Después de Barajas, ¿qué hacer?
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Desde que Lenin, allá a comienzos
del siglo XX, puso
ese título a una de sus
obras más leídas, ésta
suele ser, muy a menudo, la pregunta
del millón. Sesudos poseedores
de las más profundas teorías, emplean

15/02/07 · 0:00
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/ Isa

Desde que Lenin, allá a comienzos
del siglo XX, puso
ese título a una de sus
obras más leídas, ésta
suele ser, muy a menudo, la pregunta
del millón. Sesudos poseedores
de las más profundas teorías, emplean
luego mil razones para negarse
a responder a esta simple pregunta:
“Y ahora, ¿qué hacer?” También
decía Lenin que la revolución no era
como la avenida Nevsky, recta, larga
y señorial, sino un tortuoso camino,
que avanza, retrocede, gira o estrecha
cuando menos se espera. Y
esto, claro está, además de a revoluciones,
es aplicable también a muchos
más supuestos.

El llamado “proceso de paz” no
debe entenderse como un proceso
de “pacificación”. Convertirlo en ello
ha sido el objetivo del PSOE (también,
en gran medida, del PNV), pero
no de quien se encuentra al otro
lado de aquél. El PSOE, interesado
en conseguir la paz -¿a qué gobierno
no le interesa esto?-, ha pretendido
desde un principio que el precio
político a pagar por ello fuera el menor
posible. En cualquier caso, pensando
quizás que la izquierda
abertzale sufría un desgaste mayor
que el real debido a la dureza del
conflicto y a su situación de ilegalidad,
se ha echado atrás en sus compromisos
una vez que la otra parte
contratante puso lo suyo: el alto el
fuego. Mal cálculo y decisión la suya,
además de temeraria.

El proceso de paz debe asentarse
en el diálogo y la negociación. Marear
la perdiz, como lo ha hecho el
PSOE durante nueve meses (primero,
“verificar” el alto el fuego; luego,
exigir a Batasuna pasar por el aro de
la Ley de Partidos para hablar con
ella...) es boicotear el proceso. Mucho
más aún cuando esas reuniones
se llevan haciendo desde hace años.
¿O es que alguien piensa que los tres
años previos a la tregua sin atentados
mortales fueron fruto de la “debilidad”
de ETA, o que su alto el fuego
fue una concesión gratuita al
PSOE, sin contraprestación alguna?

Es indudable que para que el proceso
avance debe hacerlo en ausencia
de violencia, sí, pero de todo tipo
de violencia. Sobran los atentados,
pero atentados también son las condenas
de cientos de presos/as a la
muerte política, civil y física en la cárcel.
La aplicación de la doctrina Parot
ha sumado 1.500-2.000 años de cárcel
a casi 200 presos y presas.
¿Cuántas vidas humanas supone esto?
Sobran los actos de kale borroka,
cierto, pero también la “instituzio
borroka”; o sea, los procesamientos,
condenas, prohibiciones,
cierres de herrikos... Y de nada valen
las excusas referidas a una judicatura
contraria al proceso, pues la
existencia de la Ley de Partidos, la
actuación del Ministerio del Interior
y la Fiscalía, y la puesta en marcha
de las mesas de negociación no dependen
de ninguna judicatura.

Otras bases

El proceso de paz ha de asentarse en
principios democráticos. Si éste no
está abierto al reconocimiento del
derecho de Euskal Herria a existir
como tal y a que sus decisiones sean
respetadas, no servirá para solucionar
el conflicto. Al margen del contenido
concreto de los acuerdos a los
que pueda llegarse, del calendario
que se fije para su puesta en marcha,
etc., si lo que se pretende es una mera
reforma estatutaria encorsetada
en la “legalidad vigente”, tal como lo
ha reiterado el PSOE los últimos meses,
la solución será inviable.

El atentado de ETA ha buscado
forzar al PSOE a retomar la vía del
diálogo y a adoptar medidas tendentes
a la normalización política de la
situación que se vive. Como resultado
de aquél, y dicho sea con el máximo
de prudencia, las diferencias entre
PSOE y PP se han acentuado. Los
viejos acuerdos parecen no servir ya.
A partir de ahí se abren ante el PSOE
dos opciones. La primera, apostar,
con el apoyo activo o pasivo del PNV,
por abrir un nuevo ciclo represivo sobre
la izquierda abertzale (la sentencia
de SEGI y la resolución sobre De
Juana pueden ir por ahí), intentando
forzar a ésta a doblar la cerviz. La segunda,
abordar con seriedad y firmeza
el proceso que quedó paralizado
al poco de empezar. Claro está, junto
a ello hace falta que ETA garantice
de forma indubitada -su comunicado
no lo hace- que el proceso va a
estar exento de toda violencia, pues
su existencia, como ha señalado la
propia izquierda abertzale, es incompatible
con aquél.

Tras Barajas, distintos militantes
y grupos de izquierda han afirmado
que, mientras ETA no abandone
definitivamente las armas y Batasuna
no haga un emplazamiento
claro y rotundo en ese sentido, hablar
de proceso no tiene ningún
sentido. Y mientras esto no se dé-
nos dicen-, no hay nada que hacer.
Su papel, en adelante, será de
espectadores, no de actores.

Ser activos

No compartimos esa opinión. Tanto
desde Euskal Herria como desde el
resto del Estado español hay mucho
que hacer. Por muy crítico que
se pueda ser ante ETA y sus acciones,
esto no puede convertirse en
un argumento para la pasividad. Y
ello porque, en última instancia, estamos
hablando de la vulneración
flagrante de principios democráticos
básicos ante lo cual tirar la toalla
es injustificable: tribunales y leyes
de excepción; subordinación del
concepto de paz al de orden público;
España, “una, indivisible e indisoluble”;
represión e imposición
frente al diálogo y la negociación
como método de resolución de conflictos;
negativa a reconocer a los
pueblos su derecho a la existencia y
a respetar sus libres decisiones...

El proceso de paz tiene mucho que
ver con buena parte de las tareas que
quedaron pendientes tras la Transición:
la depuración de los poderes
e inercias procedentes de la Dictadura
(ejército, judicatura, policía);
la República (no hay nada más “indivisible”
e “indisoluble” que una monarquía);
la laicidad del Estado (¿para
quién trabaja la COPE?), etc. La
batalla que el PP y sus satélites fácticos
y mediáticos están dando trasciende
con mucho el proceso de paz.
Lo que está en juego es una involución
política reaccionaria en todos
los ámbitos políticos y sociales.
Porque el PP, en el fondo, de lo que
está en contra es de los valores de
paz, diálogo, negociación, libertades
y democracia sobre los cuales hay
que levantar aquel proceso.

Comparto plenamente la preocupación
expresada por DIAGONAL
en su último editorial. A pesar de la
decepción sufrida tras Barajas, no es
tiempo de tirar la toalla, sino de impulsar
desde la sociedad civil y los
movimientos sociales la negociación
y el diálogo. Un diálogo que sirva, tal
como se decía, para resolver el conflicto
respondiendo a sus múltiples
causas, restituyendo la dignidad y
cerrando las heridas de todas las personas
afectadas. La pregunta "¿qué
hacer?", tiene ya respuestas: las mujeres
de Ahotsak y su ejemplo; la
iniciativa Milakabilaka, recién surgida,
movilizando a miles de personas;
los 80 grupos de Catalunya a
favor del proceso de paz... Ya lo dijo
Bertold Brecht: “Quien aún esté
vivo no diga nunca jamás”.

Tags relacionados: ETA Conflicto vasco Proceso de paz
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