El encanto de estar en el fondo del pozo

Pese a oleadas de movilizaciones en Europa y el relativo éxito de la huelga
general del 29 de septiembre en la península, no se vislumbran cambios
reales en las políticas económicas, ni del Gobierno español, ni de la
Unión Europea. Abrimos una hebra de reflexión, desde abajo, sobre qué
hacer con esos descontentos exhibidos.

20/01/11 · 8:00
Edición impresa

Texto de A. IGLESIAS, A. FERNÁNDEZ DE ROTA, J. Á. BRANDARIZ, M. VÁZQUEZ, X. FERREIRO, Activistas. Universidade Invisibel (A Coruña)

Ni los menos optimistas
podrían haber pensado
que llegaríamos a encontrarnos
donde estamos.
En medio de la crisis del régimen de
acumulación más virulenta de las
últimas décadas, las narrativas y expresiones
de resistencia son, al menos
hablando en términos del Reino
de España, muy insignificantes.

Es cierto que en los últimos años
se ha producido una cierta renovación
de imaginarios y pulsiones
movimentistas, en torno a relatos
de diverso tipo, verbigracia, los del
grupo de pensamiento francés
Tiqqun-Comité Invisible. No lo es
menos que la huelga general del
29-S
tuvo mayor incidencia de la
que cabía esperar. Y, en fin, hemos
presenciado expresiones de lucha,
por ejemplo estudiantiles, que no
carecen de cierta capacidad de intervención.

No obstante, todo ello
no nos sitúa mucho más allá del
fondo del pozo. Visto desde una
perspectiva diacrónica, la situación
es aún peor, al menos en términos
de producción de subjetividad, que
la de los años ‘80, momento álgido
del individualismo ‘antipolítico’.

En consecuencia, el fin del ciclo
de acumulación 1994-2007 nos ha
alcanzado en una situación de extrema
precariedad política.
Las resistencias
generadas por el agresivo
proceso de ajuste de la redistribución
de riqueza en curso son mínimas.
Más aún: el final de ese ciclo se
ha producido en una etapa de innegable
hegemonía de los discursos
de derecha –extrema– de lo que es
expresión no sólo el severo deslizamiento
electoral en –casi– toda
Europa o la emergencia neofascista,
sino también el importante asentamiento
en todos los niveles institucionales
que el PP va a acabar de
consolidar en los próximos meses.

Hay algunos motivos adicionales
de preocupación, que no edulcoran
la situación. En primer lugar, los
avances en la adaptación de la forma
sindicato no parecen muy notables
en relación con los 20-25 años
de transformación de nuestro sistema
socioeconómico en clave postfordista.

Desafortunadamente, las
grandes centrales parecen cómodas
en su adecuación a segmentos
del trabajo vivo cada vez más limitados,
y otras formas sindicales –nacionalistas, ‘alternativos’, basistas,
biosindicatos, etc.– no han podido
hacer mucho más que incrementar
la combatividad.

Por otra parte, cabe admitir que la
obsolescencia de las interfazes representativas
no es menos acusada.
Con IU entregada a una esclerosis
‘terzointernacionalista’ de gran impudicia,
las formas partidarias de la
izquierda nacionalista –BNG, ERC,
CHA, ICV– no han salido muy creativas
de sus experiencias de gobierno,
que en algunos casos han desatado
graves pugnas cainitas. En consecuencia,
muy lejos de experiencias
más interesantes, como el Bloco de
Esquerda, las alternativas que se
abren en el contexto presente son
poco estimulantes. Por una parte, la
emergencia de Equo, que parece
apuntarse a la triste parte final de lo
que fue –vale la pena subrayar el
tiempo verbal– uno de los experimentos
partidarios más creativos de
las últimas décadas: Die Grünen (Los
Verdes alemanes). Por otra, Izquierda
Anticapitalista, que en ningún
momento ha querido abrir la estructura
para experimentar seriamente
con la política de movimiento.

Pobreza de discursos

Al mismo tiempo, en el terreno de
las causas y de los efectos de ambos
procesos se sitúa una tercera insuficiencia,
no de menor relieve: la pobreza
de los discursos, retóricas e
imaginarios dominantes entre los
segmentos sociales de izquierdas y
alternativos. En un momento en el
que el debate sobre la flexiseguridad
ha sido ya apropiado por la institucionalidad
de la UE, las críticas y
propuestas de la izquierda sindical y
partidaria continúan invocando un
régimen productivo y un tipo de sujeto
que han sido superados, o que,
en todo caso, no conforman la clase
de metonimia útil para pensar el
presente y el inmediato futuro.

Si todas estas circunstancias son
bien conocidas, cabe enunciar un
elemento añadido, quizás no tan
perceptible. Un proceso de recombinación
de una propuesta antagonista
a la altura del tiempo de fractura
que nos está tocando vivir no puede
perder de vista las consecuencias
del previsible cambio de ciclo en el
conflicto vasco. No es necesario hacer
concesiones a la razón apocalíptica
para intuir que la concentración
en dicho territorio de recursos humanos,
materiales y simbólicos propios
de una lógica schmittiana no va
a dar paso a la saludable contracción
de ese segmento del gasto público,
sino a su reubicación en otros
lugares y enemigos. También esa
circunstancia constituye un reto mayor
para el ensamblaje sólido de las
resistencias en el contexto de crisis.

La superación del momento presente
debe partir, ante todo, del reconocimiento
de la situación, por
muy amargo que sea. Y ello sin
concesión alguna a una lógica política
de corte schumpeteriano, o al
prosaico lema de que cuanto peor,
mejor. Al margen de ello, cabe reconocer que hasta estar en el
fondo del pozo tiene sus ventajas.
Una de ellas es que permite
reconocer con realismo las insuficiencias,
y renunciar a los
placebos. Desde ese lugar, ajeno
a cualquier ombliguismo
narcisista, pueden pensarse algunos
recorridos.

Desde una perspectiva molar,
no cabe renunciar a la pelea por
tener una relación con la lógica
representativa a la altura de los
retos actuales. Una de las aportaciones
más sabias de la política
de movimiento de la primera
década del siglo ha sido entender
los límites, pero también las
potencialidades, de la relación
con las interfaces representativas.

En ese sentido, es necesario
continuar las experimentaciones,
partiendo prioritariamente
de los contextos locales, desde,
y más allá, de las formas partidarias
actuales. Sin duda, la situación
va a ser más complicada
si no se emprende esta tarea.
Desde un punto de vista molecular,
quizás la clave fundamental
reside en adoptar la lógica
musical del sampler: un movimiento
no puede estarse reinventando
cada vez que la cronología
y la biología imponen
nuevas etapas simbólicas. Es necesario
apuntalar las instituciones
de movimiento que provienen
de fases previas, y hacer palanca
sobre ellas para construir
nuevas demandas, retóricas y
signos. Sólo así puede evitarse
la eterna repetición de los errores,
entre otros el verticalismo y
el sectarismo. Y, en fin, hay que
tomar en serio lo que con razón
apuntaban los y las compañeras
Celia, Emmanuel, Pablo y Raúl
en su reciente artículo: la creatividad
resistente ya existe en las
redes vitales de lo social, más
acá de lo que podamos prefigurar
‘políticamente’. Ese recurso
nos permitirá contrarrestar los
riesgos, permanentemente amenazantes,
de la militancia como
experimentación juvenil o como
camino –inconsciente– hacia la
cooptación.

DEBATES EN NÚMEROS ANTERIORES: Y TRAS LA HUELGA GENERAL, ¿QUÉ HACEMOS?

[Asumir el marco continental->13224]
_ Por Antón Gómez Reino Varela "Tone", activista de A coruña

- [Desorientación y crisis->13121]
_ Por P. Carmona, C. Mayer, R. Sánchez Y E. Rodríguez / Activistas

- [Reflexiones después de una huelga->13014]
_ Por [cualestuhuelga.net->cualestuhuelga.net]

Tags relacionados: Número 141 Conflicto vasco
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