La izquierda y sus viejos errores

El autor se pregunta si hemos aprendido de la izquierda de la Transición, que fue incapaz de constituirse en un espacio de convivencia plural y democrática.

, historiador.
26/06/16 · 8:00

La confluencia electoral con vistas a la cita del 26J emplaza a la izquierda española ante un nuevo escenario. La fórmula representada por Unidos Podemos está llamada a desembocar en una situación permanente que trastocará el panorama político postelectoral, sobre todo después de haber alcanzado en las encuestas hitos como superar a una de las patas del bipartidismo y amenazar la supremacía de la otra.

La izquierda parlamentaria nunca habrá contado con tanto peso en la Cámara Baja como en la legislatura que comience el próximo 19 de julio

Independientemente de lo que se produzca, en 40 años de régimen democrático, la izquierda parlamentaria nunca habrá contado con tanto peso en la Cámara Baja como en la legislatura que comience el próximo 19 de julio.

Una situación sin parangón no impide que podamos recurrir a la historia reciente –historia magistra vitae est, como reza Cicerón– en busca de alguna lección que alumbre el futuro próximo. El espejo de la Transición permite realizar algunas analogías.

Parece una obviedad: durante este proceso de aglutinación habrá tensiones, algunas de las cuales ya hemos empezado a barruntar, fruto de una polarización cuyo carácter es más ideológico que económico o político: puntos programáticos anteriormente destacados como la auditoría de la deuda o la salida de la OTAN, han sido sacrificados con una oposición apenas audible.

Los debates revisten unas reminiscencias que recuerdan de manera inevitable las controversias sobre asuntos doctrinales tan destacados en los 70 como la adopción del eurocomunismo por parte del PCE o el abandono socialista del marxismo.

A propósito de éstos, Juan Antonio Andrade proporciona algunas claves interesantes. Tanto comunistas como socialistas partían de la necesidad de cohesionar unas bases plurales para ganar elecciones democráticas, lo que implicaba revisar una combativa identidad sostenida a duras penas durante la larga noche franquista.

Mientras que los primeros reemplazaron una identidad por otra, poniendo boca abajo los viejos referentes simbólicos y generando tensiones con la militancia, el partido liderado por Felipe González renunció a las preocupaciones doctrinales para abrazar el pragmatismo modernizador: lo importante ya no era la definición ideológica, sino un proyecto de reformas estructurales.

El verdadero valor de estas conclusiones no reside en mimetizar la receta triunfadora. Lo interesante sería alcanzar compromisos programáticos en torno a cuestiones cru­ciales –sustentados en la ruptura que en principio encarnaría la nueva confluencia–, manteniendo un cauce de diálogo con las culturas políticas que se encuentran en los cimientos. Un equilibrio ciertamente precario, pero imprescindible para no degenerar en un partido tecnocrático.

Otra advertencia incide casualmente en la participación de las bases. Las fuerzas enclavadas a la izquierda del PCE, que apostaron con fuerza por la ruptura, se significaron, como señala Gonzalo Wilhelmi, por el sectarismo de sus cúpulas, alimentando el autoritarismo y socavando la democracia interna. Ésa fue la verdadera razón de su fracaso, y no tanto un comportamiento político.

La izquierda de la Transición, en todas sus modalidades, fue incapaz de constituirse en un espacio de convivencia plural y democrática, y atractivo por tanto para sectores no identificados en principio con esta ideología. ¿Hemos aprendido de estas enseñanzas?

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