Las crisis de las izquierdas y las memorias
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OLVIDO Y MEMORIA. Montaje contrapublicitario de la Asociación para la recuperación de la memoria histórica (ARMH) con ocasión del lanzamiento del coleccionable
de El Mundo sobre la Guerra Civil en septiembre de 2005 / Alejo Sanz

En la recomposición del

18/10/06 · 19:30
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OLVIDO Y MEMORIA. Montaje contrapublicitario de la Asociación para la recuperación de la memoria histórica (ARMH) con ocasión del lanzamiento del coleccionable
de El Mundo sobre la Guerra Civil en septiembre de 2005 / Alejo Sanz

En la recomposición del
Partido Popular, la ‘cuestión
española’ está siendo
fundamental para dotar la
actividad opositora de la derecha
de sentido cultural, incluso más
que cuando fue gobierno. Al mantenerse
intactos a lo largo de los 30
años de democracia, los posos sociológicos
y culturales del franquismo
son ahora susceptibles de
ser bien explotados en una esfera
pública particularmente cerrada y
mediatizada. No es por casualidad
que los temas que vienen haciendo
sonar escandalosamente las alarmas
periodísticas y las máquinas
de la industria cultural conservadora
son la ‘unidad’ de España y la
memoria histórica. Las encuestas
empiezan a indicar que están en
buen camino.

La izquierda y el pasado

¿Por qué las izquierdas no logran
posicionarse frente a estas cuestiones
que agita en solitario la derecha?
Están presas del vértigo ante
un abismo de temas postergados: a
los problemas mundiales, vinculados
a la globalización, aquí se nos
añade además la necesidad de perfilar
con claridad una propuesta federal
que desagüe el encaje autonómico
que quedó abierto en la Constitución,
o la de ofrecer a la opinión
pública una crítica solvente de la
Transición y la Monarquía, que hoy
por hoy está en manos de grupos
políticamente marginales en su capacidad
de articulación política y
discursiva. Los tímidos actos públicos
oficiales relacionados con la
memoria histórica siguen efectuándose
‘entre amigos’ (con nocturnidad
y alevosía, como sucedió con la
retirada de la estatua de Franco en
Nuevos Ministerios) y van orientados
al exterior -según denunciaba
una exilada mexicana en los siempre
emotivos actos, como el de
Lázaro Cárdenas, el problema es “el
olvido de los republicanos de dentro”-.

Asistimos a una política de
memoria que renuncia tanto a enfrentar
el dolor de las víctimas como
a toda paideia política, activada
sobre bases progresistas, con que
interpretar el significado profundo
de lo que se ha llegado a llamar el
‘holocausto español’.

En los quioscos, la hegemonía
conservadora se pone en evidencia:
toda la prensa madrileña dedicada
a escudriñar cuestiones estatutarias
y vigilando quién puede ser
‘nación’, acompañada de una amplia
gama de publicaciones que
promueven tesis de revisionismo
histórico más o menos delirantes y
virulentas. Sin duda, su objetivo es
que asumamos, una vez más, nuestra
desgraciada historia de desencuentros
durante la Guerra Civil y
el franquismo, de los que todos fuimos
responsables, y que toda revisión
implicaría el peligro de revivir
odios y enfrentamientos.

Como quedó claro a lo largo de este
verano, la derecha busca controlar
los márgenes en los que se ha de
mover este debate y no tiene reparos
en presentarse de manera un tanto
contradictoria. Una de las principales
cabezas de la estrategia de El
Mundo, Victoria Prego, planteaba a
las claras, con el lanzamiento de su
coleccionable, la necesidad de revisar
la guerra y el franquismo para
‘centrar’ el debate entre la pretérita
hegemonía de la versión de los vencedores
de la guerra y la impuesta
por los vencedores de la Transición -como si ésta fuese la de la izquierda.
Por supuesto, la ‘estrella periodística’
de la ‘Transición’ ni mencionaba
la posibilidad de revisar aquel
período de ‘pactos ejemplares’.

Hegemonía de la derecha

En un editorial del 20 de julio, El
Mundo respondió al contundente
informe entregado por la sección
española de Amnistía Internacional
dos días antes, en el significado día
del golpe militar a la República. En
ese informe se recomienda no sólo
la revisión jurídica y cultural de todo
lo heredado del régimen que violentaba
de forma sistemática los derechos
humanos, sino también la
reparación legal, material y moral
de las víctimas; el editorial nos advertía
del peligro que esto suponía
para “todos”. Algo tendrá la ‘democracia
española’ que tras 30 años
no puede abordar estos temas.

Ningún partido ni agrupación de
izquierdas ha reclamado que dicho
informe sea discutido en sede parlamentaria.
Esta falta de reflejos es
deudora de la mala memoria, una
verdadera falla que sigue reverberando
al interior de los diversos tejidos
sociales, políticos, sindicales,
culturales de la izquierda española,
y entre los distintos territorios del
Estado. Hace más de 70 años, en el
intento de evitar el triunfo franquista,
las violencias ejercidas entre las
diversas identidades con distintos
planteamientos y proyectos -principalmente
socialistas, comunistas,
poumistas, anarquistas, republicanos-
generaron heridas mal cicatrizadas,
que no han tenido la posibilidad
de recibir algún bálsamo aunque
sea simbólico. Esto pesa particularmente
en la distancia entre las
izquierdas sociales, sindicales y
partidarias, y la baja intensidad de
nuestra movilización civil y la fisonomía
de nuestros nichos de mercado
políticamente alternativos.

La necesidad de una reflexión

Sólo una reflexión que esté dispuesta
a reconocer la necesidad de
contar con un sustrato de historia
común para construir ciudadanía puede promover entre los espacios
ideológicos y redes de trabajo, los
intercambios y diálogos que nos
permitan hacernos preguntas clave.
Que no se dirijan tanto a ajustar
responsabilidades individuales
y colectivas en los distintos episodios
de nuestra historia reciente
(aunque está bien reconocer errores -y mejor todavía pedir disculpas-),
sino que contribuyan a la
agenda de trabajo pendiente de las
izquierdas sobre esta problemática
moral-cultural, no por cuestiones
de nostalgia ni revanchismo,
sino porque es crucial para recomponer
aspectos clave de nuestra
modernidad, sobre todo en el ámbito
de la ciudadanía.

En esa Transición que algunos
críticos diagnosticaron como paso
de la premodernidad a la postmodernidad,
nos perdimos procesos
estructurales decisivos para la valoración
de lo democrático, de lo
público, de lo laico, de la reflexión
crítica, de la legitimidad de la participación
plural. Si no comprendemos
por qué tenemos una sociedad
tan apática, tan obediente, difícilmente
podremos movilizarla
políticamente, y superar la secular
criminalización del conflicto social.
Son cuestiones, en definitiva,
que si no concurren a nuestra reflexión,
no habrá elementos para
contener el proyecto neoconservador
que se avecina, dispuesto a activar
nuevos y viejos fascismos societales.

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