Avatar Obama y los EE UU

Vivimos en el tiempo del hype. El vocablo, que rebota y se multiplica por la infoesfera, nombra un producto cultural recubierto de un ejercicio tan exagerado de márketing que su popularidad se dispara al mismo tiempo que se independiza de su calidad. La forma se escinde definitivamente del contenido. James Cameron es el padre del último gran hype planetario: Avatar. El eco de su bombardeo promocional se ha tejido con sólo tres informaciones: es la película más cara de la historia del cine, ha revolucionado el mundo de los efectos especiales y ha sido rodada en 3D.

, sociólogo y guionista de televisión. Reside en Nueva York
07/01/10 · 11:27
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Vivimos en el tiempo del hype. El vocablo, que rebota y se multiplica por la infoesfera, nombra un producto cultural recubierto de un ejercicio tan exagerado de márketing que su popularidad se dispara al mismo tiempo que se independiza de su calidad. La forma se escinde definitivamente del contenido. James Cameron es el padre del último gran hype planetario: Avatar. El eco de su bombardeo promocional se ha tejido con sólo tres informaciones: es la película más cara de la historia del cine, ha revolucionado el mundo de los efectos especiales y ha sido rodada en 3D. Ni una sola palabra sobre su contenido, sobre la calidad del relato que nos propone. La sustancia de Avatar es su envoltorio. No es en realidad una película, es la metáfora de todo un país: EE UU es hoy el más grande de todos los hypes.

 

 

Un avatar es una imagen que representa a una persona en entornos virtuales como internet, los videojuegos o los juegos de rol. Ahora también en la política. Durante el primer año de gobierno de Barack Obama hemos averiguado que en realidad él no concurrió a las elecciones que le llevaron hasta la Casa Blanca: fue su avatar el que hizo campaña. Pierre Levy explica en uno de sus libros que lo virtual nunca se opone a lo real, sino a lo actual. Los políticos producen realidad, pero nunca cumplen lo que prometen. Ni una sola de las promesas con las que Obama se ganó el voto y la ilusión de la mayoría de los estadounidenses ha sido actualizada: él no ha hecho nada de lo que su avatar dijo que haría. Con él la política no sólo ha sido confinada en un entorno virtual, ha sido definitivamente convertida en márketing. Avatar Obama es un inmenso hype. Signo y envoltorio: pura marca.

Uno de los pilares del bucle retórico que activa permanentemente todo gobierno estadounidense es su carácter imperial: una nación elegida por dios para guiar los destinos del mundo. Avatar Obama volvió a hacer hincapié en ello durante la ceremonia en la que le fue entregado el Premio Nobel de la Paz. Pese a la imparable caída en picado del poder de mando estadounidense, sintetizada en su dependencia económica y su incapacidad militar para dominar Oriente Medio, y directamente proporcional a la creciente supremacía china en la geometría mundial, Washington sigue empeñado en nutrir los imaginarios colectivos con una semántica de superpotencia. Ese EE UU, sin embargo, no es ya más que una representación. Un inmenso hype desatado. Un signo independizado de su actual significado que, como todos los signos, únicamente remite a un verdadero acto de fe. No por casualidad la fachada de Macy’s, los grandes almacenes más famosos de Nueva York, está presidida desde hace unas semanas por un enorme letrero luminoso que dice: "Believe!" (¡Creer!).

Hace un par de meses The Daily Show, el informativo con mayor audiencia de la televisión estadounidense, emitido en un canal que programa únicamente comedia, ofreció un especial sobre el 20º aniversario de la caída del muro de Berlín. En él se ironizaba sobre las dos condiciones únicas e irrepetibles que propiciaron la caída del imperio soviético: una guerra en Afganistán y una situación económica desastrosa. Cuando J. Stewart, el conductor del programa, apuntó muy asustado el tremendo parecido con el presente de EE UU, uno de sus colaboradores trató cómicamente de tranquilizarle señalando que, en realidad, el problema fundamental de la URSS en ese momento había sido un líder inexperto que había llegado al gobierno prometiendo reformas profundas en el país.

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