El neoliberalismo propone la privatización de la protesta, romper la solidaridad para que no se construyan estrategias de protesta en la calle.
A legaba Friedrich von Hayek a mediados del siglo XX que la Historia era sabia. Es abierta y actúa como filtro dejando que las mejores ideas triunfen con el paso del tiempo. El austriaco consagra al individuo una especie de instinto de conservación que, temeroso de los demás humanos, le hace dedicarse a sus asuntos, propios, privados, en definitiva: no políticos. La calle, como máxima expresión del peligro en tanto espacio público, toma un lugar privilegiado dentro del imaginario crítico de los neoliberales para los que Hayek es uno de los apóstoles incomprendidos del siglo XX.
Según esta lógica, todo acto es único, va más allá del hombre, que no puede entenderlo nunca al 100%. En Hayek, el progreso no es otra cosa que un progreso autogenerado que va fluyendo espontáneamente entre cada individualidad. Nada nos une, todos contra todos, sólo la tradición mantiene
un lazo común. Fuera de él, y siendo cada vez abrumador el papel de una economía liberal, sacra por inconestable, se hacen evidentes ciertas categorías que se intentan imponer en los últimos días.
Vemos muchas manifestaciones en televisión. Mostradas siempre de manera caótica o, en el mejor de los casos, como procesiones folclóricas con ecos sigloveintistas, son la mayoría de las veces tomadas como algo lejano. Sin embargo, en las últimas semanas estamos asistiendo a una cierta movilización ciudadana que escapa a las dinámicas de mayo pasado. Las manifestaciones, por propia definición, son móviles, trazan un recorrido para el que el Estado de Derecho otorga –o no– permisos en aras de una sobada convivencia. Donde empieza mi derecho, acaba el tuyo.
Si el 15M es localizable para el poder en el marco de una plaza o incluso el mismo ofrece delimitaciones geográficas por barrios, las últimas manifestaciones en protesta por los ajustes liberales hacen que el poder necesite volver a agitar -como si se tratase de un crucifijo- el mantra individualista “la calle no es de nadie”, “hay que respetar al prójimo”, “no todos estamos de acuerdo”, “no me meto”, “los conductores también tienen derecho a circular”.
Hayek y la libertad negativa de Isaiah Berlin en su máximo apogeo. Libertad para que no te ataquen todos esos peligros que acechan ahí fuera, se entiende, en contraposición a la libertad positiva que es aquella de proponer, crear, diseñar, construir. Pero ya se sabe, mejor no meterse en política, ni en las cosas de la calle, que cada vez está más llena de desocupados violentos a los que la escuela de Chicago de Hayek y sus amigos nunca tuvieron en consideración más allá que como excusas de reclusión. La reclusión en casa, conectado por medio de la tecnología pero inhabilitado para construir en la calle estrategias públicas de protesta también pública
Aquellas a las que tanto teme un neoliberalismo que, por exclusivizar y privatizar, mueve Roma con Santiago para promover las diferencias, el miedo, la desconfianza y la desunión entre todos aquellos para los que tiene diseñado un plan maestro para despojar de toda individualidad. Suya es la propuesta de privatización de la protesta, de los manifestódromos, cuando no de la prohibición directa.
Es en la calle donde el ser humano encuentra sus parejas, sus amigos e incluso los trabajos asalariados que les convierten en personas comme il faut. En ella está también la solidaridad, imposible en ausencia del alter. Son las contradicciones generadas por un sistema que intenta inocular crueldades solitarias, tan imposibles como que existan dictadores apolíticos. Quizás el sueño del poder sea que protestemos en nuestras casas, autistas, solos, locos. Gritándole al espejo de nuestra sagrada individualidad.
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