Bildu y la duda

Abril de 2010, la marcha convocada con ocasión del Aberri Eguna desbordaba no sólo la frontera hispano-francesa sino también las expectativas de la red que la había convocado, Independentistak. Lo importante de aquella marcha, que culminaba un lento proceso de agitación y convergencia, no era únicamente el número de manifestantes. También lo era el ambiente de energía que se había generado y que posibilitaba el saltar de la estructura de red a la construcción de un movimiento social como tal.

, Historiador y militante
19/02/13 · 17:42
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Abril de 2010, la marcha convocada con ocasión del Aberri Eguna desbordaba no sólo la frontera hispano-francesa sino también las expectativas de la red que la había convocado, Independentistak. Lo importante de aquella marcha, que culminaba un lento proceso de agitación y convergencia, no era únicamente el número de manifestantes. También lo era el ambiente de energía que se había generado y que posibilitaba el saltar de la estructura de red a la construcción de un movimiento social como tal. Sin embargo, a la potencia acumulada para entonces y que sólo esperaba a articularse en movimiento, se le empezó a demorar sin explicaciones y a lo que era un hervidero se le dejó enfriar. Mien­tras, en junio, se firmaba el acuerdo estratégico entre EA y la izquierda abertzale. En septiembre ETA declaraba un cese de “acciones armadas ofensivas”. El parón se iba poco a poco aclarando. Y en un contexto ya de desmovilización militante, en enero del siguiente año se sumaba al a­cuerdo Alternati­ba, para febrero emergía la marca Sortu y, en abril de 2011, se materializaba la coalición Bildu.

Lo que había tardado un año en destaparse y que explicaba aquel semestre de desorientación militante, era la clara elección de las élites políticas del independentismo vasco de sacrificar un movimiento emergente que podía llegar a cuestionar las futuras directrices de un larvado pacto que tenía a la coalición Bildu como figura electoral, coalición en la que debiera haberse integrado Sortu, como expresión política de una izquierda abertzale que ya había marginado en su seno a las posturas políticas que ETA había tradicionalmente vehiculado. Los habituales buenos resultados en las elecciones municipales de mayo de 2011 taparon el amargor del común de los movilizables independentistas, amargor que se supo trocar por optimismo ante unos nuevos tiempos que superaban los años de ilegalización. Sin embargo, surgían también las dudas en cuanto al misterioso proceso de confección de las listas, que desorientaban a quienes se encontraban más cerca de las estructuras de los partidos que integraban la coalición, e incluso a no pocos de sus candidatos locales.

La política que surja de la coalición Bildu atenderá al reparto interno de poder y será necesariamente dispar El cese definitivo de actividades de ETA en octubre remachaba el cambio de tornas, que posibilitaba que los escindidos Aralar se sumaran mediante la marca de transición, Amaiur, en noviembre de 2011. Y en la calle, una vez más un hito: una ingente multitud acudía a Bilbao en enero de 2012 en un clima de crescendo exigiendo la amnistía, desbordando las cifras habituales. Y una vez más, tras la movilización, el hueco; la falta de intención de recoger en forma de fuerza movilizatoria aquel gentío.

En junio se daba a conocer una ampliada EH Bildu, que en las elecciones autonómicas de octubre de 2012 no llegaría siquiera a igualar la suma de los obtenidos en 1999 por las mismas fuerzas ahora en coalición. A la irrefutabilidad de los datos se añadía en el ámbito semipúblico la notoria falta de implicación popular en el desarrollo de la campaña que demostraba el desánimo militante, en especial de la generación política que había llevado el peso de la década que duró el periodo de ilegalización.

Así es como se ha llegado hasta Bildu. Un ente político, lentamente cocinado por algunas élites abertzales y que toma como modelo el Fren­te Amplio uruguayo: una coalición de distintos partidos unidos por un acuerdo programático, que reparte los puestos de sus listas electorales y puestos institucionales en función del peso relativo de cada una de las opciones que estén integradas en la misma. De este modo, la política práctica que surja de esta coalición, atenderá al reparto interno y será necesariamente dispar, pero, y aún más importante, para poder incidir en sus políticas se tendrá que vehicular a través de alguna de las estructuras partidarias que la integran. Un modelo político que se ha erigido como única alternativa posible en suelo vasco, orillando planificadamente tanto el modelo movilizatorio como empantanando las oportunidades históricas recientes que éste ha tenido. Desde una perspectiva de emancipación popular y autonomía movimentista, ¿cuál es entonces la duda?

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