Atascos rebeldes y cooperación

La enésima crisis terminal del capitalismo se salda, por ahora,
con un muerto bien vivo y unas izquierdas boqueando, como
evidencian sus tremendas dificultades para lograr movilizaciones
amplias. Este escenario también es el los movimientos sociales
de base, a los que, quizás, les convendría revisar el filo y
la pertinencia de sus arsenales y sus repertorios de intervención.
Abrimos el debate, en esta ocasión con una reflexión sobre
la relación entre izquierda política e izquierda social.

, Activista y editor del libro 'Democracia Radical'.
06/05/11 · 8:00
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El paro acude a las mesas, las transnacionales se sientan en el Gobierno, el consumo no reparte tanta felicidad como promete en sus anuncios y los hogares son fagocitados por los bancos. ¿No existen razones cotidianas para que en este país el descontento social se mudara en descontento político? Ciertamente lo hay, pero puede que en una dirección autoritaria, particularmente en los países centrales del capitalismo.

¿Por qué estas arenas desencantadas no se transforman en izquierdas sociales, en fuerzas emergentes desde sus demandas básicas? Y ¿por qué la izquierda política vive a su vez una década de momentos bajos en sus lodazales parlamentarios? Carecemos de respuestas sencillas. Pero dejando a un lado las pobres o manidas excusas –tales como que la gente “tiene lo que se merece”, o que está “todo dominado”– y propuestas poco atrayentes e inoperantes de organizar la dignidad ‘desde arriba’, es interesante señalar la debilidad de las condiciones que dichas izquierdas crean, bien para entroncar, emerger desde dicho descontento, o bien para construir articulaciones que nos impulsen a desear y realizar el tránsito del descontento a una politización creciente de cómo nos organizamos, desde abajo, para satisfacer nuestras necesidades básicas.

 
Echemos la vista atrás. Un triángulo ya no recorre Europa: los lugares comunes entre izquierda política, izquierda social y estrategias de cooperación ciudadana. La rebeldía, con un pie siempre en la transformación cotidiana y revolucionaria de nuestras vidas, tenía antaño un sabor habitable y próximo, en la política –más institucional– y en lo político –en lo social-vital–. Con afán de pedagogía, y huyendo de idealizaciones, se puede afirmar que, en buena parte del siglo XX, el obrero, la vecina o el activista del ateneo podían estrechar más fácilmente tanto sus formas de solidaridad más sencillas –en lo afectivo, en lo material–, como sus expresiones sociales más institucionalizadas –asociaciones, asambleas, redes de apoyo, e incluso sindicatos o partidos–. Pero la fertilidad contestaria no venía tanto de las proximidades en sí, como de las ‘condiciones’ que tenían que cumplir la izquierda política y la social: tomar estos ‘cultivos sociales’ de solidaridad como referentes de ‘democracias radicales’ que ‘obligaban’ a que las demandas, las culturas políticas o las formas de organización ‘tradujesen’ esas resistencias cotidianas en propuestas democráticas más globales.

Hoy en día, y salvo actitudes personales y cruces entre ambas ‘izquierdas’, la orilla más institucional de la misma no escucha dichos cultivos sociales: se elitiza. Se manifiesta poco porosa a entender un funcionamiento en red desde la politización concreta y desde abajo de necesidades básicas; se aleja a través de consignas, fórmulas de liderazgo y de marketing político –internacional en muchos casos, lo que contribuye a hacer lecturas ‘distantes’–. La izquierda más social, si bien se conecta o es parte incluso de emergencias sociales que desafían el capitalismo o el patriarcado a través de críticas y alternativas marcadamente autogestionarias, confunde frecuentemente radicalización con sectarismo, los otros con los enemigos o los ignorantes, el afán de articular referencias sociales más amplias con el sacrificio de lo autónomo y lo vital.

Señalemos la debilidad de las condiciones que las izquierdas crean para transitar del descontento a una politización creciente

Y sin embargo, soplan vientos a favor. Al margen de nuestras preferencias, lo cierto es que nuestros actuales (in)satisfactores de necesidades básicas –como el sistema agroalimentario, el financiero o la guerra como aglutinante político– son hoy insostenibles. En el plano medioambiental, la era postfósil obligará a la relocalización de muchos de estos procesos. Y en el plano socioemocional, como ya sabe el ‘poder sobre’, no se puede gobernar eternamente, coartando y controlando el ‘poder de hacer’ de los de abajo.

Urge, para una política desde la rebeldía, plantearse convergencias entre izquierdas políticas y sociales para, como primera y fundamental medida, dar cobijo a las estrategias de cooperación ciudadana que, desde abajo, ofrezcan respuesta frente a la crisis sistémica. Si bien veremos a cientos de miles de voluntarios y voluntarias desfilar en las aclamaciones de la democracia autoritaria en cada proceso electoral, deberíamos estar más cerca de promocionar vectores de democratización radical de nuestras necesidades básicas. Sorprende pasar por alto el hecho de que, en este panorama de pesimismo, y a pesar de la supuesta lejanía de lo político, al menos 20.000 personas se reúnen cada semana en este país para autogestionarse parte de su consumo e incluso la producción de alimentos. Sabemos también de barrios y pueblos donde la cooperación cotidiana hace que no estallen las costuras sociales alrededor de la vivienda, las hipotecas, o la presión laboral en las ETT o en las fábricas. El ciclo de protestas ‘antiglobalización’ dejó aprendizajes sobre participación, trabajo en red e incluso espacios de mayor conexión con juventudes rebeldes.

La izquierda social, si bien se conecta o es parte de emergencias sociales, confunde radicalización con sectarismo

Son riquezas para seguir sembrando transformaciones sociales. La izquierda política y la social podrían apoyar la emergencia de estos mundos más sostenibles, facilitando el tránsito de lo cotidiano –lo vital– a lo social –lo político– y lo más institucionalizado formalmente –la política–. Desde lo establecido, sean instituciones o formas políticas convencionales, podría pensarse en clave de proceso colectivo, y no de proyecto identitario, de porosidad y no de liderazgos. En la búsqueda de convergencias, como diría Ezequiel Adamovsky, necesitamos “interfases”, espacios de cultura y estructura reticulares, que liguen las formas de autogestión, con los movimientos sociales, y, a su vez, con múltiples planos políticos de gestión global de nuestras necesidades. En todos los frentes es indispensable sentirse y pensarse en momentos de transición que buscan nuevos paraguas para promover experiencias de conexión y cooperación desde abajo y desde la diversidad. Reflexionar en términos de transición no es un pensamiento ‘pobre’ o limitante: es más fructífero, como recuerda el zapatismo desde sus “caminamos preguntando” y “los rebeldes se buscan”. Y también es más relajante desde el punto de vista personal.

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comentarios

1

  • |
    anónima
    |
    Vie, 05/06/2011 - 14:50
    Buscar la convergencia y huir de los sectarismos. Totalmente de acuerdo. Una izquierda con tantos caminos y veredas nunca puede ser una izquierda fuerte. Para vencer hay que unir; para unir hay que dar valor a la mediación y al encuentro. Recuperar la unidad de la izquierda es ir tejiendo complicidades relacionales e identitarias, entre lo social y lo político, entre lo individual y lo comunitario, entre lo factible y lo utópico.
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