Dad una oportunidad a la República

A los 75 años de la proclamación de la II
República se reabre el debate sobre la
vigencia de sus valores y la oportunidad o
no de volver a situar la causa republicana
entre las hipótesis políticas del futuro. Todo
ello en un contexto de extensión de la
causa antimonárquica, uno de cuyos
reflejos es la creciente y constante aparición
pública de banderas tricolores.

10/10/06 · 20:34
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El estado de opinión publicado
de muchos republicanos
consiste en que los valores
de la República están
hoy mejor garantizados por la monarquía
parlamentaria y que, además,
tienen su continuidad en la
España actual. En resumidas cuentas,
que el planteamiento de una alternativa
republicana tendría unos
efectos imperceptibles y en todo caso
reabriría un conflicto secular entre
los españoles. La difusión de estas
ideas se hace en un momento en
el que la democracia española parece
estar consolidada y cuando se
aproxima la sucesión del actual monarca.
En un momento en el que incluso
en países de tradición monárquica-
lo que no es nuestro caso-
como el Reino Unido se están cuestionando
esta institución por “ridícula”.
En un contexto internacional
donde nuestros socios europeos son
indiferentes a que España tenga un
rey o haya una república.

Parte del problema

Pero, ¿por qué plantearnos un
cambio que sería traumático?
Cuando según la historiografía, el
papel moderador de la monarquía
ha sido el principal impulsor del
restablecimiento de la democracia,
de la prosperidad económica y de
la modernización. Afirmaciones
sólo sostenibles por un formidable
aparato de propaganda a su servicio,
pero carentes de cualquier relación
con la realidad. Nuestra reciente
historia ofrece suficientes
claroscuros que ilustran que algo
no funciona bien desde el principio:
más de 100 muertes violentas
entre 1975 y 1978 por acciones de
las fuerzas de seguridad del Estado
o de grupos de ultraderecha, la omnipresencia
del ejército, o el enquistamiento
del conflicto vasco.
También podemos comparar el
marco político español con el de
nuestro ámbito geográfico donde,
por cierto, el único referente monárquico
que encontramos es el
Reino de Marruecos. Ningún país
de nuestro entorno europeo se
cuestiona su sentido como nación;
aquí, sin embargo, tres comunidades
autónomas -País Vasco,
Galicia y Cataluña- tienen Gobiernos
donde participan fuerzas
que propugnan la independencia.
Todo esto no es sino la expresión
del déficit de legitimidad de la forma
de Estado y de la progresiva crisis
de identidad que vive España.

El progreso, la democracia y el
bienestar experimentado no son
consecuencia de la monarquía y sí
de la integración en Europa y de
una situación internacional que
propiciaba sustituir las dictaduras,
del agotamiento del propio franquismo,
y cómo ignorarlo, de la resistencia
democrática que siempre
tuvo como punto de referencia la
II República. Atribuir, por otra parte,
la prosperidad económica a la
bondad de un régimen político es
un ejercicio harto complicado. Pero
además, la monarquía ha sido incapaz
de evitar que se produjera el
golpe del 23-F, varias intentonas
golpistas y la intervención en política
de los mandos militares. No es
pues una garantía de democracia.
El régimen político vigente es producto
de un pacto condicionado por
los poderes fácticos del franquismo.
La monarquía no es un elemento
neutro sino que forma parte de
los factores inviolables, de esos límites
que no se pueden sobrepasar.
Constituye un elemento aglutinador,
junto con el ejército, de una
idea de España insostenible y por
otra parte muy cuestionada: la monarquía
no es la solución sino que
forma parte del problema.

Federación

Por el contrario, la república federal
integra a las naciones y a los
ciudadanos de España. La monarquía
excluye. Y no es lo mismo que
alguien se sienta excluido, como
sucede ahora, porque se amplían
derechos, a que muchos se sientan
excluidos por que se sigan negando
algunos de ellos. Es falso que la
monarquía parlamentaria española
haya sido capaz de aunar a todos
y a todo. Seamos claros: son
cada vez más los que no se sienten
identificados con una idea de
España que sólo se ha plasmado a
lo largo de la historia bajo la imposición.
La prolongación de la monarquía
tras la sucesión de un rey
cuya figura está sentimentalmente
asociada a la recuperación de la
democracia, agravaría esa crisis
de identidad. No olvidemos que el
problema se agudiza generación
tras generación, mientras que los
hijos de la república aceptan el actual
marco político, son los nietos
los que ahora la reivindican. La república
federal, al ser un régimen
que sólo sería alcanzable por la
voluntad mayoritaria de los españoles
expresada en un referéndum,
estará más legitimada democráticamente
que la monarquía
reinstaurada en 1975 por la voluntad
de Franco, refrendada posteriormente
por la Constitución de
1978. La república federal, de serlo,
será un régimen sin las tutelas
y los vetos que han lastrado nuestro
progreso los últimos siglos.

Análisis sobre el hoy

Pero no nos confundamos, lo que
la causa republicana necesita son
menos alegatos genéricos en su favor
y más argumentos y capacidad
de análisis sobre la sociedad española
de hoy. Es un reto convencer
primero a los propios republicanos
y luego al resto de los ciudadanos
de que la república federal
es capaz de dar respuestas de futuro
más adecuadas que la anacrónica
monarquía. Esto exige huir,
en primer lugar, de una recuperación
estrictamente nostálgica donde
la exhumación de los cadáveres
de los republicanos asesinados para
darles un entierro digno, parece
una metáfora sobre lo que se quiere
hacer con la idea de la república:
recuperar la memoria histórica
y homenajear a los que la defendieron
para darla por finiquitada
como experiencia política. Así, su
defensa como alternativa estará
siempre en manos de grupos políticos
y sectores sociales muy minoritarios.
Los republicanos más
decididos tendrán que organizarse
en una fuerza política que se proponga
en primer término la realización
de un referéndum sobre la
forma de Estado, la ruptura de los
acuerdos con la Santa Sede y la
equiparación del gasto social del
Estado español al de los países de
la antigua Europa de los 15. Una
alternativa popular y de amplia base,
estableciendo alianzas con el
resto de fuerzas progresistas y de
izquierdas. Habrá que ver si quienes
han ocupado estos años el espacio
electoral a la izquierda del
PSOE de manera tan errática tienen
la suficiente amplitud de miras
para compartirlo con otros.

Cuando la izquierda mayoritaria
aceptó en 1977 la monarquía y
sus símbolos, lo hizo esgrimiendo
que la disyuntiva estaba entre dictadura
o democracia. Hoy las opciones
son: o un proyecto de convivencia
imposible basado en una
unidad o un proyecto viable constituido
como una unión voluntaria
y consecuente. Sí las dos repúblicas
anteriores fueron cercenadas
por la fuerza, no por ello hay que
eliminar los valores republicanos
o integrarlos en una monarquía
parlamentaria para hacerlos más
digeribles o para hacerse perdonar
un supuesto pecado original.
Lo que hay que desterrar de una
vez son aquellos obstáculos que
históricamente no han respetado
la voluntad de los ciudadanos y los
derechos de los pueblos.

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