Diez premisas para afrontar la lucha socialista de hoy

El panorama político en Latinoamérica ha variado
profundamente, desde los iniciales triunfos electorales
de Chávez en Venezuela, hasta la victoria de
Correa en Ecuador, pasando por cambios en Uruguay,
Nicaragua, etc. Alteraciones muy dispares
entre sí, pero con muchos rasgos compartidos.
Es la oportunidad para una amplia reflexión sobre
los movimientos sociales transformadores hoy en
América Latina.

01/03/07 · 0:00
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Isa

1.Si el socialismo supone la construcción
de nuevas -otras- relaciones
humanas, entonces sólo podemos
concluir que éste constituye,
una ‘causa de sí mismo’, ‘naturaleza
que no obedece sino a sí misma’, ajeno
a todo determinismo histórico lineal
y productivo. No existe ninguna
ley que permita distinguir en qué
momento es posible la construcción
de dicha sociedad.

2.La historia está cruzada por una
lucha entre oprimidos y opresores.
No somos nadie como para decir
que nuestra particular lucha y
nuestra concreta condición de oprimidos
posee en sí misma una potencia
y una cualidad superior.

3.No somos los que inventamos
el sueño de ser libres y felices.
Lo único que podemos reafirmar son
las cualidades y características de
ese reto dentro del mundo que nos
ha tocado vivir. El socialismo no tiene
determinantes preestablecidos,
pero eso no quiere decir que sea ahistórico
o atemporal. Es la lucha real
en tiempo histórico concreto.

4.El entrampamiento positivista
nos ha llevado a suponer que
una sociedad de parias al servicio del
capital tendrá que esperar los medios
que le permitan acometer el salto
histórico socialista.
Estamos en una situación muy
distinta, por dos cosas: primero el
problema del ‘desarrollo de las
fuerzas productivas’ parece que no
es tal. Por lo destructivo de dicho
desarrollo, y porque es falso que esto
sea una cualidad en sí del capitalismo.
Ejemplos tenemos de distintas
sociedades precapitalistas que
fueron sociedades de abundancia y
con capacidad de desarrollo. La tecnología
bajo control del capital sólo
se ha utilizado para acrecentar la
productividad del trabajo como
producción exclusivamente de valor.
Por tanto, para nada necesitamos
del ‘desarrollo capitalista’ para
crear las condiciones positivas para
una transición socialista. Hoy en
día más bien la impiden.
El segundo problema es el del
Estado-nación. Por más determinante
que aún son las realidades nacionales,
la misma globalización, el desmoronamiento
de las soberanías
nacionales, la formación de dos
grandes bloques hegemónicos (euro-
norteamericano, euro-asiático)
del capital, hace volar en pedazos las
utopías nacionalistas, colocándonos
dentro de una obligada ‘visión de
mundo-visión de espacio’ donde los
límites nacionales, y por ende del
Estado nacional, no son más que un
referente entre otros.

5.Si el problema de la transición
ya no se puede predeterminar
temporalmente como una homologación
de niveles de desarrollo, ni se
puede ubicar como un tránsito espacial
de una nación, la visión del problema
revolucionario mismo necesita
cambiar profundamente.

6.Necesitamos deslastrarnos de
los fetiches de la política burguesa.
La resistencia de los pueblos
tiene que organizarse teniendo como
objetivo de su política no los
‘derechos’ del mundo burgués sino
la recuperación en primer lugar del
valor de uso del trabajo y de los valores
de uso, productos del trabajo
y de la vida.
Se trata de ‘otra política’ que sepa
situarse en un verdadero contexto
de guerra y con una lógica de guerra
popular y de multitudes, y no de
formalismos jurídicos y políticos
desde los cuales la ‘política’ se queda
estancada. Supone la construcción
de un campo constituyente desde
las bases sociales que cubra pequeñas,
grandes e inmensas (continentales)
dimensiones territoriales
y sectoriales, la creación de un nuevo
federalismo.

7.No implica el abandono del espacio
nacional ni la evasión del
problema de Estado como tal, ni de
los proyectos emancipatorios que toman
dicho espacio nacional como un
referente. Pero es evidente que dentro
de los países del norte central del
capitalismo, el Estado-nacional se ha
convertido en una barrera a toda voluntad
revolucionaria. Las soberanías
nacionales en decadencia (sobre
todo en el sur del mundo), siendo un
punto de apoyo, sin embargo constituyen
una cartografía moribunda y,
como tal, un lugar de lucha entre la
reconfiguración de la geografía del
capital y esa misma tentativa desplegada
desde los pueblos. Ya no hay
‘Estados nacionalistas’, sino pueblos
entremezclados que luchan por su
soberanía y liberación social.

8.El desplazamiento de la izquierda
revolucionaria desde
el orden de partidos y organizaciones
afines hacia lo que son las nuevas
vanguardias político-sociales,
donde priman los valores democráticos
y autonómicos propios de la
lucha popular, marca el horizonte.
El ‘poder’ se ha hecho mucho más
difuso, aunque siga concentrado
simbólicamente en las figuras
mandatarias del Estado. Los gobiernos
nacionales mucho es lo
que hacen o harían si al menos juegan
a favor de las luchas de resistencia
que emergen de la sociedad.
Es el caso de lo que tenemos en
Venezuela, con el ‘Gobierno revolucionario’,
una figura borrosa
que se expresa en la persona del
presidente y su capacidad de conducción
directa. Pero ya se ha
convertido en una absurda utopía
burocrática pedir que dichos gobiernos
además hagan las veces de
dirigentes y constructores de esa
‘otra sociedad’ aunque así lo quieran.
Los poderes a la altura de dicha
tarea, hoy, rompen con toda lógica
de Estado ubicándose dentro
del marco del ‘no-Estado’.

9.Visto desde el punto de vista
estratégico comienza a tener
todo sentido hablar del ‘socialismo
del siglo XXI’, bajo el entendido de
que el socialismo como opción de
sociedad supone desde su nacimiento
un mismo postulado programático
que se va enriqueciendo
y complejizando. El problema es
cómo lo vamos conquistando y qué
características asume ese socialismo
desde las singularidades en que
peleamos por él. Como corriente
histórico-social hemos reivindicado
el ‘socialismo nuestroamericano’
desde la premisa ‘indoamericana’
o ‘indoafroamericana’. Partimos
del hecho de que en lo que respecta
al ‘nosotros’, el proyecto
socialista es realizable desde la especificidad
del espacio ‘nuestroamericano’.

10.Ese nuevo ‘Estado’ sin Estado
por crearse, a muchos
les gusta dividirlo entre espacios
y tiempos sincrónicos y
diacrónicos de realización. Quizás
ese tiempo y ese espacio ‘sincrónico’
le pertenezca aún a las realidades
nacionales como punto de
despliegue. Lo vemos en Venezuela,
Bolivia y ahora probablemente
en Ecuador, donde la ascensión
de gobiernos democratizantes
y justicieros no hace más
que ahondar la crisis de los propios
estatus de poder y del Estado,
aunque no sean ellos mismos ninguna
salida definitiva a los problemas
de fondo. Más bien se convierten
por sus propias limitaciones
estructurales en una barrera a
superar con el tiempo. El caos social
y natural, el hambre, la migración
poblacional convierten a estos
gobiernos en unos incapaces
para responder a los dramas. Y no
porque sean ‘reformistas’, sino
porque no existe poder nacional
que pueda responder y dar salida
nacional a ese caos global del capital.

Hay por tanto una lógica de
izquierda más clásica que necesita
situarse en esta dimensión de
sincronización nacional a sabiendas
de sus limitaciones.
Pero esta izquierda morirá en el
intento si no se acompaña de una lógica
‘diacrónica’ que desde lo microlocal
se presente como un contrapoder
no limitado nacionalmente.

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