De marea destituyente a proyecto político

El Mediterráneo ha sido el escenario de una revuelta que ha cuestionado el proyecto europeo ­neoliberal desde dos frentes: el de los espacios neocoloniales del norte de África y el de las economías semi-periféricas del sur de Europa.

, Activista y miembro del Instituto Democracia y Municipalismo
26/04/16 · 7:16
Asamblea en Lavapiés para apoyar a los refugiados sirios en septiembre de 2015. / Juan Zarza / Diso Press

Desde finales de 2010 hasta la reciente Nuit De­bout francesa, no hemos dejado de escuchar un grito de descontento similar a ambos lados del Mediterráneo: Déga­ge! (¡lárgate!) en Túnez, Erhal! (¡vete!) en Egipto, ¡No nos representan! en España, Que se lixe a Troika! (¡Qué se joda la Troika!) en Portugal o Güle Güle (¡vete, vete!) en Turquía. Por no hablar de Marruecos, Eslove­nia o la increíble ola de movilizaciones griega. El Mediterráneo –como zona geopolítica fronteriza– ha sido el escenario de una revuelta que ha cuestionado el proyecto europeo ­neoliberal desde dos frentes: el de los espacios neocoloniales del norte de África, origen de la insurrección popular, y el de las economías semi-periféricas del sur de Europa.

Más allá de las diferencias culturales o especificidades económico-políticas de los territorios, la cartografía de la revuelta ha manifestado diversos rasgos comunes. La crisis financiera global de 2007 golpeó  duramente –aunque no por igual– todo el área del Mediterráneo. Pero lo que en Europa iba adoptando la forma de una precarización estructural, en África se traducía en una polarización cada vez más extrema. En este sentido, lo más representativo de las movilizaciones ha sido la deslegitimación de varios gobiernos democráticos y autoritarios, tan esenciales para el proyecto de la UE como ajenos a las demandas de la ciudadanía. Deslegitimación que ha seguido diversas trayectorias: nuevas elecciones, construcción de herramientas políticas novedosas, derrocamiento de gobiernos e incluso –siempre, por supuesto, en el espacio neocolonial– intervenciones armadas del occidente “civilizado”.

Siempre en aras de conseguir mayores audiencias, las apuestas rupturistas terminaron por diluirse

Si bien esta ‘marea destituyente’ internacional siguió patrones análogos en sus formas de protesta –convocatorias multitudinarias, toma de plazas, acampadas en espacios públicos o gubernamentales, tecnopolítica en red, etc.–, probablemente el 15M sea hasta ahora el movimiento más novedoso de todo el ciclo. Sobre todo por su dinámica de intervención análogica y virtual, por lo sostenido de su conflictividad –tres años de confrontación social–, métodos organizativos y capacidad política de mutación.

La indignación del 15M no sólo rompió con los consensos del 78, abriendo el imaginario colectivo a narrativas alternativas, sino que acometió ma­te­rial­mente –por la vía de la praxis– una transformación política, simbólica y afectiva en una parte importante de la población –y no sólo dentro de la esfera movilizada–.

La territorialización del movimiento posterior a las acampadas iniciales, su pluralización, fue un gesto estratégico esencial del 15M: adquiriría así capilaridad a través de su participación en diferentes conflictos –vivienda, ­sanidad, educación, etc.–, repro­duciéndose autónomamen­te –siempre con una coordinación flexible, de enjambre–.

Haciendo retrospectiva, no es difícil ver en este ‘arraigo territorial’ la semilla de lo que luego serían las candidaturas municipalistas y los malogrados Círculos de Po­demos. Pero los procesos de traducción entre movimientos y partidos son siempre complejos. A veces se conjugan entre la virtud y el desastre.

Sin entrar a analizar en profundidad dinámicas organizativas, lo cierto es que el ‘trasvase’ partidario de las movilizaciones se ha hecho a un alto precio: el ejercicio de violencia competitiva sobre una trama horizontal y cooperativa no ha dejado de multiplicar antagonismos. Los cuales, acentuados por el crecimiento de Podemos y el ciclo electoral, han terminado por desertizar ecosistemas movilizados por completo. Precisa­mente en un momento en el que la existencia de un ‘afuera’ institucional es más que necesaria.

Por otra parte, las demandas colectivas, radicalizadas en 2011 –proceso constituyente, impago de la deuda–, también sufrieron un rebajamiento al pasar de las calles al plató. Siempre en aras de conseguir mayores audiencias, las apuestas rupturistas terminaron por diluirse en significantes cada vez más normalizados. Y es que la conversión de una multitud indignada en ciudadanía bien vestida –por qué llamarlo transversalidad cuando quieres decir clase media–, es decir, vestida de hegemonía, no es sencilla. Ahora bien, toca hacer balance de cuánta energía constituyente resta y cuánto de régimen hemos llegado a tragar en el proceso. ¿Qué dinámicas virtuosas perseveran en relación con el 15M? ¿Cuáles se han evaporado? ¿Qué aportes partidarios han continuado, cercenado o ampliado la estela del movimiento?  

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