Opinión
Horario escolar, un falso debate

Pensar un modelo de escuela que no replique el mundo del trabajo.

13/12/16 · 8:00
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Ante la necesidad de construir un nuevo modelo de escuela, surge la duda legítima sobre el horario que ésta ha de defender. La apuesta decisiva por la jornada continua del Partido Popular en la Comunidad de Madrid invita a cuestionar cuáles son las razones del gobierno regional para tan ardua defensa.

Y es precisamente esta sombra de duda sobre la 'bondad educativa' de las administraciones menos defensoras de lo público las que nos subvierten y nos acercan, casi irremediablemente, hacia el posicionamiento contrario: la partición de la jornada escolar entre la mañana y la tarde.

Sin embargo, esta precaución, necesaria cuando analizamos decisiones políticas que afectan al modelo educativo –sostén de progreso de cualquier sociedad y herramienta indiscutible para acabar con la desigualdad–, está imposibilitando un debate que ahonde sus raíces en el análisis pedagógico de las propuestas escolares vigentes y de la necesaria revisión de las mismas.

Detrás de esta polémica, poca gente pone en cuestión la lógica de un sistema de escuela pública que nace en el siglo XIX con el objetivo de formar nuevos y nuevas trabajadoras serviles.

Fuerza de trabajo capaz de hacer frente a los retos tecnológicos que el nuevo capitalismo necesitaba –y necesita–. Bajo este paradigma, la jornada escolar partida atendía –y atiende– a una adecuación del horario del mundo infantil y del adulto. Además de contribuir a replicar el modelo de trabajo externo que se verán obligados y obligadas a repetir en el futuro bajo esta premisa horaria.

Así los modelos familiares mantienen su conciencia productiva tranquila y su lucha laboral deja de reivindicar menos horas semanales que fomenten el ocio compartido con los y las más pequeñas.

Apostemos por un ideal de escuela que despierte el placer de crear y de buscar el conocimiento

Ante este hecho, que parece irresoluble –debido a las pocas probabilidades de revertir a corto plazo las condiciones casi esclavistas que inundan nuestro mercado de trabajo–, sería bueno repensar hacia qué modelo ideal de escuela queremos caminar para lograr construir una sociedad más creativa, más crítica, más participativa y más solidaria.

Por eso, antes de decidir qué horario de clase es mejor, nos hemos de acercar sin prejuicios estadísticos a las necesidades de las y los más pequeños.

Quizás de este modo podamos entender que nuestras hijas necesitan tiempo tranquilas, alejadas de la hiperactividad extraescolar, inmersas en pautas de juego y descanso afines a su edad. Y en este contexto, arropadas por una escuela que divide sus tiempos más allá del recreo y que organice actividades motivadoras dentro y fuera del aula, el dicotómico enfrentamiento entre jornada partida y continua carecería de sentido. De hecho, incluso ahora, parece un debate forzado que no revisa los verdaderos problemas de nuestro sistema educativo.

El horario elegido no garantiza que los conflictos en el patio se resuelvan en el aula desde el respeto al niño y niña ni desde el fomento de una convivencia proactiva que genere autonomía y reflexión permanente sobre el manejo de las emociones.

Tampoco asegura ni aleja la participación familiar en los contextos educativos, más ligada por defecto al modelo de sociedad individualista y a horarios laborales infinitos.

Además, no promueve la multiplicación, o no, de comedores escolares con un proyecto de alimentación ecológica y que resulte inclusivo.

Ni garantiza el éxito en el aprendizaje, ni resuelve el aumento de la escuela concertada y privada.

Los factores que dirimen esta realidad, independientemente de las pautas horarias, tienen más que ver con el modelo educativo, que, indiscutiblemente, resulta heredero y promotor de las carencias sociales y económicas que nos asolan.

Tal vez por eso, hoy más que nunca, sería preciso que aboguemos por la honestidad y que centremos nuestro debate en el ideal de escuela que perseguimos: una escuela construida para que el futuro nos contemple como hacedores de utopías, que abogue por la igualdad y que, como decía Albert Einstein, despierte "el placer intrínseco al ser humano de crear y de buscar el conocimiento" o una escuela que siga representando el sostén de un sistema económico fagotizador de vida y que nos abandona sumidas en la prisa hacia ninguna parte.

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