El ejercicio colectivo de un modelo desmontable

Los referéndums independentistas en Cataluña, las tensiones en torno al Estatut y los pánicos morales de la derechona españolista –“España se está deshilachando”, Aznar dixit– evidencian que el Estado de las autonomías no está “bien atado”. Cuando el cinturón de castidad de la lucha armada parece romperse, se abren escenarios que conviene abordar desde los movimientos sociales.

, Militante del CS Atreu! (Corunha) y de medios contrainformativos
30/06/10 · 15:05
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Decía Jean Genet en un ejercicio político de empatía anticolonial hacia los pueblos árabes, que la patria solo puede ser un ideal para aquellos que no la tienen “como los fedayín”, admitiendo que el día en el que este anhelo se materializa, se ha “conquistado el derecho a arrojarla a la taza del retrete y tirar, como yo, de la cadena”. Reconociendo la impostura, este podría ser, desde la pendular práctica de un no nacionalista un buen punto de partida para enfrentarse a un debate subjetivo, de fortalecimiento de la razón interior. Un punto de partida para aquellos que, sin serlo, y como presumo tan bien sintetiza David Fernández en su intervención, nos sentimos llamados a encuadrarnos en una categoría demasiado rígida –la de nacionalista– que parece necesitar un exterior constitutivo para su propia existencia. Los mismos que, por el contrario, intuimos que la subjetividad de la identidad –nacional– nace de un sentimiento real por compartido y comunitario que no necesita siempre de una estructuración política clásica –el Estado– para sobrevivir, pero que nos replanteamos los horizontes que, desde posiciones de la izquierda autónoma ubicada política, afectiva y culturalmente sobre un territorio concreto debemos y sentimos construir.

Pero, pensando la política en términos peninsulares vienen a colación muchas otras preguntas que, en clave de estrategia, deberíamos repensar desde los movimientos cuando hablamos de nacionalismos y perspectivas. Primeramente, cabría reflexionar cual podría ser el punto de vista –y por tanto el papel– de los movimientos de base en aquellos territorios al margen de Euskal Herria, Cataluña (o Galiza) donde la lógica de la identidad nacional juega un papel silenciosamente reaccionario? Tenemos alguna receta mejor ante la emergencia de tendencias políticas en formas de ‘populismo neofascista’ –extremadamente nacionalista, por cierto– que recorrer procesos antagónicos a estos? Y fundamentalmente, tendría, una España deshilachada, sentido alguno como formato estatal progresista, potencialmente emancipador?

Ciertamente, citando- también- a William Burroughs no seria lógico preconizar desde unos territorios a otros las formas políticas óptimas para el incierto momento histórico que se está abriendo en el Reino de España; “la única ética posible es hacer lo que uno quiere” decía el norteamericano. Tampoco valdría desde una posición de subalternidad a la izquierda, tratar de mimetizar esencialismos identitarios, por poner un ejemplo, de Euskal Herria a Castilla.

Con todo, está nítidamente claro que en términos de izquierda antisistémica la realidad nacional de este Reino de monarquía impostada no puede ser seductora ni en Tordesillas ni en Arenys, ni acaso en Fisterra. “Nadie avanza en un país de ciegos”. Partiendo de esta base y subvirtiendo el discurso sistémico que trata de seguir construyendo el poder -del nacionalismo- estatal como un valor positivo frente al valor en negativo que siempre otorga al nacionalismo sin estado, es posible que el papel de los movimientos populares del centro y la periferia deba ser, precisamente, el de desenmascarar colectivamente a un estado nación que tiene en su centro constitutivo un ADN procedimental, profundamente autoritario. Operar aquí y allá en planos de creatividad política que desborden y desmonten los marcos formales de la administración estatal para producir una ‘ruptura democrática’ -aquella que según su denominación en tiempos de la fallida transición produciría una articulación postconstitucional que daría satisfacción a las reivindicaciones del movimiento obrero y a las aspiraciones nacionalistas emancipatorias- de nuevo orden. Una ‘ruptura’ en base a las realidades contemporáneas, comprendiendo las nuevas composiciones sociales hibridas. Operar como apunta Raimundo Viejo, desde el repertorio de la política de movimiento con nuevas gramáticas políticas que esquiven la lógica de la emergencia. Frente al toro rojigualdo, imaginar hoy las palabras de Castelao, “La vaca es el símbolo de la paz”.

Y es que, en un tiempo donde las identidades dominantes -aquellas aferradas al imaginario del aparato de estado- son las que -aparentemente- menos asoman en superficie se antojan necesarias las alianzas múltiples de alternativas desde abajo para tratar de agudizar las contradicciones de la izquierda estatalista siempre apegada a un modelo de gestión ‘desde dentro’ y cada vez más deslegitimada, caída en desafecto. Inicialmente, una posibilidad podría ser la de emplear cooperativamente el impás de la crisis e intervención privada sobre el aparato público para desgastar un modelo obsoleto, con el deterioro de las instituciones estatales y la obsolescencia de la hipótesis de la transición democrática como pruebas latentes de la profundización necesaria cara a un proceso de descomposición que eleve a un claro y riguroso debate público este andamiaje constitucional pequeño, incómodo y obsoleto.

De un lado son tiempos de construir redes y alianzas; del otro es preciso acelerar contradicciones en ‘su’ gobernanza y desarmar con la sociedad crítica los ataques de la derecha mediática. Latente está el descrédito en los mecanismos de disciplina del Estado. La suma de las intrigas desplegadas en torno al Plan Ibarretxe o al Estatut, han restado credibilidad a las vías de reforma jurídica. La acusada necesidad de acabar con la diversidad cultural es también fuente de rebeldías periféricas que siguen defendiendo valores locales contra una cultura dominante y homogenizadora. La crisis de la representatividad, acuciante ahora con la intervención corporativo-financiera, parece ir en la línea de ampliar la sensación de que la gestión de la realidad plural de un estado democrático se torna imposible dada la torpeza y/o mala intención de los aparatos partidarios -españoles-.

Pero el escenario también es continental. El impás económico anuncia una nueva tentativa sistémica para dilatar la existencia de los Estados Nación actuales vaciándolos de atribuciones, fondos y contenidos. Proponer aquí una alternativa ante el modelo capitalista de concentración europea o dibujar formas divergentes a los patrones neoliberales de gestión estatal pasa por ejercer colectivamente desde los movimientos sociales análisis y prácticas para la comprensión y la creatividad.

Se trata, entonces de ir conjugando un doble juego desde las singularidades sociales de base del estado extrapolando el discurso de emancipación social a la realidad nacional, tratando de recomponer hegemonías sociales a la izquierda, a saber: denunciar el carácter de aquellas identidades ‘“naturales’ dominantes y construir nuevas formas de sociedad civil frente a quienes desde la derecha o el inmovilismo interesado, se empeñan en legitimar una la autoridad senil de una figura estatal trasnochada. El camino pasa, sin duda, por construir nuevas ‘unidades de convivencia’ capaces de agrandar los cauces participativos, como en Cataluña.

Finalmente, ¿“España se está deshilachando”? Si, esperemos. Recordando a Laboa diríamos incluso que los que decían quererla han sido los mismos que en un arrebato por dominarla, solo han sabido cortarle las alas. Cantaba Assalti Frontalli, “debo tener una casa para poder caminar el mundo”. Quedan entonces intensos caminos por recorrer, hogares nuevos por construir.

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