Emancipación y nuevo modelo

A principios de los ‘80 –en
plena efervescencia de
los gobiernos de Thatcher
y Reagan – los economistas
 neoliberales señalaban que cualquier
cambio profundo y regresivo
de modelo económico-social requería
de una crisis –que si no existía, se
podía crear–. 30 años después algunos
ecos resuenan, aunque con mayor
 radicalidad si cabe. Seguramente
ya no estemos frente a una crisis
coyuntural y cíclica que se opera en
la esfera económica; los desafíos que
se plantean van mucho más allá, en

, Activista y profesora de ciencia política de la UAM
08/11/11 · 8:00

A principios de los ‘80 –en
plena efervescencia de
los gobiernos de Thatcher
y Reagan – los economistas
 neoliberales señalaban que cualquier
cambio profundo y regresivo
de modelo económico-social requería
de una crisis –que si no existía, se
podía crear–. 30 años después algunos
ecos resuenan, aunque con mayor
 radicalidad si cabe. Seguramente
ya no estemos frente a una crisis
coyuntural y cíclica que se opera en
la esfera económica; los desafíos que
se plantean van mucho más allá, en
un terreno también político y cultural.

Así pues, los pilares del Estado
del bienestar, nacido del pacto entre
el factor capital y el factor trabajo en
la Europa Occidental democrática,
hacen aguas. Cabe destacar la ligereza
conque son tratados cada vez más
aquellos derechos y garantías que se
encontraban en la base del Estado
de derecho garantista. Y en el caso
del Estado español se pueden observar
importantes retrocesos en el respeto
a la diversidad nacional y lingüística.

Sin ir más lejos, se pone en
tela de juicio la política económica
keynesiana, la lucha por la cohesión
social y la redistribución de riqueza
o los propios valores liberales, democratacristianos
 y socialdemócratas
–cimientos del pensamiento y la acción
política institucional del viejo
continente hasta la actualidad–.
Los gobiernos cada vez más van a
remolque de los dictados del mercado;
 pierden capacidad de marcar su
propia agenda y ejercer liderazgo.
Las empresas de calificación juegan
de manera caprichosa a etiquetar la
deuda soberana, con importantes
dosis de chantaje y manipulación,
buscando desestabilizar ciertas economías.

Los poderes económicos
exigen a las administraciones públicas
planes de austeridad que siempre
van en la dirección de recortes
de derechos sociales y laborales; de
la privatización de lo que hasta ahora
habían sido derechos sociales protegidos
–sanidad, educación y protección
social–. Y apuestan por un
sistema fiscal cada vez más débil y
que priorice los impuestos indirectos,
eso es, rebajando la progresividad.

Así las cosas, cualquier observador
puede constatar que los actores
políticos transformadores tradicionales
 se muestran paralizados; situándose
como funcionales a los
intereses de la élite económica mundial
y local. Los partidos políticos de
izquierdas y los sindicatos mayoritarios
dimiten de hacer política. Los intereses
económicos se globalizan,
 mientras la clase política es incapaz
de pensar propuestas y proyectos políticos
más allá del Estado-nación;
sin ir más lejos, la Europa política
nunca ha llegado a ver la luz. Perdidos,
 sin norte ni valentía, nuestros
políticos y sindicalistas intentan sobrevivir
aplicando las recetas de
siempre –“qui dia passa any empeny”,
diríamos en catalán, en castellano:
“quien deja pasar un día, empeña
un año”–.

En este sentido, el
 15M es una plasmación del proceso
de desafección con la clase política
–que no con la política– que se está
viviendo. Pero no sólo eso. Es un
ejercicio de dignidad. Frente a la deriva
económica neoliberal y de cadaverización
de los actores y los imaginarios
políticos tradicionales, la ciudadanía
sale a la calle. En un momento
de cambio radical de modelo,
las viejas demandas de democracia
–formal y real– reaparecen, aunque
con innovadores repertorios, lenguajes
y subjetividades. Los acontecimientos
 que siguen a las marchas
convocadas por la plataforma Democracia
Real Ya el 15 de mayo tienen
importantes dosis de espontaneidad
y desbordamiento institucional; “momentos
de locura” –utilizando palabras
de Tarrow– como los que preceden
cualquier movilización que consigue
romper la normalidad colectiva.

Coinciden todos los ingredientes
para que ésta irrumpa con éxito.
Y ahora el reto de la organización
y la estructuración discursiva de este
malestar no puede ocultarse. ¿Cómo
pasar del descontento social a la
 transformación política? Llegados a
este punto, conviene detenernos en
la anomalía catalana y vasca, estos
territorios van un poco más allá en la
construcción de luchas emancipadoras,
 radicando y radicalizando. En
Catalunya desde que el gobierno de
CIU empezó a llevar a cabo un importante
paquete de recortes en
servicios públicos básicos se han
 multiplicado las movilizaciones. Así
pues, las luchas del 15M y en defensa
de derechos sociales se encuentran,
colaboran e hibridan; viejas y
 nuevas subjetividades construyen
comunidades de resistencia a las políticas
neoliberales. Cabe decir también
que las candidaturas alternativas
y populares locales juegan un papel
destacado de concreción en el territorio
de la movilización –de manera
más incipiente, pero en este
camino pueden señalarse las luchas
en defensa de la educación en la
 Comunidad deMadrid–.Y en Euskal
 Herria, la lucha por la normalización
de la vida política del país y la resolución
dialogada del conflicto ha movilizado
a amplios sectores sociales de izquierdas y soberanistas. Las iniciativas
transformadoras se están construyendo
 con un pie en las instituciones,
ya no sólo locales, a partir de la
irrupción de la coalición Bildu –y
ahora Amaiur–; la vinculación entre
 la calle y la expresión electoral es un
hecho. Y el anuncio del cese definitivo
de la actividad armada de ETA no
 hace más que acelerar y reforzar el
proceso. Algunas pistas, pues, de los
siguientes pasos.

En un momento de cambio de modelo
es necesario pisar con los pies
 en el suelo; sobre todo porque en periodos
 de desajustes estructurales
son los sectores más vulnerables los
que reciben las consecuencias directas
de la crisis. Es correcto analizar
que se han operado cambios en las
esferas económica y social mientras
que estos no se han producido en la
 político-institucional –en un sentido
 amplio del término, incluyendo partidos
y sindicatos–. Pero es cierto que
estas moribundas estructuras son
 aún las que acaban definiendo importantes
políticas públicas que nos
afectan de manera directa, y que
pueden abrir o cerrar líneas de fuga
 transformadoras. Por el momento,
 no podemos pensar en organizar
 oposición social ni política al gobierno
 saliente del 20N sin jugar en la
frontera de lo viejo y lo nuevo. No
 nos representan, pero no iría mal una
coalición a la izquierda del PSOE y
de CIU/PNV en las elecciones estatales.

Los grupos parlamentarios de izquierdas
e independentistas de izquierdas
 suelen compartir diagnósticos
y propuestas en el Congreso y el
Senado. Y podrían actuar de bloque
de contención y expresión de defensa
de derechos civiles, políticos y sociales
 básicos –por ejemplo, su oposición
y demanda de referéndum para
la reforma de la Constitución–. No
 nos representan, pero no debemos
 olvidar arrastrar a los grandes sindicatos
a nuestras movilizaciones. Sin
 ellos una huelga general, por ejemplo,
 aún no es imaginable. Porque no
 toda política se hace en las urnas.
 Pero en las urnas, por el momento,
también se hace política. Y en las urnas
 también puede –y debe– hacerse
 otra política.

gemmaubasartg@gmail.com

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