Acerca de las investigaciones que necesitaríamos (y algo de por qué no las tenemos)

16/10/08 · 0:00
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El comunismo o el postcapitalismo
constituyen un principio
social estructurante
que trabaja y opera desde el
presente a partir de las tensiones y
conflictos que caracterizan nuestro
propio sistema social. O si no, no son
nada –y se trata de utopías–. Por consiguiente,
nos vendrían bastante bien
análisis sobre el sentido actual de los
procesos y trayectorias específicos
de los sistemas sociales, que habíamos
convenido en denominar como
capitalistas, organizados en torno a
la ‘relación salarial’.

Empresas y Estados-Nación
Estos análisis son tanto más necesarios
cuando hace algún tiempo que
ni los agentes –las empresas, y sus
correlatos, las organizaciones sindicales
de rama o sector...–, ni los niveles
de observación –las políticas
de los Estados-Nación y los suyos,
las respuestas de una ‘sociedad civil’
supuesta...– son capaces ya de ayudarnos
a explicar algo. Tampoco son
muy aclaratorias las tramas conceptuales
–el ‘mercado’ en primer lugar,
pero también su pretendido anatema,
la planificación– que tradicionalmente
hemos venido considerando
y utilizando.

Pues, tras los últimos acontecimientos,
¿a alguien le suena raro
que se pueda plantear que las empresas
resultan cada vez más elementos
revisables insertos en circuitos
planetarios de producción y circulación
–incluido el financiero– que
les desbordan y arrastran en su propio
movimiento? ¿Acaso puede resultar
ahora sospechoso de funcionar
como maniobra exculpatoria
que se señale la impotencia tanto de
las empresas particulares como de
los Estados-Nación y sus instituciones
tradicionales –bancos centrales,
pero también sistemas de concertación
social y políticas económicas–
para capear cualquier temporal? Y,
respecto al mercado, visto lo visto,
¿es que acaso conocíamos algún mecanismo
de puesta en competencia
entre unidades productivas y trabajadores
que no haya contado, a la
hora de realizarse, con la inestimable
cobertura de un Estado y sus administraciones?

Históricamente hablando, la constitución
de mercados nacionales
consistió en la puesta en relación estatal
de agentes antes separados. Lo
que contribuyó a la homologación
de sus procedimientos –de producción,
formación, etc.–, condición necesaria
para su posterior absorción
por regulaciones de más amplio alcance
–piénsese en el keynesianismo–.

Aún más, cuando esos mecanismos
concurrenciales se multiplican
después a escala internacional,
son los capitales los que, pudiendo
contrastar cada vez más medidas,
protocolos, procedimientos y resultados,
se colocan en condiciones de
‘planificar’ sus inversiones entre sectores
y territorios diferentes. Asignan
así, mediante decisiones administrativas
–y no mediante intercambios
de valores equivalentes– tanto
factores como beneficios. En otras
palabras: el mercado supone e impulsa
la planificación tanto fuera como
dentro de las firmas. ¿Por qué
esas normas y procedimientos reglados
habrían hoy de detenerse a
las puertas de los consorcios empresariales
y no proyectarse a escalas
superiores, a través de alianzas
interestatales? Tratando de controlar
así, desde la regulación de necesidades,
formaciones, movilizaciones
y consumos, los desequilibrios
que nos amenazan por doquier.

El ‘otro’ fetichismo
No obstante, para poder arrojar luz
sobre estas evoluciones y sobre los
conflictos que se están desarrollando,
sería necesario aún superar un
escollo muy importante, si no el
principal. Deshacernos del ‘fetichismo
del trabajo’ que ha orientado tradicionalmente
nuestra visión centrada
en las empresas, el Estado y el
mercado. Fetichismo para el cual el
valor real del trabajador sería falsificado
en una empresa capitalista que
se ocuparía de rebajar –dividiendo,
simplificando, mecanizando– el contenido
de su actividad con vistas a la
obtención de más beneficios a través
del mercado. Cuando consideramos
que el trabajo es por principio
la acción humana autónoma productora
de bienes y servicios socialmente
útiles –las “labores”–, cuyo valor
natural remite al esfuerzo humano
efectivamente aplicado en su generación
–los “sudores”–, valor que
debería ‘en justicia’ revertir por entero
en el productor colectivo –los
“panes”–, estamos cayendo en ese
fetichismo del trabajo.

En realidad este trabajo ‘ahistórico’,
‘actividad ontológica’, ‘constante
antropológica’, etc., jamás ha vertebrado
ningún sistema social conocido.
Ese trabajo, por otra parte, ni
fue ni es la fuente natural de toda la
riqueza social material. Con su postulado
no arrojamos luz alguna ni
sobre los sistemas sociales anteriores
ni sobre nuestro propio sistema
social. Por el contrario, el trabajo
que actualmente sí organiza nuestro
sistema planetario contribuye a producir
bienes de utilidad social –riqueza
material– como medio necesario
para la generación de un plusvalor
(riqueza abstracta). Es un trabajo
‘simultáneamente’ concreto
–en el primer sentido– y abstracto
–en el segundo–, cuya especificidad
histórica es la de mediar sobre el
conjunto de todas las relaciones sociales
de producción, circulación,
distribución y consumo. Se accede a
la riqueza producida por otros homologando
nuestros trabajos con todos
los demás a través del intercambio
de sus resultados –mercancías–.
Cuando ese trabajo realiza esa función
de mediación universal, la capacidad
para activarlo –la fuerza de
trabajo– ya se alquila necesariamente
en un mercado específico. Y ello a
cambio de un precio –salario– relativo
a las condiciones de producción,
formación y reproducción de ‘esas
capacidades’ –y no de la calidad o
cantidad del trabajo realizado en la
empresa. Así, es aquí por primera
vez en la historia cuando la libertad
formal de los agentes, garantizada
por el Estado, genera automáticamente
–sin la necesidad de articular
mecanismos coercitivos directos– la
desigualdad material entre ellos y,
por ende, la explotación de los unos
por los otros.

El trabajo del que deben partir
nuestras investigaciones es éste y no
otro. Haciéndolo dejaríamos de
comprender nuestro presente como
la realización artificial y coyuntural
de una tendencia de imposible cumplimiento:
una mercantilización
contra natura de no sé qué esencias
humanas. Pasaríamos así a considerar
la especificidad y originalidad de
las tensiones y potencialidades inscritas
en este sistema. Por ejemplo,
la distensión que está operando a escala
planetaria entre los circuitos
técnicos de producción y los circuitos
sociales de la producción, formación
y reproducción de los asalariados.
Una originalidad donde se estén
atando ya las condiciones para
una vida social no dirigida por el
capital. Esto es, una vida no dirigida
por una producción e intercambios,
ya sean mercantiles o normados,
orientados a un infinito incremento
del plusvalor.

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