Diferencias gobernadas, nuevos racismos

Frente a la aprobación por parte de los Gobiernos europeos
de acuerdos como la ‘Directiva de la Vergüenza’ o
el Pacto Europeo sobre la Inmigración o la publicación
de diversos informes que señalan un aumento de racismo
entre los sectores populares, surge la pregunta:
¿Cómo contrarrestar la extensión de la xenofobia?

04/09/08 · 0:00


Durante la década de 1990
y ya entrando en la de
2000, a medida que el régimen
de fronteras europeo
se recrudecía más y más (firma
del tratado de Schengen, directiva de
retorno...), los movimientos de crítica
empezaron a hablar de la “Europa
fortaleza”, como símbolo del horror
en el que se estaba convirtiendo Europa.
Sin embargo, es posible que esta
imagen no sea muy exacta, porque,
por más que el deseo de más de
un legislador sea crear una fortaleza,
lo cierto es que el impulso migrante,
el empuje que lleva a desplazarse en
busca de una vida mejor, es demasiado
fuerte para detenerlo: el régimen
de fronteras europeo se lleva vidas,
legitima barbaries, pero no puede
frenar este impulso. Nos atrevemos
a decir que la Unión Europea,
más que un gran muro alrededor de
sus fronteras, lo que construye, para
regular este impulso todo lo posible,
para ajustarlo a sus necesidades de
fuerza de trabajo, para mantener
cierta sensación de control, es un sistema
de esclusas. Y ese sistema de
esclusas no crea sólo dos figuras, como
se pretende en la retórica migratoria
de la Unión: por un lado el
inmigrante ilegal que es deportado,
por otro el inmigrante con plenos derechos
que es integrado. Más bien,
instaura un largo camino, lleno de
duras pruebas y peligros, que lleva
desde la condición de clandestinidad
total hasta la plena ciudadanía, sólo
asegurada con la obtención de la nacionalidad,
pasando por diferentes
tipos de tarjetas, cada una de las cuales
asegura diferentes derechos.

Pero, además, ese camino no es igual
para todos los inmigrantes: puede
ser más o menos largo, más o menos
arduo, en función del país de origen,
la historia colonial de España para
con éste, o el tipo de racismo asociado
a su fenotipo.

Paradójicamente, esta misma gradación
de los derechos que padecen
los inmigrantes afecta también a los
autóctonos, aunque impuesta por
medio de otros mecanismos (y aquí
la desregulación laboral y la reestructuración
productiva son elementos
clave, pero también la densidad
de las propias redes sociales o el capital
cultural disponible): del funcionario
al profesional autónomo, del
fijo discontinuo al contratado en
prácticas, del eterno becario a la empleada
de hogar o al parado de larga
duración, los derechos que se garantizan
no son los mismos. Y ello tiene
consecuencias.

Gobierno de la complejidad

La idea de la exclusión (de la ciudadanía,
de los derechos, de la riqueza,
de las garantías mínimas de vida),
que nos remite a una gran masa normalizada
frente a sectores de la población
marginales incapaces de
adecuarse a ella y, por lo tanto, a los
que habría que mantener a raya (de
ahí también todas las formas de segmentación
dura del espacio: de la
cárcel a la segregación urbana) no
acaba de dar cuenta de esta nueva
complejidad. Más que sólo de exclusión
cabría hablar de inclusión diferencial:
es decir, en lugar de la segmentación
dura y binaria de la exclusión,
tendríamos una segmentación
múltiple y suave, donde habría mil
posiciones de inclusión diferencial,
con múltiples gradaciones. Es decir,
más que dos caras de la sociedad, los
incluidos y los excluidos, tendríamos
un continuo hipersegmentado con
distintas franjas de población, diferentemente
incluidas.

¿Y cómo se gobierna este espacio
social, por un lado complejizado por
la realidad de las migraciones transnacionales,
por otro partido en mil
pedacitos por los mecanismos de inclusión
diferencial? Desde luego,
igual que la imagen de “Europa fortaleza”
o la de rígida exclusión no
acaban de dar cuenta de la realidad a
la que nos enfrentamos, tampoco la
idea de Estados blindados, cuyos dispositivos
policial-represivos se infiltrarían
hasta en los espacios más micro
de lo cotidiano, resulta del todo
exacta. No por ausencia de estos dispositivos
(los vemos cada día en
nuestras calles, esas cuyo tránsito
parece estar prohibido a miles de migrantes,
pues incluye siempre la
amenaza de un control policial en cada
esquina), sino porque la eficacia
pasa necesariamente también (o, sobre
todo) por mecanismos mucho
más sutiles de gestión de las poblaciones.
Mecanismos que, en lugar de
moldear la heterogeneidad de lo social
de acuerdo con una norma y reprimir
todo lo que escapa a esa norma,
toman esa heterogeneidad como
punto de partida y se apoyan en las
diferencias que la habitan como elemento
de gobernabilidad.

¿Cómo? En primer lugar, no eliminando
las diferencias, pero sí estandarizándolas:
es decir, acotando
y clasificando a la población en grupos
bien definidos y estancos, convirtiendo
las diferencias en categorías.
Así pues, la gestión se ejerce sobre
grupos de sujetos concretos y
etiquetados, puesto que es más fácil
gobernar categorías acotadas que
hacerlo sobre una masa informe de
ciudadanos que encierra una multiplicidad
que asusta.

Beneficios de la diferencia
Ahora bien, se trata de un gobierno
‘de’ la diferencia, pero también
‘por’ la diferencia. Y es que los mecanismos
de gestión buscan, también,
optimizar las diferencias, hacer
que resulten productivas en sí
mismas: que generen capital simbólico,
dinero, votos... Un barrio
habitado por gentes que proceden
de los cuatro puntos del planeta resulta
muy complejo en términos de
gestión, pero se vuelve productivo
cuando la diferencia se convierte
en marca y el barrio queda valorizado
como “mercado de lo multicultural”
(por ejemplo, las transformaciones
vividas en los últimos
años en Lavapiés). La propia diversidad
también puede convertirse en
negocio: así, en los últimos años,
hemos asistido a la proliferación de
cursos, másters, becas, títulos de
expertos, empresas y figuras especializadas
que compiten en la obtención
de beneficios en el campo
de la diferencia.

Hasta aquí hemos hablado sólo
de diferencia(ción), un concepto
que no contiene (en sí mismo) la
idea de desigualdad. De hecho, el
lema “a necesidades distintas, soluciones
diferentes” remite claramente
a un principio de equidad.

Sin embargo, el razonamiento
oculta un proceso por el cual las
diferencias pasan a distribuirse
entre las múltiples posiciones, creadas
por la inclusión diferencial,
que divide a la población. Y es aquí
donde la diferenciación se convierte
en una segmentación jerárquica
que (ahora sí) deriva en desigualdad.
En ocasiones, este proceso se
lleva a cabo abiertamente: la ley
de extranjería vigente contempla
que sean diez los años que debe
esperar un marroquí para lograr el
acceso a la nacionalidad española,
mientras que son sólo dos años de
espera los que le aguardan a un
migrante procedente de cualquiera
de las ex colonias españolas; en
otras, los mecanismos son mucho
más sutiles: los programas de diversificación
y compensación educativa
desarrollados en los institutos
madrileños nacen con la idea
de dar respuestas que garanticen
la inclusión del alumnado con necesidades
diferentes, pero son muchas
las ocasiones en las que esta
separación acaba decidiendo un
futuro laboral más o menos remunerado,
más o menos reconocido,
con más o menos derechos, para
cada alumno, convirtiéndola, pues,
en una separación jerárquica, que
produce desigualdad.

Posiciones inestables

La posición que cada sujeto ocupa
en esa escala que nos incluye de forma
diferente y desigual en la sociedad,
no es, en absoluto, estable. En
cualquier momento, nuestra posición
puede cambiar, moverse en
sentido ascendente o descendente.
Siempre se tiene un poco por encima
a una franja de población cuya posición
es mejor, y que nos invita continuamente
a esforzarnos para lograr
incluirnos en ella; y un poco por debajo
a una franja de población peor,
que mantiene viva la amenaza de que
podemos caer, máxime en un contexto
en el que el futuro más inmediato
se presenta en forma de incertidumbre
(precariedad laboral, imposibilidad
cada vez mayor de hacer
frente a las hipotecas…).

Pero, además, a las diferencias, estandarizadas,
desiguales e inestables,
se las hace jugar unas contra
otras. ¿Cómo? Las técnicas y dispositivos
son múltiples y operan en diferentes
niveles. Por ejemplo, desde
las ayudas públicas: a la par que las
prestaciones sociales universales se
desmantelan, se multiplican las pequeñas
ayudas para colectivos específicos,
“en riesgo” y “de riesgo”, lo
cual no hace sino que otros colectivos
sociales, con condiciones igualmente
duras, perciban al colectivo
agraciado por la ayuda como a un rival.
¿Quién no ha oído la frase “los
inmigrantes se llevan todas las ayudas”?

En otro plano, la propia desigualdad
de derechos sancionada
por la ley de extranjería genera una
vulnerabilidad ante el mercado de
trabajo que puede hacer a unos (‘sin
papeles’ o pendientes de la renovación
de su permiso de residencia)
trabajar por menos y a otros sentir a
estos primeros como rivales desleales.
Desempeñan también un papel
crucial en este sentido los medios de
comunicación, que, en aras del titular
llamativo y de la noticia jugosa,
insisten en las etiquetas sensacionalistas,
con aires de película, resaltan
las identidades cerradas y los enfrentamientos
y construyen relatos hollywoodianos
que presentan a determinados
colectivos como amenaza
para otros. Y ello tiene efectos subjetivos
profundos, porque, ¿a quién no
le gusta ser el protagonista de una
película de gángsters, aunque le toque
el papel de malo?

Se genera así una rivalidad y una
competencia entre diferentes grupos
sociales que tiene un carácter
disolvente de los vínculos de solidaridad.
De este modo, la diferencia,
en lugar de interpelación, motivo de
aprendizaje y cuestionamiento de
la propia forma de vida, posibilidad
de mezcla y contagio, se convierte,
pese a toda la retórica de la multiculturalidad,
en enemiga, en amenaza:
el diferente es aquel que me
puede quitar lo que tengo –las ayudas,
el trabajo, el espacio–.

La rivalidad y la competencia, junto
con la inestabilidad de todas las
posiciones, generan un ‘miedo’ que
recorre todo el continuo social, dentro
de esa segmentación social suave
y múltiple que hemos descrito. Directamente
podemos hablar de un ‘miedo-
ambiente’ como líquido amniótico
en el que vivimos en nuestras
ciudades, donde la promesa de seguridad,
esgrimida por los poderes públicos,
pero también por todas las
organizaciones que aspiran a representar
a la población, aparece como
único pegamento social posible. Lo
cual explica el éxito actual de los discursos
securitarios. Pero también la
legitimidad del racismo institucional,
inscrito en el régimen europeo de
fronteras: “si los inmigrantes son mis
rivales, si pueden quitarme lo que
tengo, está bien que se haga lo que
sea para evitar que entren, para protegerme”.
El ‘miedo-ambiente’ explica
asimismo la extensión de diferentes
formas de racismo popular.

Racismo

Hablamos de racismo porque, aunque
la idea de una humanidad dividida
en grupos absolutamente diferenciados
y estancos, jerarquizados en
función de su patrimonio genético
(es decir, dividida en razas) parezca
superada, lo cierto es que en la actualidad
siguen operando procesos
muy semejantes: donde antes se hablaba
de superioridad “natural” de
unos grupos sobre otros, ahora opera
una retórica de la inclusión y la exclusión
que enfatiza lo distintivo en
función del patrimonio cultural de
los distintos grupos. Es decir, las diferencias
entre los distintos grupos
humanos se interpretan en términos
culturales, a la par que la cultura se
racializa, pasando a convertirse en
un símbolo inmutable de diferencia
(como antes era lo biológico). De esta
forma, la cultura (indisolublemente
ligada al territorio de origen) atraviesa
irremediablemente a inmigrantes
y nativos y separa en este proceso
a los unos de los otros (y a los distintos
otros entre sí), colocándolos en
universos claramente diferenciados,
cuando no opuestos.

Éste es el imaginario social desde
el que se interpreta en muchos discursos
populares y populistas esa
segmentación múltiple y diferencial
que atraviesa a la sociedad, desde
que se sitúa al “diferente” como enemigo
y desde el que se legitiman todo
tipo de políticas securitarias. Un
racismo popular (culturalizado) cuyo
campo semántico nos remite
resultado de un proceso histórico de
colonización, aún latente en nuestros
días, si bien reactualizado y resignificado
en función de las dinámicas
de las migraciones transnacionales
y su gestión a través del gobierno
de la diferencia, de los discursos mediáticos
y de los desacoples producidos
por transformaciones sociales
que no afectan por igual a los distintos
grupos humanos.

Desde esta perspectiva que hemos
venido exponiendo, para nosotras,
los movimientos contra las fronteras
(no entendidos como grupos sino como
‘lo social que se mueve, en movimiento’)
más potentes son aquellos
que no se dirigen únicamente contra
los dispositivos policial-represivos
que construyen y refuerzan las fronteras,
externas e internas, sino también
(y sobre todo) aquellos capaces
de crear alianzas entre las distintas
posiciones del sistema de inclusión
diferencial, alianzas que disuelvan
‘miedo-ambiente’ que parece devorarnos
y, con él, las formas de racismo,
creando de esta forma un espacio
de cooperación entre iguales.

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