Benedicto XVI: ¿qué poder tiene el nuevo Papa?



Algunas personas, algunos
políticos, creen
que el líder de la
Iglesia católica tiene
influencia sobre mucha
gente, y se preguntan cuál será
el mensaje del nuevo Papa.

15/05/06 · 17:34
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Algunas personas, algunos
políticos, creen
que el líder de la
Iglesia católica tiene
influencia sobre mucha
gente, y se preguntan cuál será
el mensaje del nuevo Papa.

La pregunta sería, más
bien, cuántos católicos le harán
caso. De los varios usos
históricos que ha tenido la
religión, el principal en nuestra
historia ha sido la actuación
pública de la Iglesia, el
que sus líderes participen en
el Gobierno del país, antes
ostentosamente, después
mediante la confesionalidad
del Estado y, hoy, por intermedio
de los partidos conservadores.

Con independencia de que
el apoyo de la Iglesia pueda
ayudar al correspondiente
partido conservador a ganar
votos -aunque también pueda
coadyuvar a que los pierda-, todas
las encuestas confirman que en la
moral sexual los católicos, o mejor
dicho los bautizados en la fe católica,
le hacen cada vez menos caso a
la Iglesia. La mayoría de las católicas
usan medios anticonceptivos,
interrumpen sus embarazos, se divorcian
y están a favor de que los
homosexuales se casen. Si les preguntan,
también prefieren que los
curas puedan casarse. Incluso
piensan que la Iglesia marcharía
mejor si las mujeres pudieran ser
sacerdotisas.

Muchos conservadores votan a
su partido no porque la Iglesia lo
recomiende explícita o implícitamente
sino porque defiende sus intereses,
como es el caso en la mayoría
de las decisiones electorales.
En este tema el nuevo Papa no parece
vaya a ser tan estridente como
el anterior, siquiera sea porque
procede de una tradición principalmente
teológica y no política.

El otro uso histórico de la religión
es el ascético-místico. Casi
todas las religiones tienen un capítulo
de repudio del mundo, de afirmación
del trascendente absoluto
en diversas formas de aislamiento,
en lo que el cristianismo se ve
hoy en competencia con algunas
religiones orientales e incluso con
prácticas más o menos anarquistas
de repudio del modelo urbano
consumista. Hoy hay en España
más comunas campestres que
conventos, y lo que crece en la
Iglesia católica son las militancias
fundamentalistas y no las órdenes
contemplativas.

Y finalmente está la relación entre
religión y buen comportamiento.
¿Ayuda la fe a portarse bien? El
número de los que dedican su vida
al servicio de los demás por razones
religiosas ha ido disminuyendo.
Las ONG actuales son más bien
laicas. Y en cuanto a los ciudadanos
corrientes, los expertos en la
historia de la confesión sacramental,
sostienen que el temor al infierno
ya no mueve a la gente a portarse
bien. En realidad la gente se confiesa
más bien poco. Por contra, el
fanatismo religioso, solo o unido al
fanatismo patriótico, sigue aún vigente
en diferentes versiones.

La gente se porta bien o mal por
varias razones. Todos conocemos
gentes de misa y catolicismo confesado
que son malos empresarios,
esposos, compañeros. Podría decirse,
incluso, que para portarse
mal hay que tener un cierto desahogo
económico, medios para hacer
daño. Por contra hay muchos
que se portan bien por convicción,
solidaridad o costumbre aprendida
en casa, sin ser creyentes.

Benedicto XVI tiene mucha faena
en su nuevo oficio. Ha heredado
una Iglesia dividida en torno al
mensaje, una hacienda maltrecha
y una patente escasez de funcionarios
jóvenes. Su inclinación parece
que le llevará a atender prioritariamente
los asuntos internos,
de doctrina y disciplina, por lo que
se puede esperar que a los obispos
y clérigos más politizados les baje
poco a poco la fiebre y se resignen
a que los órganos de la democracia
ejerzan sus funciones sin más
condicionantes que los naturales
conflictos de interés. Eso donde se
les hace cierto caso, porque en la
mayoría de los países occidentales
no tienen apenas influencia. Las
discusiones en torno al texto de la
Constitución europea no favorecen
ni siquiera la cita al recuerdo
religioso del pasado. Las clientelas
al modo ‘jihadista’ pertenecen
a otras culturas y aunque aquí
puedan salir a la calle unos miles
de fieles a favor de la neoconfesionalidad
del Estado, sería difícil
convencerles de que dieran su vida
por ello.

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