Círculos viciosos, círculos viciados

LA RECONFIGURACIÓN DEL ESTADO

El conflicto armado en Euskal Herria, su posible solución negociada
y las propuestas de reformas estatutarias son reflejos de
la dificultad de sectores de la población para sentirse partícipes
de ‘la idea de España’ y de los límites de las autonomías.
Siguen sin resolverse cuestiones constituyentes: ¿Se trata de
una segunda Transición? ¿Quiénes son los sujetos de decisión?
¿Qué es la soberanía (Europa, lo local...)? ¿Qué actitud debe
tomar la izquierda - ‘española’ o nacionalista- transformadora?

01/04/06 · 21:09

 

Seguramente abrevia mucho las cosas dirigirse a un lector catalán para tratar de explicar el conflicto que padecemos en Euskadi porque, en definitiva, tanto Euskal-Herria como Catalunya son comunidades con un arraigado sentimiento nacional, una personalidad histórica, cultural y lingüística propias y un más que demostrado deseo de trasladar esta idiosincrasia al terreno político, es decir, una constante reivindicación de autogobierno.

Pero mientras en Catalunya ello se traduce en un debate político acorde con los usos y costumbres de las sociedades democráticamente avanzadas, es decir, que mientras en Catalunya podemos fácilmente identificar los debates como el presente del Estatut en torno a sus diferentes enunciados -reconocimiento de una comunidad que conforma una nación en sí misma, sistema de financiación, etc.-, en Euskadi, por el contrario, nunca sabemos a ciencia cierta de qué estamos hablando: ¿de un conflicto político o de un conflicto armado?

Antes de ETA

Nadie discute que el conflicto político es anterior a ETA (la propia organización terrorista lo sitúa en el siglo XIX con la abolición de los fueros) pero, no obstante, cuando hablamos de conflicto vasco acabamos hablando, indefectiblemente, de conflicto armado, de acciones terroristas, de ETA. Esta constatación ya es suficiente para que la propia organización terrorista cometa el error de supeditar el cese de la actual violencia a la resolución de un contencioso político que es anterior en el tiempo. De igual forma, y hasta el presente, ello ha valido para que -a la inversa- el Estado supedite cualquier solución de tipo político para Euskadi a un cese de la amenaza terrorista.

Éste es el círculo vicioso en el que hemos venido desenvolviéndonos durante más de un cuarto de siglo de democracia, un círculo infernal que ha negado a la ciudadanía vasca la transición de la dictadura a una sociedad normalizada, es decir, una sociedad con unas reglas de juego comúnmente aceptadas por la inmensa mayoría de los ciudadanos. No se trata de negar -como habitualmente ha hecho la izquierda abertzale- que en Euskadi exista democracia. No se trata de eso, sino simplemente de afirmar que las actuales reglas de juego democrático no han logrado satisfacer o poner de acuerdo en lo básico al cuerpo social de esta Comunidad.

El cierre del debate

Pero si difícil es hablar en este país sin que ETA salga a colación para provocar un cierre de filas en falso en torno a la condena de la violencia terrorista, más difícil todavía resulta ponerse de acuerdo en torno a aquello que apenas esbozado es sacado del terreno del conflicto político para situarlo -muchas veces artificial e interesadamente- en el terreno del conflicto violento. ETA, y con ETA el conjunto la sociedad vasca, seguimos hoy atrapados en el círculo infernal, a veces vicioso y otras viciado.

Justo es reconocer que la aparición de ETA a finales de los años cincuenta sirvió para denunciar el cinismo de la paz franquista y para poner de relieve la falta de libertades individuales y colectivas de los vascos, pero igual de sensato es concluir hoy que la pervivencia en el tiempo de la violencia no ha hecho sino contribuir a lo contrario, es decir, a ocultar que Euskadi es una sociedad democrática, tremendamente dinámica y plural, y sometida a los mismos problemas que las sociedades de su entorno (precariedad laboral, carestía de la vivienda...) pero, además -y ésta es la gran contradicción de ETA-, que Euskadi es una comunidad que reivindica su hecho diferencial, y reclama su derecho a decidir en libertad y sin tutelajes de ningún tipo lo que pretende para su futuro. ETA sabe que su presencia es de por sí un estorbo para la solución al conflicto político, y sólo la inercia de su dilatada trayectoria y el vértigo al día después le impiden dar el paso que la sociedad vasca le exige, y se lo exige sin renunciar un ápice a lo que considera que es suyo, es decir, sin renunciar al derecho a elegir su futuro en paz y libertad.

Hacer los deberes

Pero si ETA debe concluir sus propios deberes y dar el paso definitivo que clarifique el panorama y sitúe el conflicto en el terreno de lo estrictamente político, ello no nos resta responsabilidades al resto de los agentes que intervenimos en el escenario. Porque la normalidad política o la solución al conflicto de fondo no vendrá de la mano de una votación en el Congreso de los Diputados, sino de un acuerdo entre las fuerzas políticas vascas que deberá ser refrendado por la ciudadanía de Euskadi en un escenario de paz previa por parte de ETA, pero también de compromiso por parte del poder central con aquello que los vascos y vascas decidamos.

Expresado con brevedad, ETA deberá dejar las armas y el resto deberemos apuntalar la paz como definitiva normalizando esta sociedad. Y en el interregno, ETA y Gobierno del Estado deberán hablar de lo que eufemísticamente llamamos cuestiones técnicas: presos, víctimas, plazos, etc., mientras los agentes políticos preparamos el acuerdo definitivo, un acuerdo que sólo se alcanzará si las minorías dejan de ejercer el derecho al veto sobre las mayorías, y las mayorías concluyen que sin un amplio consenso el viaje no habrá merecido alforja alguna.

Optimismo

Hay razones, y muchas, para ser optimistas: la sociedad vasca se ha pronunciado hasta la saciedad por el diálogo y la no violencia, sin una muestra de desfallecimiento a lo largo de todos estos años. ETA, por su parte, es el último reducto europeo que practica la lucha armada, el terrorismo islamista les sitúa en una pésima encrucijada, la propia izquierda abertzale le reclama el protagonismo que las pistolas le negaron a lo largo de todo este tiempo.

Pero también hay nubes que ensombrecen el horizonte: el para algunos tentador espejismo de los gobiernos Ardanza PNV-PSE (todos contra ETA, pero ETA matando), las inercias político-judiciales que siguen adelante con espectáculos tan poco edificantes como el del macrosumario 18/98 que se juzga estos meses en la Audiencia Nacional, las servidumbres mediáticas y electorales de un Gobierno Zapatero al que el PP no da tregua, la negativa a rectificar la política penitenciaria y a restituir los derechos de asociación y participación política a una parte importante del cuerpo electoral vasco, y -por supuesto- los inestables equilibrios de fuerzas dentro de la propia ETA... Se lo decía al principio: el conflicto de Euskadi es similar al de Catalunya... Sólo que aquí hemos terminado hablando de ETA.

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