Opinión
Por un Madrid municipalista

El autor explica cuál es el proyecto de municipalismo de Juntas Podemos de cara al proceso de primarias abierto en la Comunidad de Madrid.

, Miembro del Instituto DM y firmante del documento de municipalismo de Juntas Podemos
26/10/16 · 12:23
Manifestación en mayo de 2013 del centro social Seco con el lema "Nunca más un barrio sin nosotros". / Adolfo Luján

La abstención del PSOE pondrá fin a la tragicomedia electoral de los últimos meses, un sórdido teatro que –además de provocar hastío al espectador– ha vuelto a mostrar la verdadera naturaleza del socialismo patrio. A saber: su papel como la pata progre del régimen del 78. Nada que el 15M no nos hubiese enseñado ya –aunque algunos se hayan esforzado en olvidarlo–.

Así las cosas, todo parece indicar que lo del Partido Popular en el pleno de investidura va a ser un mero paseo con guion pactado de antemano. La cosa discurrirá más o menos así: después del asentimiento de Ciudadanos, y tras algunos forcejeos verbales y aspavientos de la bancada socialista, “¡nos abstenemos pero somos la leal oposición!”, el sainete terminará con la entrega del gobierno a Rajoy. Y todo por responsabilidad política y sentido de Estado. Mirada larga, ya se sabe. Tópicos aparte, asistimos a un cambio de ciclo que plantea múltiples retos a las denominadas “fuerzas del cambio”. Entramos en un escenario marcado por la crisis y una anunciada oleada de austeridad (por ahora un “ajuste” de 5.500 millones) que requerirá de nuevas hipótesis y prácticas. Por no hablar de audacia política.

Desde la perspectiva del municipalismo madrileño, esta nueva legislatura abrirá un espacio lleno tanto de obstáculos como de posibilidades. Superar los primeros y aprovechar las segundas dependerá de la capacidad que los agentes municipalistas y Podemos demuestren a la hora de enfrentar la coyuntura. Ello implica superar diversos bloqueos que hasta ahora han impedido impulsar políticas verdaderamente transformadoras.

En Podemos el principal freno sigue llamándose Vistalegre, acto fundacional de una cultura partidaria verticalista e inorgánica; en el ámbito municipalista se llama gobernismo o, de otro modo, el confinamiento de la vida política de pueblos y ciudades entre los estrechos muros de la institución. Ese tibio “gobierno para todos” que, intentando conciliar intereses irreconciliables, termina legislando –o mejor, gestionando– para los de siempre. En las elecciones de Podemos para la Comunidad de Madrid se juega gran parte de las oportunidades de este nuevo ciclo. No sólo se trata de elegir un Consejo Ciudadano potente, sino de construir colectivamente una línea política que debe alterar, y de forma contundente, los objetivos y el rumbo de una maquinaria electoral averiada.

Pero, ¿en qué medida afectarán estas elecciones al municipalismo madrileño? Como decía, en este proceso electoral se definirán las líneas maestras del partido para la Comunidad de Madrid –desde su estructura territorial hasta el papel de los Círculos–, lo que implicará construir un proyecto específico en relación con las diferentes candidaturas municipalistas, sus asambleas y entornos movilizados. Perseverar en actitudes orgánicas pacatas y centradas en el ámbito institucional, concediendo más protagonismo a los cargos en detrimento de los movimientos del territorio, no nos llevará muy lejos. Tampoco lo hará abusar ad nauseam de la comunicología política.

No se trata de menospreciar el terreno ganado durante del asalto institucional, se trata de forzar sus costuras y articularlas con realidades sociales más complejas, las cuales –si queremos hacer avanzar el ciclo del mejor modo– tendrán que actuar como contrapoder. Pues sin un ecosistema autónomo, antagonista y en movimiento, una red distribuida que apoyará siempre de manera condicional los espacios municipalistas, será muy difícil materializar cualquier aspiración real de autogobierno, justicia social o redistribución de la riqueza en nuestros pueblos.

Autogobierno, autonomía, federación

Las candidaturas municipalistas han sido capaces de vertebrar una estrategia inédita a lo largo y ancho de toda la Comunidad de Madrid, sumando en su seno buena parte de los activos sociales y políticos de los territorios. Aquellas más potentes han sabido conjugar de manera virtuosa sus diferencias, pugnando –a pesar de las dificultades– por construir dinámicas de autogobierno. Esto es, desdibujando la distancia existente entre gobernantes y gobernados e intentando dar forma a una verdadera democracia de proximidad.

En este sentido, uno de los valores fundamentales del municipalismo ha sido su autonomía. Algo lógico, pues nadie como quien integra estos espacios singulares para esbozar un proyecto político que debe ser –por definición– tremendamente concreto y particular. Y es que los municipios hablan una lengua peculiar que requiere de un conocimiento práctico difícilmente transferible de un enclave a otro. Aunque, por supuesto, nos encontremos con problemas compartidos por comarcas enteras y otros que atraviesan toda la escala municipal –como la Ley Montoro o los inmensos agujeros de deuda, legado de años de corrupción–.

Un programa municipalista a la altura de la Comunidad de Madrid debería fomentar y preservar la autonomía del municipalismo, evitando cualquier tentación de coordinación o injerencia desde arriba. No se trata, por supuesto, de renunciar a un diálogo fluido con las candidaturas, entendiendo –además– que el municipalismo desborda el plano institucional. De hecho, promover foros temáticos o de discusión política –Espacios abiertos por el cambio– a escala municipal y autonómica puede ser un buen método de establecer nexos y feedback entre distintas escalas.

Así, Podemos podría dotar de recursos y asesorar al entorno municipalista que sigue en construcción en la CAM, comprendiendo mejor las necesidades de un área metropolitana tan inmensa y desigual así como el de un entorno local lleno de diversidad. Ello permitiría dar forma a un proyecto político más coherente al tiempo que descentralizado, por ejemplo, una Federación autónoma de municipios orientada por principios de justicia social. La clave de dicha Federación no serían las instituciones, sino el municipalismo en una acepción más amplia y sus conflictos, pues el sentido de federarse –de sumar las energías de diferentes enclaves políticos– es la solidaridad territorial y la pugna común por la transformación social. Algo que va desde el diseño de políticas compartidas o la lucha por un conflicto común hasta un acuerdo colectivo de desobediencia institucional. No olvidemos que la unión siempre puede hacer marea.

Autonomía, foros de discusión estratégica y federación son ideas fuerza que pueden servir –junto a las dinámicas de autogobierno– para la creación de un movimiento municipalista más versátil y con una mayor implantación territorial.

Un programa municipalista para la Comunidad de Madrid

Como señalábamos más arriba, sólo un municipalismo capaz de incluir en sus dinámicas agentes movilizados –desde sindicatos combativos y plataformas por los servicios públicos hasta las demandas de Centros Sociales y los movimientos por la vivienda– será capaz de materializar una transformación de su entorno local. De hecho, hoy más que nunca las candidaturas de unidad popular necesitan de unos ecosistemas sociales que se encuentran dañados por la intensidad del ciclo.

Es necesario vincularse y apoyar dichos movimientos desde los territorios, pensando estratégicamente junto a ellos, aunque muchas veces tenga que hacerse contra las inercias de los propios ayuntamientos. Las instituciones, para ser útiles, deben estar subordinadas a las demandas sociales y al movimiento. De no ser así, se convertirán en espacios que reproducirán los intereses de una nueva clase política, quizá algo mejor, pero sin duda atrapada por lógicas burocráticas y presiones económicas que terminarán por engullirla. El neoliberalismo puede ser increíblemente persuasivo.

Además de estar enraizado en los barrios y conflictos locales, el municipalismo debería poner su empeño en hacer realidad sus programas, impulsando iniciativas que devuelvan al común los recursos –la riqueza social– expropiados por las prácticas clientelares, explotadoras y corruptas del régimen del 78. Por todo ello, será necesario trabajar por el cambio de los modelos productivos locales, fundándolos en principios de justicia social, comercial y medioambiental, acabando así con las “máquinas de crecimiento” que protagonizaran la burbuja inmobiliaria.

En este mismo sentido, fomentar las auditorías ciudadanas de la deuda servirá para denunciar a los responsables del desfalco económico, permitiendo impulsar políticas que rompan contratos lesivos para lo público y repartan mejor la riqueza entre trabajadoras y trabajadores, como la remunicipalización –o municipalización– de los servicios públicos. También habrá que mejorar las metodologías participativas, yendo más allá del fetichismo on line para generar espacios de deliberación capaces de producir resoluciones vinculantes (siempre adaptados, claro está, a la realidad local).

Será necesario promover desde Podemos un municipalismo ecologista, un urbanismo no depredador y, sobre todo, una comprensión del territorio capaz de expresar su diversidad: no es posible entender Madrid sin aludir a su carácter mestizo y permaneciendo ciegos ante una realidad desigual que ha leerse en clave de género y clase social. Por esto último, y en vista de los recortes que vienen, Podemos debería promover un plan de rescate ciudadano concertado con los municipios, luchando por instituir un modelo de Renta Básica Municipal.

En las elecciones de documentos político-organizativos y del Consejo Ciudadano de Podemos en la Comunidad de Madrid hay mucho en juego. Tanto para quienes están en Podemos como para quienes no lo están. Podemos puede ser un espacio útil tanto para el municipalismo como para una sociedad sometida a los golpes de la austeridad: puede ser un buen catalizador político de la indignación ante la crisis. Una herramienta de transformación política que vuelva a operar desde el marco del antagonismo. Pero también puede ser un espacio viscoso que bloquee las energías sociales, concentrando sus esfuerzos en el plano de la representación, ampliando la apatía institucional y propiciando un simple recambio de élites.

Toca decidir.

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