción ganadora, que garantiza
un cierto orden y una vida
sin muchos sobresaltos.

Y, principalmente, hay que saber
que el PNV no oculta que es un “partido
de gobierno”. Es un partido cuyo
objetivo es controlar el mayor número
de resortes de poder posibles.
Y, por eso, muchas veces, ha sido la
necesidad de conservar el poder lo
que ha llevado al PNV a optar en un
momento por un discurso soberanista,
incluso llegó en 1998 a firmar
un acuerdo con ETA, o replegarse
después a uno más pactista, que promete
fidelidad al Gobierno español
de turno. Pero incluso en los momentos
en los que el PNV tiene un
discurso más radical, siempre prima
el pragmatismo, su pragmatismo.
Por ejemplo, durante la tregua de
ETA de 1998 y el Acuerdo de Lizarra-
Garazi, el PNV vio que la izquierda
abertzale podía tener un
gran ascenso en las elecciones municipales
y forales de 1999, que le
podía dar el primer puesto en Gipuzkoa.
Por ello, tragándose su orgullo,
formó por primera vez una coalición
con su propia escisión, EA, y
logró mantener la Diputación de
Gipuzkoa. Después fue dejando que
aquel proceso se pudriera.

Imaz fue demasiado lejos

Con todos estos antecedentes cabe
decir que lo ocurrido en el seno del
PNV con el abandono de Josu Jon
Imaz y la victoria -al menos de momento-
de las tesis de Juan José
Ibarretxe es parte del instinto de supervivencia
del partido. Imaz fue elevado
a la presidencia del EBB [comité
ejecutivo del PNV] por el aparato
del partido en Bizkaia -el más fuerte
social y económicamente- en una
operación que tenía factores de rivalidad
territorial y de intentar equilibrar
una dinámica política que, con
Ibarretxe en Lehendakaritza y Joseba
Egibar al frente del partido, determinados
intereses de poder podían
ver como demasiado peligrosa. El
complejo sistema electoral interno
de tipo mayoritario y confederal provocó
que Imaz obtuviera el puesto a
pesar de tener menos votos de afiliados
que Egibar. Esto dio lugar a un
liderazgo inestable y discutido. En
sus cuatro años de mandato, el nuevo
presidente, en lugar de corregir
esta anomalía, la fue cronificando e
incluso ahondando. A Josu Jon Imaz
lo habían puesto ahí para que hiciera
de contrapeso, para que mantuviera
abiertos puentes con ámbitos de poder
estatal que de otra forma podrían
romperse, no para que tratara de
revolucionar la doctrina del partido.
El PNV cuida mucho lo que dice y lo
que hace, aunque sean contradictorios.
Y una cosa es aceptar de facto
ser una mera comunidad autonómica
del Estado español y otra escribir
a favor de la cosoberanía; una cosa
es haber pactado con el PP la primera
investidura de Aznar con Xabier
Arzalluz de presidente del EBB y
otra decir ahora en un foro en Madrid
que no se descarta en el futuro
un acuerdo con Rajoy; una cosa es
no haberse enfrentado nunca con el
Estado español en los últimos 30
años más allá de juegos retóricos y
otra muy distinta es hablar de que lo
que hay que hacer es “cautivar a
España”. Y, sobre todo, lo que no se
puede hacer es escribir un artículo
de prensa -No impedir, no imponer-
poniendo en cuestión el máximo valor
electoral que ahora tiene el partido,
Juan José Ibarretxe, y la que
constituye su mayor baza propagandística,
la consulta popular. La masa
social del PNV ha demostrado que
puede admitir que su partido lleve
una práctica política poco fiel a su
doctrina fundacional, pero no que su
presidente lo diga abiertamente. Por
lo tanto, Josu Jon Imaz ya no servía
para sumar adhesiones internas
(más bien las perdía) y dejó de ser
útil para los sectores que lo auparon,
que ahora se han tenido que amoldar
a buscar un acuerdo con los representantes
del ala de Egibar e
Ibarretxe para evitar una exteriorización
de la fractura interna del partido
que podría suponer volver a reeditar
un proceso electoral interno
con dos candidatos.

“No nos equivocamos”

El legado que Josu Jon Imaz ha dejado
ha sido, entre otros, haber contribuido
a que el reciente proceso
negociador no concluyera satisfactoriamente.
Y no cabe olvidar que
quien acompañaba a Imaz en las
reuniones y llevaba la voz cantante
de la representación del PNV era
Iñigo Urkullu, el próximo presidente
del EBB. En la mesa de partidos
conformada por Batasuna, PNV y
PSOE, el PNV se unió al PSOE en
contra de propuestas que cabía suponer
que cualquier nacionalista
vasco debiera apoyar. ¿Por qué?
Hay un detalle que lo puede explicar.
El 4 de mayo de 2006, tras entrevistarse
en La Moncloa con José
Luis Rodríguez Zapatero, Josu Jon
Imaz explicó que su apuesta de separar
el proceso de paz de la búsqueda
de un nuevo marco para
Euskal Herria obedecía a un motivo
ético y a otro “meramente político-
partidista”, porque mezclar ambas
cosas “sería tanto como reconocer
que la inmensa mayoría de la
sociedad vasca nos equivocamos
en el año ‘79 cuando hicimos la
apuesta por la política y la apuesta
por la democracia”.

Ahí está el quid de la cuestión. El
PNV no puede admitir que la apuesta
estatutaria que hizo no era la vía
para colmar las aspiraciones de la
ciudadanía de Euskal Herria, tal y
como entonces ya le venía anticipando
la izquierda abertzale; ni puede
consentir tampoco que cualquier
superación del actual marco, que sería
mayoritariamente bienvenida
por la sociedad vasca, pueda llegar
de un proceso en el que la izquierda
abertzale tenga un protagonismo
determinante y en el que además
participe ETA.

La “hoja de ruta” que ahora ha
presentado Juan José Ibarretxe debe
entenderse como un intento de
retomar las bases del proceso negociador
roto pero bajo el liderazgo
del PNV y con rebajas. Lo que le pide
a Zapatero es que negocie “con
el legítimo representante de los vascos”
lo que ya había negociado, firmado
e incumplido con ETA en relación
al respeto a lo que decida la
ciudadanía vasca. La batalla por la
consulta es quedarse mirando al dedo
que apunta a la luna lo que, hoy
por hoy, interesa tanto a Zapatero
como a Ibarretxe.

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