Globalización, alterglobalización,antiglobalización

En el Estado español, la contracumbre ante la reunión de
la OTAN en Sevilla, o la invisible pero no por ello menos
real preparación del próximo Foro Social de las Migraciones;
y a nivel internacional, la reciente edición del Foro
Social Mundial, en Nairobi (Kenia), a finales de enero, o la
preparación de las protestas contra la futura cumbre del
G-8 en Alemania, son claros ejemplos de que el movimiento
antiglobalización, si bien mucho más débil que en los
‘90, sigue activo. Puede ser una ocasión de reflexionar.

, Profesor, ensayista y analista internacional
14/02/07 · 0:00
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Sabido es que, aunque la palabra
globalización existe
desde mucho tiempo atrás,
su espectacular entronización
político-mediática se produjo
en la segunda mitad del decenio de
1990. No hay ningún motivo para
concluir que esa irrupción fulgurante
tuviese un carácter neutro, improvisado
y espontáneo. Sobran, en
cambio, los que aconsejan sostener
que obedeció, antes bien, a razones
tan precisas como tramadas.

Deshacerse de otras palabras

Tomémonos la molestia de dar
cuenta de la principal de esas razones
y sugiramos que de lo que se trataba,
por encima de todo, era de deshacerse
de otras palabras, y en singular
del vocablo capitalismo, que
para muchos habían retratado de
manera razonablemente fidedigna,
hasta ese momento, la mayoría de
las relaciones económicas. Se impone
recordar que esas molestas palabras
tenían una imagen negativa a
los ojos de la mayoría de los habitantes
del planeta. Convengamos
que, al menos en principio -otra cosa
fue lo ocurrido después, al amparo
de la labor de zapa desarrollada
por los movimientos de contestación-,
la operación que ahora nos
interesa, ingeniosa y eficiente, permitió
retratar en clave genéricamente
saludable lo que antes se nos
antojaba marcado por un sinfín de
taras, y ello, por añadidura, sin que
hubiesen cambiado un ápice -o, al
menos, sin que hubiesen cambiado
para mejor- la mayoría de las relaciones
económicas al uso.

Los movimientos de contestación
hubieron de decidir si acataban o
repudiaban en sus discursos la presencia
de la palabra globalización.
La segunda de las opciones, el repudio,
que hubiera sido perfectamente
legítima, se topó al poco, sin embargo,
con la cruda realidad de que el
término en cuestión, bien es cierto
que a menudo con perfiles nebulosos,
lo inundaba casi todo. Al cabo,
y de forma premeditada o no, los
movimientos parecieron encontrar
una solución de compromiso. Si por
un lado dieron en aceptar que las
mutaciones registradas en la textura
del capitalismo -no remitían tanto
a la manifestación de fenómenos
nuevos como a un ahondamiento o
radicalización de los ya conocidos:
desregulación, especulación, fusiones,
deslocalización...- justificaban
que se aceptase, aun a regañadientes,
el empleo del vocablo globalización;
por el otro adujeron que correspondía
agregar tras éste algún
adjetivo que permitiese recuperar,
hasta donde fuere posible, densidad
crítica en el discurso.

Equivalencias y diferencias

Se empezó a hablar así de globalización
neoliberal y también de globalización
capitalista. Importa subrayar
que estas dos expresiones,
aparentemente equivalentes y empleadas
de manera indistinta tanto
por estudiosos como por activistas,
exhiben diferencias nada despreciables.
Se puede contestar agriamente
el neoliberalismo, por entender
que es una manifestación extrema
y desaforada de la lógica del capitalismo,
para al mismo tiempo acatar
esta última, como se puede, en sentido
diferente, rechazar por igual-
esto es lo que acontece en la mayoría
de las redes hostiles a la globalización
del momento- el neoliberalismo
y el capitalismo-. Por razones
que saltan a la vista, esta última posibilidad
no parece que quedase claramente
recogida al amparo de la
expresión globalización neoliberal.
Agreguemos, eso sí, que por mucho
que apenas hayan prosperado, no
han faltado otras respuestas al problema
que nos ocupa; ahí está, sin ir
más lejos, el intento, forjado en
Francia, de apuntalar la palabra
mundialización para reflejar lo que
sería una suerte de globalización de
perfiles saludables.

Nombrar la contestación

Mal haríamos en olvidar que los
problemas terminológicos han alcanzado
también al nombre que
conviene atribuir a los movimientos
que -a partir, de nuevo, de la segunda
mitad del decenio de 1990- decidieron
contestar la globalización en
curso. Conocido es que la fórmula
más comúnmente empleada al respecto,
la que habla de movimientos
antiglobalización, ha levantado muchas
críticas. Se ha señalado, por
ejemplo, que no parece saludable
retratar en clave fundamentalmente
negativa -ahí está ese oneroso ‘anti’-
a redes que las más de las veces
muestran una franca vocación propositiva.
En un sentido parejo, a menudo
se ha sugerido que la fórmula
de marras fue interesadamente acuñada
por medios de comunicación
que ninguna simpatía mostraban
por los movimientos que retrataban.
Más allá de estas observaciones despuntó
otra que tenía, con certeza,
mayor calado: con frecuencia se ha
dicho que, hablando en propiedad,
los movimientos de contestación no
rechazan ontológicamente cualquier
modalidad de globalización,
sino que se oponen, escuetamente,
a la versión neoliberal o capitalista
de esta última y, de resultas, reivindican
una especie de globalización
de los derechos y de las libertades o,
en algunas formulaciones afines,
una alterglobalización o una globalización
alternativa.

La última crítica enunciada, promovida
por los sectores más moderados
de los movimientos y claramente
encaminada a conferirle una
pátina de respetabilidad y moderación
a éstos, no deja de presentar
dobleces, y ello por mucho que se
entienda sin mayor quebranto lo
que quiere significar. Digámoslo sin
miramientos: hay razones sobradas
para afirmar que cualquier modalidad
de globalización que pueda
imaginarse, por benignos que sean
sus propósitos, reclama de forma
inexorable elites directoras, flujos
jerárquicos y procesos de uniformización
que invitan como poco al recelo
y, tal vez, y más aún, a un franco
rechazo, tanto más cuanto que
no es improbable que por detrás de
filantrópicos proyectos se escondan
realidades poco edificantes.

De alguno de los argumentos que
expresamos en los primeros compases
de este texto se sigue sin problemas-
parece- una conclusión fácil
de hilvanar: existe una poderosísima
línea de continuidad entre lo
que en el pasado se dio en llamar
imperialismo y capitalismo, por un
lado, y lo que hoy, por el otro, se sugiere
debemos entender que es la
globalización. Si ello resulta ser así,
no parece en absoluto razonable
que los movimientos de contestación
hagan suyos términos como los
de alterglobalización o globalización
alternativa. Y es que, al fin y al
cabo, y en la perspectiva de esas redes,
a nadie en su sano juicio se le
ocurriría reclamar un imperialismo
alternativo o un alterimperialismo.
Las cosas en estos términos, y pese
a las cargas que en materia de mercadotecnia
política puedan arrastrarse,
preferible es quedarse, entonces,
con lo de movimientos antiglobalización.
Una de las virtudes, nada
despreciables, de esta expresión es,
por cierto, que no alienta mayor duda
en lo que se refiere a lo que esos
movimientos reivindican.

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comentarios

1

  • |
    David Gonzalez
    |
    Lun, 04/21/2014 - 01:12
    Saludos,  Perdone que sea directo, pero... ¿Me podría explicar lo mismo en palabras mas sencillas, sin menos tecnicismo? Es que no me despierta el minímo interés en leer el articulo.  Gracias.
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