Altar y Trono
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Isa

Fue un espectáculo fascinante,
el pasado mes de junio,
el de ese desfile público
de obispos y grey fiel
“en defensa de la familia”. Con un
trasfondo adecuado de catedrales
y uniformes clásicos, habría valido

24/06/06 · 14:54
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Isa

Fue un espectáculo fascinante,
el pasado mes de junio,
el de ese desfile público
de obispos y grey fiel
“en defensa de la familia”. Con un
trasfondo adecuado de catedrales
y uniformes clásicos, habría valido
como espectáculo para turistas o
como clase con ‘power-point’ sobre
el tema “Altar y Trono”; pero
ahora, además, el Altar y Trono
nos llega del túnel del tiempo no
como la dominación de siempre,
sino como “oposición”, u ‘opusición’.
Y eso le da a la cosa todo su
morbo; no es normal ver de nuevo
al Cid Campeador arrastrando su
Babieca por la Castellana.

A mí además, como filósofo, me
ha causado una emoción especial
ver restaurada al fin, en plena
postmodernidad, la gran metafísica
clásica. Porque “homosexual”-
pues de la “defensa” (es decir, del
ataque) contra tales familias se
trataba- se ha convertido en el exponente
único de esa metafísica
que parecía definitivamente disuelta.
Se es homosexual como el
alma es inmortal o los cuerpos celestes
aristotélicos son incorruptibles.
Como si no supiéramos lo
muy liada, diversa y perversa que
es la misma “heterosexualidad”,
lo poco definitoria que resulta, en
cuanto se conoce un poco la vida,
y lo intrincada que está también
con la “homosexualidad”.

Pero bueno, esto tampoco es
que sea tan importante. La Iglesia
ya los mataba por el “pecado nefando”
sin cuidarse de las ontologías
modernas; ontologías por lo
demás tan al uso que los mismos
perseguidos recurren a ampararse
en abstractos derechos constitucionales
y buscan la institución,
o que hace falta una ley para que
a alguien se le reconozca el Derecho
(en singular, sin “ese”) a ser,
simplemente porque es uno de
nosotros, hijo, hermano, que trabaja
y convive con todos. Y, por
el lado opuesto, la misma dignidad
personal exige declararse
“homo” en cuerpo y alma, pública
y, para el que quiera, exclusivamente.

La España siniestra de Solana
se había modernizado a lo Bush
con el espectro del terrorismo, ya
internacional. Su salida a la calle
se daba un tono ético, aunque sonara
claramente a venganza y odio
por lo recurrente que se había declarado
en su día sin derecho a
existir. También el PSOE lo había
reducido al eje del mal. Ninguna
reflexión sobre nuestra política exterior
desde el referéndum de la
OTAN; ninguna sobre lo que supone
ir declarando judicialmente
a media sociedad vasca parte de
ETA y a otra parte sospechosa de
connivencia. Ahora, que la realidad
va imponiendo un cambio de
rumbo en éste y otros puntos, resulta
que Zapatero ni siquiera puede
contar con los suyos.

Pero hete aquí que aparece el
Altar y Trono por las calles. Y la
mugre del pasado rezuma abiertamente
sin posibilidad de camuflaje.
Hay quien ha dicho que las
últimas iniciativas legislativas en
materia de divorcio y matrimonio
homosexual nos devuelven en el
mundo el orgullo de ser españoles.
Quienes hemos visto algo de
estas manifestaciones con sus insultos
soeces y sus emblemas nacional-
católicos no estamos nada
orgullosos. Este país aún es libre
provisionalmente... y en parte.

En las bases del específico fascismo
español se remueven los
imaginarios; y a base de ellos sus
dirigentes repiten a gran escala
la distracción y atizan el odio.
Meten miedo, se ciscan en una
democracia que ellos -pero también
los dirigentes progresistas-
han hecho miserable. Al cambio
de imaginario político que trae
Zapatero, como una especie de
Kennedy ibérico, responden con
el exacerbamiento de un imaginario
atávico al que se le ha dejado
seguir en la sombra. España
supura; le hace falta.

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