Independencia

Las actuales políticas anticrisis suponen el mayor ataque contra sus basamentos que haya sufrido nunca el Estado del Bienestar peninsular. Su sistemática voladura implica la ruptura del pacto social y político sobre el que se asentaba el Estado tras la Transición. De ahí la intensidad que adquiere hoy la discusión en torno al modelo territorial. En este escenario, ¿qué lugar tiene Europa?

, militante agroecologista.
07/12/12 · 11:10

En los años ’70, el grupo que se reúne en torno a la revista vasca Askatasuna pretendía conciliar dos posiciones ideológicas aparentemente opuestas, y se autodefinieron como anarcoabertzales. La cuestión que ponían sobre el tablero de las luchas de la Transición era la de la posibilidad del desbordamiento revolucionario de la lucha por la autodeterminación de las repúblicas vascas. La posibilidad también de un independentismo no nacionalista o sencillamente internacionalista. Quizás esa mirada heterodoxa, audaz e inclusiva de los anarcoabertzales de los ’70 puede aportar, cuarenta años después, algo de luz y sobre todo de esperanza. Las condiciones históricas han cambiado mucho pero en algún sentido están conectadas: la actual exacerbación de la tensión entre los nacionalismos central y periféricos es la constatación de que “el café para todos” autonómico con el que se pretendió clausurar la cuestión nacional ha entrado en bancarrota.

Una bancarrota económica vinculada sin duda a la crisis global y su gestión neoliberal pero que en este país anómalo provoca además una crisis institucional y constitucional. Como entonces, la cuestión es si los movimientos sociales y emancipatorios pueden aprovechar o no el conflicto nacionalista para avanzar en el proceso de transformación social. Desde una perspectiva eco-social (-ista) y demócrata radical resulta difícil de entender el estupor y hasta rechazo que en ciertas izquierdas estatales provoca la posibilidad de que Euskadi o Catalunya inicien ya la transición hacia otro modelo institucional propio. Por un lado es del todo coherente que frente a los procesos de homogeneización y erosión cultural que provoca el capitalismo global, se susciten procesos opuestos de empoderamiento identitario territorial o nacional. La defensa de la particularidad y diversidad lingüística, cultural, social, etc, no sólo es legítima sino tan necesaria como la defensa de la biodiversidad natural.

Por otro lado es obvio que cualquier comunidad tiene todo el derecho democrático a constituirse en sujeto político, en ciudadanía autodeterminada cuando así lo decida libremente... Incluso es posible que la creación de instituciones públicas más cercanas a la comunidad y el territorio, y con más poder y legitimidad, podrían ser aprovechadas por lo social para ampliar su poder de decisión, e incluso resistir mejor la ofensiva neoliberal en un marco de descomposición de la UE. Quizá comunidades políticas más pequeñas faciliten la democracia también económica. Que el proceso constituyente vasco, catalán u otros caiga en una regresión identitaria y victimista que refuerce a las élites; o que por el contrario sea una ruptura en la que plantear demandas de emancipación y la ampliación de las libertades democráticas y de justicia social, va a depender de la ciudadanía vasca o catalana, de sus conflictos de clase, de su creatividad socio-política... que es mucha, y por eso somos optimistas.

Que ese proceso sirva además para que en el resto del Estado desplacemos los términos del conflicto y, finiquitando los consensos del 78, nos liberemos del bipartidismo, la monarquía y otros dinosaurios institucionales, depende de que no nos dejemos arrastrar por el, a veces inconsciente, españolismo o por el paradójico nacionalismo europeo, que en esta hora postrera de Europa, se ha puesto de moda entre mucha de la izquierda más sofisticada... pero en esto no somos tan optimistas.

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