Desobedecer a la injusticia

Los multitudinarios actos de desobediencia civil, los procesos masivos de participación y decisión horizontal... son rasgos de lo que ha sido un poderoso movimiento: primavera árabe, 15M y Occupy Wall Street. Sin embargo, ante ‘rescates’ y brutales recortes, el músculo –la capacidad de imponer una agenda política– y la potencia que el movimiento exhibía parecen haberse perdido. Abrimos la reflexión colectiva.

08/10/12 · 0:00
Isa

No será éste un plácido y
melancólico otoño cualquiera.
El ambiente está
tan denso que parece
que pueda cortarse con un cuchillo.
Más pobreza, más paro, más hambre,
más recortes, más desahucios...
son las consecuencias para millones
de personas de la ‘salida’ a la crisis
por la que apuesta el Gobierno de
Mariano Rajoy. Más indignación,
más malestar y más desobediencia
es la respuesta en la calle. Hay, sin
embargo, una situación social contradictoria.

El potencial de lucha es
más fuerte que nunca y la salsa puede
cuajar en cualquier momento en
forma de una nueva oleada de movilizaciones,
otra nueva sacudida
social. Aunque, al mismo tiempo,
pesan las tendencias a la fragmentación
y a la dispersión. Campañas y
movimientos sociales adolecen de
poca capacidad de iniciativa.

Las élites económicas y políticas,
por su parte, frente a una crisis económica,
social, política y ecológica
sin precedentes, han optado por pisar
el acelerador. Y al mismo ritmo
que la prima de riesgo sube, los recortes
se intensifican y llegar a final
de mes se convierte en “misión imposible”
para miles de familias, especialmente
en la periferia de la UE. La
crisis clarifica las cosas. Las cortinas
de humo se esfuman. Al capitalismo
se le ha caído la careta.

Consignas del movimiento del
15M como “no es una crisis, es una
estafa”, “no debemos, no pagamos”,
etcétera, se han extendido socialmente
ante la profundidad de la crisis,
la impunidad de quienes nos han
conducido hasta aquí y la connivencia
política con la que cuentan.

Se expande cada vez más una
conciencia anticapitalista difusa,
todavía frágil.
Hemos visto gritar
en las plazas y en las manifestaciones:
“Hoy empieza la revolución” o
“no es la crisis, es el capitalismo”. Y
el desafío reside en llenar colectivamente
de contenido programático
y estratégico este malestar social
e indignado.
Ser capaces de dibujar
poco a poco un esbozo de proyecto
alternativo de sociedad y de
cómo alcanzarlo y profundizar así
en el alcance y la consistencia del
rechazo creciente al mundo actual.

La intensificación de la crisis, junto
con la dificultad para conseguir
victorias concretas, ha empujado a
una creciente radicalización. Desde
la emergencia del 15M, la ocupación
de plazas, de viviendas vacías, de
bancos e incluso de supermercados
se ha convertido en una práctica frecuente.
Y lo más importante: estas
acciones han contado con un importante
apoyo social. La desobediencia
civil ha empezado a recuperar el espacio
público. Y es que frente a leyes
y prácticas injustas, la única opción
es desobedecer.

Ocupar una vivienda es considerado
ilegal, pero en un país en el que
cada día se desahucia a 517 familias,
mientras se calcula que hay entre
tres y seis millones de pisos vacíos,
tal vez sea ilegal pero es de una legitimidad
absoluta. Entrar en un supermercado
como Mercadona y llevarse
sin pagar nueve carros de la
compra con alimentos básicos para
dárselos a quienes más lo necesitan,
como hicieron los militantes del
Sindicato Andaluz de Trabajadores,
puede ser ilegal, pero lo que debería
ser “delito” es que más de un millón
de personas pasen hambre en el
Estado español cuando los supermercados
tiran diariamente toneladas
de comida y que empresarios
como Juan Roig, propietario de
Mercadona, amasen una de las principales
fortunas del país pagando
precios de miseria al campesinado y
explotando los derechos laborales.

Por el contrario, cuántas prácticas
de la banca son legales –la estafa de
las preferentes, dejar a familias en la
calle e hipotecadas de por vida, etc.–
pero profundamente ilegítimas. Y
deberían ser estos banqueros, y los
políticos que les apoyan, quienes dieran
explicaciones frente a los tribunales
por dichas prácticas. Es el
mundo al revés donde vivimos: en la
cárcel los pobres y en la calle los ricos.

Afortunadamente, cada vez más
gente empieza a ser consciente de
ello. Y ante a este aumento de la respuesta
social en la calle el miedo ha
empezado a cambiar de bando. De
ahí la escalada represiva contra quienes
luchan con el objetivo de acallar
la protesta y separar al núcleo duro
de los activistas de la opinión pública
en general. Aunque dicha estrategia
les está resultando más difícil
de lo que esperaban, debido a la
profundidad de la crisis, la deslegitimación
del gobierno y el importante
apoyo con el que cuenta la
movilización social.

Multas por un total de 6.000 euros
para los estudiantes de la Primavera
Valenciana, más de cien personas
detenidas en Catalunya desde la
huelga general del 29 de marzo,
apertura por parte del gobierno catalán
de una página web para delatar a
manifestantes, sanciones de más de
300 euros por protestar contra las
preferentes. Suma y sigue.
Ésta es la otra cara de los recortes,
la otra cara de las tijeras, es la cara
de la represión y la violencia del
Estado. Se repite la receta: a menor
Estado social, mayor Estado penal.

La latinoamericanización de la periferia
europea no sólo se da a nivel
económico sino, también, a nivel
punitivo. Aunque tomemos nota: la
represión es, a la vez, un símbolo
de debilidad de quienes nos gobiernan,
que al no poder aplicar sus políticas
por ‘las buenas’ las acaban
aplicando por ‘las malas’. La maquinaria
de la austeridad arrasa
con todo lo que encuentra, pero es
un gigante con pies de barro. Un
cartel en un centro social decía:
“Cuando los de abajo se mueven,
los de arriba se tambalean”. Así es.

Bye bye Matrix

Y despertamos de Matrix. Nos intentaron hacer cómplices cuando no culpables de esta situación de crisis. Nos dijeron, por activa y por pasiva, que habíamos “vivido por encima de nuestras posibilidades”. Y el discurso caló. Mentira. Quien durante años ha vivido por encima de sus posibilidades ha sido el capital financiero y especulativo que hizo negocio con el territorio y la vivienda –aeropuertos sin aviones, infraestructuras faraónicas vacías, millones de pisos sin utilizar...–, que regaló crédito fácil a miles de familias. Son éstos quienes ahora tienen que pagar por la crisis que han creado, sus responsables

Mantras repetidos una y otra vez, como “la deuda se paga o se paga”, empiezan a resquebrajarse. ¿A quiénes beneficia esta deuda? ¿Quién la contrajo? ¿Para qué? ¿Quién debe pagarla?

Son preguntas que el movimiento
indignado ha colocado encima
de la palestra. El pago de la
deuda implica una transferencia sistemática
de recursos de lo público a
lo privado y en su nombre se llevan a
cabo privatizaciones, recortes, ajustes
y, en definitiva, se transfiere el
coste de la crisis a la mayor parte de
la población. La deuda pública aumenta,
en buena medida, porque se
opta por salvar a los bancos –Catalunya Caixa, Banco de Valencia,
Nova Caixa Galicia...– en vez de
salvar a las personas. Se socializaron
las pérdidas con el dinero de todos.
La estafa de la crisis se ha convertido
en una realidad para muchas personas.

Y éste es el primer paso para
cambiar las cosas. Abrir los ojos al
Matrix cotidiano que no nos deja ver
la realidad y despertar de la prisión
virtual que es la ideología del capital.

*Más información sobre la autora en su página web

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