Camus-Sartre: 1951, el fin de la aventura

IVÁN DE LA TORRE, Escritor

18/06/06 · 1:21
Edición impresa

Albert Camus se peleó con
Jean Paul Sartre en 1951,
cuando éste defendió la
crítica que Jeanson había
hecho de El hombre rebelde, donde
Camus tomaba posición contra todos
los regímenes que esclavizaban
al hombre -fueran de derecha o izquierda-
en nombre de una libertad
utópica. La pelea planteaba la pregunta
sobre el rol que debían tomar
los intelectuales después de la guerra:
Sartre creía que aun conociendo
la verdad y los horrores de la
Rusia estalinista, uno debía comprometerse
con ella porque ya estaba
hundido en un siglo de muerte
y sangre donde había que involucrarse
para poder hablar; Camus
no creía en la justificación de la violencia
basada en la dinámica de
una Historia donde el fin justificaba
cualquier medio y aplastaba la
moral y la justicia; y esas conclusiones, -el fin no justifica los medios,
la Historia no esta por sobre
la moral-, disgustó a Sartre y Simone
de Beauvoir: Camus rompía
con ellos y se apartaba de Les
Temps Modernes
diez años después
de haberlos conocido.

Ruptura

Pero no era una excepción: Camus
es el último en ser despojado de dignidades
y honores en una lista que
ya incluía a Malraux, Merleau-
Ponty y Koestler. Beauvoir lo dice
en sus memorias: primero, que
Camus envidia a Sartre, luego que
finge ser una cosa pero es otra; finalmente,
que cuando le dan el Nobel,
ya no les importa; y cuando
muere es apenas el eco de un nombre
para ellos, un recuerdo de juventud,
alegre pero lejano y ya descolorido.
Un recuerdo del pasado
en un baúl que va a ser quemado en
los sótanos de la Historia cuando el
comunismo triunfe sobre la moral
pequeño-burguesa.

De 1944 a 1952, Camus está escribiendo
sobre las ideas que serán
el libro y las hace públicas en un
diario de la resistencia, Combat. Es
difícil que Sartre no las haya leído
pero la necesidad de crear un frente
común en una Francia dividida entre
colaboracionaristas, resistentes
y pasivos hace que las pequeñas diferencias
se soporten en tanto sirven
a un objetivo común; pero entrando
en los ‘50, cuando Sartre es
el principal intelectual de Francia,
el choque es inevitable: como defensor
de Rusia frente al predominio
americano y la necesidad que
impone de “comprometerse”, la posición
de Camus, precisamente de
“no comprometerse” con ninguno
de los dos bandos y criticar alternativamente
a uno u otro, según las
circunstancias y sus propios actos,
sin asignarle razones históricas ni
justificaciones a la simple dictadura,
lo hace un mal compañero de ruta
porque habla para contar justamente
lo que no se puede contar.

En sus editoriales para Combat
puede notarse esas molestias que
se le van convirtiendo a Camus en
desacuerdo y finalmente en ruptura
y renuncia: mientras Sartre dejaba
su postura apolítica en 1940
para convertirse en un converso
crítico; Camus anteponía una posición
de independencia, lejos de
los credos y las verdades totales
porque no podía entender que se
colocara todo en función de una
razón histórica obligando a una
generación entera a ser esclavos
por un hipotético futuro dorado.

Las razones que va armando Camus
aparecen totalmente desnudas
y suenan como pensamientos espontáneos
que avanzan reforzándose
sin saberlo hasta el quiebre público:
las primeras dudas de 1944
son certezas en 1948 y terminarán
convertidas en denuncias frontales.

Terminarán precisamente en El
hombre rebelde
. Lo que nadie se había
animado a decir, es el libro de
Camus: la denuncia en voz alta de
una izquierda autoritaria y encerrada
en credos ciegos que se volvía
más reaccionaria que sus enemigos
de la derecha.

Camus insiste en la necesidad de
entender al otro, en la posibilidad
de un diálogo y no de verdades absolutas
que crean dos bandos y separan
a las personas en amigos o
enemigos, en aliados o traidores.
Una ráfaga de electricidad sacude
los textos porque Camus ésta desenterrando
los secretos ocultos de
ambos bandos: ni unos ni otros son
buenos, dice Camus, si justifican el
terror basados en una utopía imposible;
darles el poder y luego callarnos
nos convierte en cómplices, repite;
las ideas son tan simples que
deben flotar en el aire de esa posguerra,
pero Camus sabe que alzar
la voz para defenderla es condenarse
porque para sus compañeros todo
ese movimiento significa simplemente
cambiar de bando, ayudar al
enemigo, poner sobre el tapete las
contradicciones que sólo pueden
criticarse en cuartos cerrados.

Puntos de fricción

En ese punto lo atacará precisamente
Sartre, porque Camus, dice él -y
lo dice Beauvoir también-, no es
realista, no entiende la mecánica de
la posguerra, los hilos que mueven
la historia, las grandes tramas y los
pequeños pactos necesarios para
moverse hacia el futuro. Camus es
solo un idealista que vive en las nubes,
lejos de su tiempo, sentado en
la plataforma de su moral. Alguien
que no sabe, ni quiere, adaptarse a
los cambios políticos que el Partido
y los tiempos exigen; ante ese pedido
de cooperación y silencio, Camus
se niega denunciando lo que
pasa y en una conferencia de 1948,
se opone a Sartre y su teoría del
compromiso. Es el preámbulo al fin
de una amistad que se quebrará definitivamente
en 1951. Afirma: “He
aquí por qué es inútil y ridículo pedirnos
justificación y compromiso.
Comprometidos, lo estamos; aunque
involuntariamente. Y, para terminar,
no es que la lucha haga de
nosotros artistas, sino que el arte
nos obliga a ser militantes. Por su
función misma, el artista es testigo
de la libertad y es ésta una justificación
que suele pagar cara. Por su
función misma está metido en la espesura
más inextricable de la Historia,
allí donde se sofoca la propia
carne del hombre. Siendo el mundo
lo que es, estamos comprometidos
con él, mal que nos pese, y somos
por naturaleza los enemigos de los
ídolos abstractos que en él triunfan,
sean nacionales o partidarios. No
en nombre de la moral y la virtud,
como se intenta hacer creer por un
engaño suplementario. No somos
virtuosos. Es en nombre de la pasión
del hombre, por lo que hay de
único en él. [...] Reconocerán que
su vocación más honda es defender
hasta sus últimas consecuencias el
derecho de sus adversarios a no ser
de su opinión. Proclamarán, de
acuerdo con su condición, que es
mejor equivocarse sin matar y dejando
hablar a los demás que tener
razón en medio del silencio y los cadáveres.
Intentarán demostrar que
si las revoluciones pueden triunfar
por la violencia, ellos no pueden
mantenerse sin el diálogo. Y sabrán
entonces que esta singular vocación
les crea la más perturbadora de las
fraternidades, la de los combates
dudosos y de las grandezas amenazadas,
la que a través de todas las
épocas de la inteligencia no dejó jamás
de luchar para afirmar contra
las abstracciones de la historia lo
que rebasa a toda historia: la carne,
sea sufriente, sea dichosa”.

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