Opinión
La crisis política y la de Podemos

La única alternativa que se vislumbra es un gobierno progresista comandado por el PSOE; magra perspectiva que, aparte del cuantioso sacrificio que exige.

, Historiador, Logroño
23/09/16 · 8:00
Iñigo Errejón, en el Congreso de los Diputados, el 13 de septiembre. / Podemos

Los más de 300 días que llevamos sin Gobierno electo suponen un aprieto sin precedentes en los últimos cuarenta años, pero esta situación de bloqueo político no ha puesto de momento en riesgo el funcionamiento institucional. En efecto, vemos que sigue habiendo un gobierno en funciones que se niega a pasar por ningún control parlamentario, con el resultado de que nuestra sufriente cotidianidad apenas se ha visto modificada por el impasse: las colas en las listas sanitarias persisten, colegios e institutos están forzados a aplicar una LOMCE impuesta y los cuerpos policiales siguen ejecutando desahucios.

El estancamiento está siendo además relativamente cómodo para el PP, pues lo vive desde una situación de hegemonía política que le permite marcar los tiempos. Desde un Parlamento acogotado comprueba de manera satisfactoria cómo sus oponentes quedan neutralizados ante el dilema insalvable de querer echar a Mariano Rajoy y, a la vez tener, que contar con el PP como la principal fuerza del hemiciclo.

Impasible el ademán

En este escenario el PP se presenta como una roca granítica, sometida a la presión de los elementos –los casos de corrupción– que la erosionan y desgastan, pero que no pueden impedir que su presencia continúe ensombreciendo el panorama. Ni siquiera hay que temer ningún tipo de presión fuera de las instituciones: el mutismo de los agentes sociales –especialmente de los dos sindicatos mayoritarios, que no parecen estar por la labor de plantear conflicto– está resultando tanto más clamoroso en cuanto que vamos percibiendo mejor el desgaste de la vía institucional para el cambio.

Las elecciones del 26 de junio no sólo certificaron que el sorpasso aún quedaba lejos, sino que demostraron el declive del liderazgo mediático de Pablo Iglesias. Desde entonces, tanto la coalición Unidos Podemos como el propio Podemos se encuentran desgarrados por diferentes luchas internas, donde las apelaciones a la transparencia y al debate legítimo de ideas apenas encubren con una pátina de cinismo las intrigas, las maquinaciones, el enfrentamiento por el poder y la lucha de egos existentes.

Con esta difícil tesitura, la única alternativa que se vislumbra es un gobierno progresista comandado por el PSOE; magra perspectiva que, aparte del cuantioso sacrificio que exige, se complica por las resistencias que despierta entre los barones regionales socialistas, quienes después de haber conseguido sus respectivas presidencias autonómicas se sienten con ánimos de predicar las virtudes de una oposición constructiva. Incluso hay quien, desde la periferia, proclama la necesidad de contar con Ciudadanos, pasando sin problemas ni complejos del Frente Popular al Frente AntiRajoy.

En apenas dos años el vago pero ilusionante horizonte de cambio político y social que prometía Podemos se ha reducido a un cambio de gobierno estrechamente vigilado por la troika y los mercados. La crisis política ha entregado una gravosa factura a la formación morada, que por el afán de aparecer responsable y transversal, soltó los lastres utópicos. Ahora bien, nutrida como estaba en sus comienzos de una militancia principalmente ética –caracterizada según los expertos por un elevado nivel de ideologización y un rechazo de las jerarquías rígidas– proveniente de los movimientos sociales, fue una estrategia kamikaze.

La crisis política es pasajera porque las instituciones siguen funcionando; la de Podemos, en cambio, se perpetúa en una crisis existencial, pues de instrumento del cambio ha pasado a ser otra pata más del régimen.

Tags relacionados: Podemos
Imprimir Imprimir
Versión PDF PDF
Enviar por e-mail Enviar
Corregir
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0