Abrir caminos a recorrer

La izquierda heterodoxa ha ejercido una crítica interesante a los proyectos estatistas. Lo público, lo común, no tiene porque ser estatal siempre. Han terminado los tiempos en los que se depositaban todas las esperanzas de emancipación en la agencia del Estado.

, Doctora en Ciencia Política, profesora-investigadora en el IAENE, Ecuador
17/07/13 · 6:33
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La izquierda heterodoxa ha ejercido una crítica interesante a los proyectos estatistas. Lo público, lo común, no tiene porque ser estatal siempre. Han terminado los tiempos en los que se depositaban todas las esperanzas de emancipación en la agencia del Estado. En la actualidad se hace difícil pensar en apuestas democráticas y emancipadoras que no pasen por la construcción de una cultura cívico-participativa con una ciudadanía preocupada por la cosa pública, por la consolidación de un rico tejido y plural, por la presencia de una fuerte institucionalidad social, por la construcción de contrapoderes y de mecanismos de control de las extralimitaciones estatales, etc.

Pero lo público y lo común estatal es también necesario para una política transformadora. Sin entes soberanos, Estados o entidades supraestatales, que ejerzan autoridad y gobier­nen a los mercados, no se puede pensar un futuro más libre y justo. En el contexto actual, los países que están recuperando Estado y soberanía con una perspectiva emancipadora, como algunos latinoamericanos, están pudiendo dominar más eficazmente las imposiciones de los poderes fácticos. Es por eso que los actores políticos transformadores no tendrían que hacer su lucha de espaldas al Estado sino forzar a que actúe en beneficio de las mayorías. No sería conveniente que renunciaran a participar en el ámbito institucional sino apropiarse de estos espacios con el objetivo de democratizar, una vez más, el aparato estatal y las instituciones públicas: desde un punto de vista formal –más actores y más canales de participación– y desde un punto de vista substantivo –más materialización de derechos y libertades–.

Este asalto al Estado no se hará solo y es necesario trabajar para ello. Eso significa jugar al juego electoral y ganar comicios. Y no es suficiente conseguir una representación testimonial y tímida porque es necesario forzar la construcción de una nueva estructura de oportunidad política que pueda dar la vuelta a los presupuestos hegemónicos neoliberales. Para eso es necesaria una apuesta valiente y decidida que rompa los esquemas de los otros –y los propios si es requerido–.

El principal problema del campo político y social progresista de la península no es la capacidad de diagnóstico o alternativas futuras, sino que radica en el terreno organizativo y de agencia. Y no podremos conseguir un objetivo de ruptura de las dinámicas actuales regresivas sin una fuerta alianza de actores políticos y sociales. ¿Pero cómo tiene que ser ésta? En un contexto de crisis de la mayoría de fuerzas políticas del sistema de partidos, otros actores que los que han jugado tradicionalmente en el ámbito institucional deben entrar en escena y buscar incidir tanto en los poderes públicos como en los partidos que apuestan por el cambio social.

Estas nuevas subjetividades pueden aportar nuevos contenidos pero sobre todo nuevas formas de hacer política. Ahora bien, estos nuevos actores no podrán conseguir hegemonías políticas y electorales por sí solos.

Diversas subjetividades, con historias, experiencias y narrativas propias, deben empezar a confluir. Des­de la diversidad y la pluralidad, se debe iniciar a pensar en un cambio de escenario. Lo viejo y lo nuevo, pero también lo político y lo social, tienen que dialogar de manera constructiva, deben ser conscientes del grave panorama que tenemos delante y quererlo cambiar. No es tarea fácil pero nos jugamos el futuro. Si asumimos la apuesta de la lucha institucional, debe tenerse en cuenta que las lógicas electorales no son las mismas que las de la calle. Lo que importa en la lucha por el acceso a las instituciones es conseguir el máximo número de votos, y de escaños y de gobiernos.

Nadie puede continuar haciendo lo que hacía sin reinventarse: ni partidos ni movimientos. Debemos ser capaces de construir futuros y anhelos compartidos, de reconstruir identidades, de hablar lenguajes compartidos que posibiliten la sintonía con las mayorías sociales. Arriesgarnos a salir del núcleo de iguales. En política es necesario ser más estratégicos y menos moralistas.

Debemos tener claro que las lógicas que deben operar en este nuevo escenario son diversas a las que están acostumbrados a jugar los sujetos transformadores, nuevos y viejos.

*Esto es un resumen de un texto más largo de próxima publicación en la obra colectiva Perspectives.

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