Opinión | Un año de Gobiernos del cambio
Municipalismos en 3D: ¿y si territorializamos a Max Weber?

Como respuesta a la crisis y como cultura política de estos lares, el municipalismo en 3D ha venido para quedarse.

, integrante del ISEC –Universidad de Córdoba–
13/06/16 · 17:13

A diferencia de los países centrales de Europa, las organizaciones contestarias sui géneris ligadas a un territorio específico, como indicaba el sociólogo Joe Forewaker, son una tradición. Hablo aquí de las corrientes nacionalistas periféricas, de culturas anarquistas y libertarias, de tradiciones aún vigentes de manejos comunales, del arraigo que se suele tener a un barrio o a un pueblo a la hora de identificarse como sujeto social, de experiencias de un sindicalismo desde comisiones autónomas.

Propongo que miremos el municipalismo en 3D como una expresión actualizada, junto a otras, del anterior rastro histórico. Por municipalismo en 3D aludo a tres dimensiones: democratización local –se abren instituciones, se promueve la participación directa–, dignidad –desde rescates sociales a nuevos derechos– y deglobalización –construcción de economías pegadas al territorio– tan presente en buena parte de las candidaturas emergentes que se presentaron a las elecciones locales de 2015.

Como respuesta a la crisis y como cultura política de estos lares, el municipalismo en 3D ha venido para quedarse. Sobrevivirá, y lo hará con un sentido de emancipación, si es capaz de, primero, no convertirse en un eslabón de la jaula de hierro a la que se refería Max Weber. Es decir, si no acaba engullido por las maquinarias modernas que, lejos de ver territorios y personas, conciben pueblos y ciudades como contenedores para sus proyectos: sustituyendo democracia por participación del click; legitimando deudas ilegítimas y ahondando en el modelo financiero; preservando el status quo de los caciques locales para evitar ataques frontales de las élites mediáticas; aparcar batallas culturales de la memoria histórica o por la libertad de expresión para no molestar la ira de ciertos nobles de la política.

Y en segundo lugar, será un instrumento emancipador si, en paralelo, construye una constelación de intereses y una legitimidad favorable que camine por esas 3D. Pero no en un sentido de liderazgo vertical, como indicara el liberal Weber, si no de complejidad horizontal: favoreciendo el hacer cooperativo desde economías más locales o desde entramados comunitarios educativos o de salud; promoviendo (co)gestión ciudadana a la menor oportunidad en servicios o empresas municipales; y, ante todo, reconociendo que el ayuntamiento es sólo un catalizador de la vida social de un territorio –democratizar la república, decía Murray Bookchin–; y que, a la postre, la democracia habrá de conquistarse y radicalizarse desde fuera, desde las instituciones sociales.

Claro está, que las candidaturas emergentes han enfrentado problemas con los que no contaban o contaban muy poco. Un cuerpo técnico acostumbrado y abierta o sutilmente conducido por gestiones mercantilistas, autoritarias y en connivencia con élites empresariales locales. Unos ritmos y pautas burocráticas que obligan a hacer un máster administrativo antes de que un concejal o concejala plantee una medida concreta. Un vaciamiento del poder municipal a través del mecanismo de endeudamiento forzado por el Estado y, en particular, de la Ley Montoro. Además, los nuevos gobiernos no parten de una mayoría social o política favorable a sostener cambios rupturistas. Es aún poco tiempo para saber de los impactos que esta parte del municipalismo tiene en el corto plazo en agendas locales, en las formas de (co)gobierno que asienta y en la relación –constructiva y conflictiva llegado el caso– con el afuera institucional.

Preocupan las concesiones simbólicas a una derecha que se quiere hacer fuerte en esas batallas culturales

Inquieta, por eso, ver que hay ayuntamientos engullendo los músculos y las creatividades sociales a marchas forzadas. Preocupa comprobar las constantes concesiones simbólicas a una derecha que se quiere hacer fuerte en esas batallas culturales. Hecho de menos un mayor intercambio de estas apuestas municipalistas: entre sí y en conversación directa –que no complicidad– con quienes construyen instituciones sociales al margen de este Estado neoliberal.

Hagamos de los territorios algo vivo y desbordante, no meros contenedores de recursos, no simples alfombras para implantar un proyecto bajo una organización de liderazgo fuerte. Propongamos un municipalismo articulado en 3D como una firme herramienta política que, atravesando nuestra cotidianeidad y entrelazando muchas apuestas, inspire una vocación política y alce el vuelo hacia problemas y derechos globales, no como concesión de unas élites, si no desde una articulación territorial de los descontentos que nos oprimen.

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