Depende de quién te toque

Cuando las desigualdades sociales se evidencian con mayor crudeza y los presupuestos sociales de la Administración se ven mermados, ¿cuál es el papel de los trabajadores sociales? ¿Ponen paños calientes o hacen efectivos derechos básicos? ¿Es un empleo con mayores implicaciones? ¿Hay margen de maniobra para una labor crítica?

22/10/09 · 0:00
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En los últimos años, la atención a las mujeres víctimas de violencia de género es uno de los ámbitos privilegiados del trabajo social. ¿Son los recursos para mujeres víctimas de violencia una herramienta transformadora que va a ir minando el patriarcado? ¿O sirven, en cambio, para su consolidación?

Los recursos de atención a mujeres, la Ley Integral contra la Violencia de Género, la visibilización en los medios de comunicación pueden verse en parte como una conquista del movimiento feminista. El problema no es que no se hayan tomado medidas, es más sutil: cómo se desarrollan estas medidas y si cuestionan o no la ideología patriarcal. El patriarcado se apoya en varios pilares que sustentan su ideología de dominio: la división sexual del trabajo, la invisibilidad de las mujeres, la exaltación de los valores masculinos y minusvaloración de los femeninos, la violencia en el ámbito familiar como asunto privado, la presunción de maldad de las mujeres, las mujeres como ‘idénticas’, como objeto, la socialización en estereotipos, etc.

Si analizamos las medidas que se ponen en marcha desde los poderes públicos –juzgados de violencia, recursos de atención psicológica, social y legal, casas de acogida, campañas publicitarias, puntos de encuentro para que los menores reciban la visita paterna, etc.–, veremos que su enfoque carece de una visión integral que permita derrumbar estos pilares.

El único pilar que probablemente se ha tocado es el de considerar la violencia en la pareja como asunto privado. El hecho en sí de que existan campañas publicitarias, por cuestionables que sean sus contenidos, una ley integral que recoge apoyos económicos, psicológicos y sociales, y una puesta en marcha de recursos, es un paso para visibilizar el problema como una cuestión pública.

Sin embargo, las mujeres y nuestros deseos siguen siendo invisibilizados. La representación que los medios de comunicación hacen de nosotras sigue siendo una caricatura, verdadera violencia simbólica, sin que se pongan medidas para frenarlo. Los medios de comunicación promueven y enseñan cómo ejercer violencia contra nosotras, nos invisibilizan o nos hacen aparecer como objetos, como víctimas, o cargadas de estereotipos. Esta violencia se normaliza y sólo aparece el maltrato físico en la pareja totalmente descontextualizado de sus causas. Las campañas sobre la violencia no mencionan sus orígenes, no cuestionan el patriarcado ni las relaciones sociales de desigualdad. Normalmente se limitan a poner la responsabilidad de detener la violencia en cada mujer, de forma culpabilizadora en muchos casos, ignorando la complejidad de una relación de violencia. Si se dirigen a los hombres, se les dice que al maltratar a una mujer dejan de serlo, cuando precisamente el problema es lo que significa ser hombre en nuestra sociedad.

Si analizamos la atención sanitaria, social y psicológica que reciben las mujeres, vemos cómo los estereotipos siguen influyendo a profesionales que siguen recomendando terapias de pareja o que siguen tratando a las mujeres en función de su rol tradicional, sin ayudarlas a cuestionarlo y acompañarlas en su proceso de empoderamiento. Todo “depende de quién te toque”. Se puede dar con profesionales con mucha conciencia y formación o con personas que revictimicen a la mujer proyectando en ella sus prejuicios. Dado que la formación en este tema no es obligatoria para la mayoría de profesionales, que una mujer reciba una adecuada atención depende del azar.

Uno de los prejuicios más extendidos es que las mujeres somos malas, que hacemos las cosas por venganza o por motivos espurios. Así, en los juzgados, las mujeres son tratadas como si fueran las autoras del delito, poniéndose continuamente en entredicho su testimonio. La falta de sensibilidad y de formación específica de jueces y personal de los juzgados hace que la víctima sea cuestionada una y otra vez. Hay más empeño en buscar errores en el testimonio para considerarlo no creíble que en evaluar las secuelas.

Respecto a los hijos e hijas, si la mujer no logra romper la relación de maltrato se la culpabiliza por mantenerlos en esa situación, como en la campaña en la que aparece un niño diciendo: “Mamá, hazlo por nosotros”. Si logra romper la relación y se queda con la custodia, será a ella a quien se reclame por cualquier problema en su conducta. Es más, en los puntos de encuentro, donde se les lleva para las visitas con el padre, es común que profesionales se pongan de parte de los maltratadores –que suelen tener una impecable imagen pública–. El no reconocimiento de las mujeres como diversas provoca que se ofrezca un único itinerario para salir de la violencia, que necesariamente pasa por la denuncia. La intervención se hace en muchos casos por encima de ellas, sin respetar o acompañar sus decisiones, sin visión de proceso.

En lugar de esto, se las empuja a denunciar como única salida. Esta denuncia se convierte en requisito ineludible para recibir cualquier tipo de ayuda: económica, de vivienda e incluso, a veces, de atención psicológica. No se atiende a la diversidad : cultural, de edad, situación socioeconómica, estado de salud, etc. El no respeto a las mujeres como sujetas de su propio proceso llega al punto de tratarlas de forma autoritaria en muchas casas de acogida, en las que existe una figura de control, la educadora, que se encarga de velar por que las mujeres cumplan las normas y de sancionarlas si no lo hacen, como si se tratara de mujeres que no supieran convivir, relacionarse ni tomar decisiones colectivas.

En conclusión, el enfoque general de las medidas no es transformador. Para que lo fuera, tendrían que abordarse los pilares del patriarcado. Necesitamos que se termine con la violencia simbólica en los medios de comunicación.

Para evitar la revictimización de las mujeres, la formación en género debe ser obligatoria para profesionales, incluidos jueces y juezas. Asimismo, tiene que respetarse el derecho de las mujeres a seguir su propio itinerario de salida de la violencia. Se deben flexibilizar los requisitos para el acceso a la protección y los recursos, como el de que un juez haya dictado una orden de protección. Y respetar su derecho a no denunciar, sin que esto las excluya de las ayudas necesarias para poder ser autónomas.

Las mujeres supervivientes de violencia tienen que dejar de ser consideradas beneficiarias y ser tomadas como expertas. Si se escuchara su voz, los recursos públicos podrían convertirse en una herramienta de transformación que hiciera tambalear los pilares del patriarcado.

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