Desgaste progresista y ofensiva de la derecha

La victoria del neoliberal Piñera en las elecciones presidenciales chilenas ha encendido
alarmas. ¿Se va a constituir un eje claramente derechista con Honduras,
Panamá, Colombia, Perú y Chile? Además, en los próximos meses las derechas
pueden ganar las presidenciales en Brasil y Argentina. ¿Vuelven al poder
político los sectores reaccionarios? Aportamos análisis sobre el Cono Sur hoy.

12/02/10 · 0:00
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El reacomodo del escenario regional coincide, a grandes rasgos, con el año de la presidencia de Barack Obama. En efecto, la nueva agenda de la Casa Blanca incluye, en lugar destacado, atender la coyuntura latinoamericana tan poco considerada por la Administración Bush. En este año, se sucedieron hechos que tendrán influencia de largo aliento: el exitoso golpe de Estado en Honduras que puede convertirse en modelo de otros intentos; la multiplicación de bases militares para ser utilizadas por el Comando Sur en Colombia y Panamá; la ocupación masiva de Haití por la IV Flota, que puede ser un precedente para futuras emergencias climáticas y ‘humanitarias’ y, finalmente, el triunfo electoral de la derecha en Chile.

Sería demasiado exagerado, no obstante, atribuir el reposicionamiento de las derechas y del imperio a sus propios méritos. Una mirada rigurosa a la realidad supone reconocer que hubo un momento de inflexión en los primeros meses de 2008. En ese período se produjeron dos hechos significativos: el conflicto entre los productores rurales y el Gobierno argentino y el bombardeo al campamento de Raúl Reyes en suelo ecuatoriano. El primero fue el más claro avance de las derechas en toda la región, por lo menos desde el golpe de Estado fallido contra Hugo Chávez en abril de 2002. A partir de ese momento, el Gobierno de Cristina Fernández no ha conseguido reponerse de la crisis social y política generada por la ofensiva conservadora.

El ataque contra las FARC en Ecuador fue una clara señal de la reactivación del interés por la región de la Casa Blanca, pero sobre todo anticipaba el carácter eminentemente militar que tendría el modo en que la ex superpotencia buscaría reposicionarse en una vasta área donde sus intereses están siendo puestos en cuestión por la pujanza de Brasil, la potencia emergente capaz de ocupar los vacíos que deja Estados Unidos.

En suma, llevamos un año en el que se han producido importantes retrocesos de las fuerzas progresistas y de izquierda, pero también de los movimientos sociales. La excepción, como en tantos otros aspectos, es Bolivia. En 2009 las fuerzas populares bolivianas cosecharon los triunfos sembrados en 2008, que se resumen en una contundente derrota de la derecha oligárquica de Santa Cruz, que en nombre de la autonomía buscaba destituir el proceso de cambios. La lección más importante es cómo se consiguió ese triunfo. La clave fueron las jornadas de agosto y septiembre. En ese momento confluyeron las dos principales fuerzas del país: los movimientos y el Estado gobernado por Evo Morales. Ante la brutal ofensiva de las derechas, que incluyó la masacre de campesinos en el departamento de Pando, la reacción popular tuvo dos ejes: en Santa Cruz, el bastión popular del barrio Plan 3000 resistió en la calle los ataques armados de los jóvenes ‘autonomistas’. Miles de jóvenes, comunidades urbanas y familias tomaron las calles con sus armas improvisadas y frenaron en seco a las bandas fascistas. En tanto, unos 30.000 campesinos, obreros, indígenas, estudiantes y activistas sociales montaron un gigantesco cerco a la ciudad de Santa Cruz, sede la oligarquía derechista. Bloquearon las rutas y amenazaron con marchar y tomar la ciudad, en alianza con la población del Plan 3000. En paralelo, el Gobierno decidió decretar el estado de sitio en Pando y actuó decididamente contra los violentistas. Bastaron unos días de fuertes y ofensivas movilizaciones y de acciones contundentes del Estado –incluyendo la expulsión del embajador conspirador de Estados Unidos–, para que la oligarquía se rindiera dispersándose.

Lecciones

Así como debe aprenderse de los fracasos, también deben sacarse lecciones de los triunfos. Sólo es posible frenar a las derechas con una contundente acción ‘desde abajo’ combinada con otra ‘desde arriba’, allí donde sea posible. Ésa es una de las conclusiones que se pueden sacar de la derrota de la que había sido una de las más temibles oligarquías del continente. Nada de eso está sucediendo en otros países. En Argentina, es precisamente la acción del Gobierno la que crea las condiciones para que los grandes terratenientes pasen a la ofensiva, al seguir dando vuelo a los grandes monocultivos de soja y al conjunto del modelo extractivista. Algo similar sucedió en Chile, donde la Concertación poco se diferencia de la derecha y reprime crudamente al movimiento mapuche, a los jóvenes y a los estudiantes.

En Ecuador, se registra un fuerte enfrentamiento entre el movimiento indio y el Gobierno de Rafael Correa, mientras en Venezuela el movimiento social parece aletargado, quizá porque hace tiempo ha perdido su autonomía respecto al Estado y al proceso chavista. El nudo de los fracasos del progresismo regional, es que sigue apostando a un modelo que genera exclusión y pasividad entre los sectores populares, cuando no represión, como en el caso de los indígenas yupka. En paralelo, el modelo no hace más que fortalecer a las élites tradicionales o crear otras, como la ya famosa boliburguesía venezolana.

Quiero decir que la ofensiva de Washington y de las derechas puede prosperar porque hay condiciones materiales –modelo extractivista–, culturales –consumismo–, políticas –delegación de la capacidad de decisión en los representantes– y una enorme fractura social, que alfombran esos avances. Puede parecer un poco extremo, pero no podemos olvidar que sólo el activismo social, extenso e intenso, es capaz de frenar a las derechas, entendidas no como un candidato o un caudillo, sino como un complejo entramado que impulsa la acumulación de capital y el centralismo estatal.

En ausencia de esa movilización desde abajo, las derechas seguirán creciendo y avanzando. En octubre de este mismo año se realizarán las decisivas elecciones en Brasil, donde el candidato de la derecha José Serra competirá contra la oficialista Dilma Roussef. Ya nadie espera que Lula o su probable sucesora realicen la reforma agraria, una de las deudas mayores de los ocho años de Gobierno petista. Las diferencias, guste o no guste, entre derecha y progresismo no están fincadas en la política interior sino, sobre todo, en las relaciones internacionales. Allí donde hay un divorcio real entre el movimiento popular y los gobiernos progres, uno de los pocos argumentos para seguirlos apoyando es su oposición a los planes imperiales. No es mucho. Pero tampoco esa perspectiva es capaz de entusiasmar a los jóvenes pobres, que siempre han sido y seguirán siendo la porción mayoritaria del activismo capaz de cambiar el mundo.


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