Hacia la construcción del poder popular: retos y riesgos del ciclo electoral

Desde hace un tiempo, hemos podido observar como han surgido nuevas propuestas políticas de cariz institucional que, partiendo de las luchas sociales radicadas en la crisis, han cojido una fuerza que, como mínimo, ha afectado al orden bipartidista reinante desde principios de los años ochenta.

, militante de Embat, organización libertaria de Cataluña.
11/03/16 · 8:00

Desde hace un tiempo, hemos podido observar como han surgido nuevas propuestas políticas de cariz institucional que, partiendo de las luchas sociales radicadas en la crisis, han cojido una fuerza que, como mínimo, ha afectado al orden bipartidista reinante desde principios de los años ochenta.

Así hemos podido ver como sectores de los movimientos sociales dejaban su antigua militancia por nuevas formas de actividad política; en otras ocasiones han sido partidos ya existentes anteriormente, que han conseguido validar sus propuestas gracias al aumento de las contradicciones y la consecuente concienciación del pueblo; también nos hemos encontrado organizaciones con programas caducos, cambiando de colores y sillas para ser partícipes de la 'new age' política o, incluso, y a la vez más preocupante de todo, hemos visto como la derecha se ha sumado al carro copiando las formas y erigiéndose como un nuevo sector ciudadano indignado por las lógicas corruptas y partidistas del régimen.

Asumiendo el amplio abanico de propuestas existentes, hay algo que parece repetirse: todos participan en una disputa por representar los movimientos sociales, todos se quieren mostrar como la evolución lógica de las luchas enraizadas en el 15M. Así pues, es de vital importancia detenernos a analizar este ciclo electoral, ahora que está llegando a su fin, para no perdernos en las promesas de cambios ficticios, a la vez que saber distinguir las posibles puertas que se puedan abrir.

Los límites de las luchas

A partir de unas declaraciones de Ada Colau y su círculo cercano de militancia, en un momento dado se empezaron a oír voces que apuntaban a la existencia de un techo de cristal en los movimientos sociales. Según este relato, las reivindicaciones de las diferentes luchas se han encontrado con un metafórico techo de cristal que no les ha permitido materializarse en cambios legislativos. De esta manera se intenta evidenciar que, por la vía extraparlamentaria, se pueden desarrollar iniciativas pero con un impedimento real de conseguir victorias. Este hecho lleva a la necesidad de tener representación en las instituciones, ya que así una vez dentro se podrían realizar estos cambios.

El ejemplo perfecto que se utiliza pera escenificar esto se encuentra en la misma PAH. Según la actualmente alcaldesa de Barcelona, "la PAH lleva cinco años luchando para conseguir unos mínimos muy mínimos, como dación en pago, (...) a pesar de este apoyo masivo, a pesar que las encuestas nos dan apoyo masivamente, el techo de cristal es claro, porque la mayoría absoluta del Partido Popular bloquea absolutamente unas medidas de mínimos que, para que se aprueben, tienen que pasar por la capacidad legislativa de modificar la ley.

Nosotros pensamos que este relato no deja de ser una herramienta propagandística que han utilizado ciertos círculos políticos para conseguir cuotas de poder, infravalorando la capacidad potencial de los movimientos de base y dejándolos en segundo término. Algo importante a hacer notar es que la forma en como se configura este concepto parte de un análisis muy superficial de los últimos procesos de lucha. Cuando hablamos de techos de cristal, no estamos haciendo más que hablando de límites. Como todo límite, requerimos entender que factores lo construyen, y que líneas hay que desarrollar con tal de superarlo.

A nuestro parecer, los principales límites con los que se ha encontrado este ciclo de luchas están en su capacidad política y organizativa. Cuando hablamos de capacidad política queremos hacer notar la necesidad de que los movimientos populares logren ser un actor político, es decir, un agente con una hoja de ruta propia, con sus propuestas políticas, ya sea materializadas en forma de reivindicaciones como en iniciativas propias al margen de las instituciones; es decir, con un programa común en el que trabajar para poder proyectarse, así como delimitar y asumir objetivos. Debemos superar la tradicional postura de reacción para poder tener un papel activo en la sociedad. Para tal fin es necesario tener un proyecto de sociedad para el conjunto del territorio así como un proyecto de ciudad construida desde fuera y desde abajo. Sin propuestas tangibles, los movimientos sociales nunca dejarán de ser músculo para partidos políticos, como describiremos más adelante.

Cuando hablamos de capacidad organizativa nos referimos a un aspecto muy relacionado con el anterior. Los movimientos populares están divididos en diferentes ámbitos de lucha, ya sea laboral, vecinal, feminista, ecologista, vivienda, etc. Este hecho lleva a que cada ámbito de lucha se ha convertido en un movimiento en sí, es decir, en vez de existir un movimiento popular con diferentes frentes de lucha nos encontramos con un conjunto de movimientos con relativa relación entre ellos, más allá de coordinaciones puntuales para lanzar proyectos concretos. De esta forma, las carencias organizativas y políticas se convierten en un pez que se muerde la cola, pues la una alimenta las carencias de la otra.

Somos conscientes de que esta cuestión no se ha producido por falta de voluntad, pues han sido numerosos los intentos de caminar en esta línea, tantos como las veces en que se ha fracasado. Pero debemos hacer notar que existen una serie de factores previos que lo han condicionado. Por este motivo, creemos que una tarea importante a hacer es entender los motivos por los cuales nos hemos encontrado con esta traba. Aunque estos son muchos, hay uno en concreto que vemos necesario comentar: la incapacidad de la izquierda para trazar puntos comunes.

Existe cierta tradición que ya parece ser endémica hacia el grupuscularismo, la desconfianza y el buscar los intereses particulares por encima de los comunes. Tenemos que saber distinguir las organizaciones propias de los instrumentos más amplios, que son por esencia más diversos ya que tienen que agrupar diferentes sensibilidades. Es decir, plantear puntos comunes es difícil si se hace bajo parámetros de tipo programáticos o identitarios a una ideología. Debemos asumir que existen una pluralidad de identidades y luchas. ¿Cómo queremos conseguir que el pueblo tenga suficiente fuerza para arrebatarle concesiones al gobierno si ni tan siquiera los sectores políticos que trabajamos en ello nos podemos poner de acuerdo en cómo hacerlo?

Estos hechos, unidos a la poca experiencia de movimientos como el 15M (debemos tener presente que desde las últimas luchas posteriores a la transición hasta hace pocos años ha existido un desierto contestatario muy grande, perdiéndose mucha experiencia), han generado un precedente muy complicado para el actual ciclo de luchas.

Límites de las instituciones

Como decimos, los límites con los que nos hemos encontrado se originan en la capacidad política y organizativa, no en la falta de representación parlamentaria, que es lo que suponen las que nos han hablado de techos de cristal. Aún así, hay que reconocer que existe un tercer factor que es importante para avanzar, ya que la fuerza de un movimiento también está condicionada por la coyuntura en la cual se sitúa. Llegados a este punto, hay que decir que es evidente que las instituciones tienen cierta capacidad de incidir en la coyuntura en un corto y medio plazo. Por este motivo, creemos que es positivo que sean partidos de izquierdas los que representen a estas instituciones, ya que su perfil los sitúa en una posición de sensibilidad real u obligada respecto a los movimientos populares. Pero eso no quiere decir que el Estado o los ayuntamientos puedan ser agentes del cambio gracias a partidos rupturistas, más bien al contrario, ya que tienen su techo de cristal, que no es otro que el propio marco institucional en el cual se mueven.

A la hora de analizar las instituciones, hay que tener presente que el gobierno no es un agente autónomo dentro de las estructuras de poder, sino que es una pieza más de un engranaje muy complejo, donde la propia legalidad que lo ampara supone un límite para quien gobierna. De hecho, éste es uno de los fundamentos del parlamentarismo –sistema que supuestamente rige el ordenamiento político hoy en día– a partir del cual la separación de poderes asegura que las particularidades de los partidos políticos no puedan afectar al conjunto del sistema. Así pues, por muchas intenciones de cambio que tenga un grupo, cuando llega al poder se encuentra que el margen de maniobra que tiene es relativo, asumiendo finalmente el papel de gestor. El ejemplo perfecto de esta imposibilidad nos lo muestra el 'procés soberanista', donde a pesar de la voluntad de algunos partidos de celebrar un referéndum, el propio entramado legal se lo impide.

Así mimo, no debemos de olvidar que el Estado es una herramienta hecha para mantener unas estructuras de poder propias del capitalismo. Como sociedad de clases que es, funciona para enriquecer a una minoría parasitaria. De hecho, no debemos olvidar el peso que tiene la estructura económica sobra la política. Los hilos que mueven el mundo, y que hacen y deshacen según sus necesidades, no se encuentran ni en la Moncloa ni en el Palau de la Generalitat, sino en los despachos de las élites económicas mundiales, cosa que hace de la lucha por el poder una cosa bastante más complicada de lo que nos dicen los nuevos expertos en "romper techos de cristal". A veces da la sensación de que algunos partidos obvian este hecho al proponer fórmulas que recuerdan a las de la socialdemocracia de posguerra, las cuales se sitúan en una coyuntura diferente a la actual (fuerte industrialización y peso importante del comercio interior). Hoy en día, teniendo al comercio mundial y las finanzas como pilares, y aún más en una economía tan terciarizada como la catalana, son totalmente anacrónicas las recetas económicas que se proponen, gracias a las cuales pretenden suavizar los efectos devastadores del capitalismo sin tocar la estructura.

Aún más, la propia necesidad de crecimiento y competencia de la economía actual requiere que el centro de decisiones ya no recaiga en el Estado-nación, sino en instituciones superiores encargadas de expandir y mantener el proyecto neoliberal. Así hemos visto como nuestra capacidad de autoabastecimiento, y con ella de soberanía, ha quedado ligada a las ayudas proporcionadas por el centro económico europeo, cosa que todavía limita más la capacidad de gobierno. El ejemplo perfecto de ello es Grecia, donde, a pesar de la voluntad de Syriza de lanzar unas políticas económicas alternativas para encarar la crisis, se ha encontrado con la incapacidad real para realizarlas.

Tentación realista

Nuestro proyecto político parte de impulsar los movimientos populares para articular un pueblo fuerte que ejerza un contrapoder. Por este motivo, creemos que hace falta una determinación colectiva de los diferentes actores políticos para conseguir construir las bases que permitan la construcción del poder popular. En este proyecto necesitamos el esfuerzo de toda la militancia, y creemos que la ola de aventuras institucionales se está llevando una buena parte de esta, y en muchos casos la más preparada. Esto es sin duda un problema, ya que, si por carencias de las luchas, lo que hacemos es abandonarlas no podremos superarlas nunca. Aún así, creemos que el peligro real al que nos enfrentamos no es tanto la pérdida de militantes como la absorción de los movimientos en los que participaban hacia lógicas propias de las instituciones.

Como hemos dicho en el punto anterior, los límites gubernamentales acaban condicionando a los partidos políticos. Estos, según escalan en el sistema de representación parlamentaria, se ven obligados a reformular sus posturas políticas con tal de encuadrar su proyecto dentro del marco en el cual se mueven. Es decir, existe cierta tensión realista que obliga a cambiar el proyecto inicial, cosa que no es de extrañar, ya que las posiciones políticas proyectadas sobre una hoja de ruta de construcción de contrapoderes populares no tiene cabida dentro del marco parlamentario.

El ejemplo perfecto de la capacidad de adaptación que genera esta tentación realista podemos observarlo en la trayectoria de Podemos, que de todos los partidos de esta nueva ola ha sido el que ha conseguido mayor calado mediático y representación. No es lo mismo el Podemos previo a las elecciones al Parlamento europeo que el que gana las elecciones al CIS o el que prepara las elecciones autonómicas y generales. Del Podemos que propone impagos de la deuda y la renta básica al de la actualidad no han pasado más que un puñado de meses, pero suficientes para que la esperanza de voto le obligue a replantearse hacer propuestas "oportunas" para los cargos a los cuales aspiran.

Somos conscientes de que éste no es un hecho desconocido, más bien está a la orden del día en los debates de algunos sectores proinstitucionales. De hecho, hay varias propuestas lanzadas para esquivarlo, como la democracia interna, el partido representante de los movimientos sociales, la limitación de mandatos, etc. Aún así, debemos recordar que, a pesar de potenciar todas estas fórmulas, otros partidos han acabado tomando el mismo camino. Es el caso de los Verdes en Alemania, un partido planteado como representación institucional de todo un movimiento bien organizado (la fórmula utilizada era definida como el movimiento con dos patas), con una estructura interna democrática diseñada para obligar a los cargos a seguir los mandatos de la base, etc. Lo cierto es que este partido pudo aguantar su versión original mientras tuvo un papel de oposición prácticamente extraparlamentaria, pero conforme fue consiguiendo cuotas de poder, ni la democracia interna ni el movimiento de calle pudieron seguir el ritmo parlamentario. Así que el resultado no fue del todo el esperado, convirtiéndose en un partido social-liberal como cualquier otro.

Así mismo, el hecho de que los partidos rupturistas acaben siendo caricaturas de lo que pretendían ser no tiene porque ser un problema en sí. Más bien lo que realmente es un problema es que, dependiendo de la capacidad de influencia que tenga este partido sobre los movimientos de base, estos acaben acompañándolo en su viraje y, por tanto, perdiendo su radicalidad inicial. Esto es totalmente lógico, ya que el partido ha pasado de ser oposición combativa a ser parte del sistema contra el que se combatía y requiere que las luchas se amolden a sus necesidades. De esta forma, los movimientos de calle acaban siguiendo la lógica realista de un marco que no es el suyo: el institucional.

So observamos la transición, podemos ver como la capacidad de influencia –posterior a las guerras entre grupúsculos por el control de la hegemonía de los movimientos populares– de los partidos tradicionalmente de izquierdas consigue desarticularlos según éstos van ganando sillas en el reparto de poderes –o incluso, en el intento de participar, tal es el caso del PCE que sin ganar nada o poco a cambio, consiguió canalizar al movimiento obrero hacia posturas de recuperación institucional–.

Necesitamos señalar también que el peligro que esto comporta supone permitir regenerarse al régimen en momentos de tensión social. Podemos observarlo en Grecia, donde gracias a que el gobierno está representado por un partido como Syriza, las élites europeas han podido imponer las medidas de austeridad más fuertes de este ciclo de crisis sin que haya un contrapeso en la calle de contestación.

Resumiendo: la entrada en las instituciones invierte el programa de cualquier organización política. De esta forma podemos afirmar que no se pueden cambiar las instituciones del Estado, si no que más bien son estas las que te cambian.

Relación partidos-movimientos

Una vez dicho esto, la pregunta obvia que se nos presenta hace referencia al tipo de relación que deben establecer los movimientos sociales con todos estos partidos. Para nosotros la respuesta es clara: la relación debe ser de tensión.

La estrategia política principal en todo movimiento revolucionario es la acumulación de fuerzas, y para nosotras el agente que debe aplicar esta fuerza es el pueblo fuerte a partir del poder popular. Como hemos dicho antes, la Administración estatal es una estructura hecha para sostener las relaciones propias del capitalismo. Consecuentemente, si los movimientos populares adoptan un carácter revolucionario, su lucha pasa inevitablemente por combatir estas estructuras, ya que no dejan de representar el poder contra el que luchan. Así pues, nuestro proyecto de poder popular no pretende crear organizaciones civiles que sirvan de base de apoyo al gobierno, si no la organización directa del pueblo que le sirve para socializar este poder, y lo capacita para construir la herramientas fundamentales que sirvan de endamiaje de una nueva sociedad.

Por este motivo, creemos que los movimientos populares deben tener una hoja de ruta propia, al margen del que tengan los partidos. De todas las cuestiones comentadas en este texto, consideramos que ésta es la de mayor importancia. Sea como sea, el movimiento tiene que ser totalmente autónomo, ningún partido lo tiene que representar en el gobierno. Siempre habrán sectores que quieran aventurarse en el salto institucional, eso no lo podremos evitar, pero no podemos permitir que éstos se lleven por delante lo que se haya conseguido (por poco que sea). Pero tal como decíamos antes, por este motivo debemos profundizar en nuestra capacidad política y organizativa, ya que sin estos factores nunca conseguiremos que el peso de las luchas se mantenga en la calle.

Queremos esclarecer que todo esto no nos debe llevar a adoptar la clásica postura de concebir cualquier partido o candidatura como el enemigo de clase. De hecho, somo conscientes de que pueden existir partidos con los que compartamos objetivos, o otros con los que compartamos ciertas estrategias o tácticas. Aunque lógicamente la tónica es que no compartamos nada. Así pues, en el caso de que haya en las instituciones partidos cercanos a los movimientos sociales, creemos que no tenemos que cerrar puertas. Más bien al contrario, hay que saber aprovechar las oportunidades que tengamos para arrebatar a los diferentes gobiernos todo aquello que nos ayude a avanzar en la acumulación de poder. Lo importante aquí es que tienen que ser los movimientos sociales quienes controlen los partidos, a través de su capacidad de presión, y no los partidos a los movimientos gracias a la silla de persuasión.

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comentarios

1

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    7814EBC
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    Vie, 03/11/2016 - 21:08
    ¿Poder? ¡Ni el popular! Por muchos que se suban al carro de la “nueva era”, ese carro no lleva a transformaciones profundas, o sea, revolucionarias. Estoy totalmente de acuerdo en eso de que cantar las glorias de una mayoría para cambiar las instituciones, no es más que pura propaganda. Me gusta la figura esa de que “los movimientos sociales nunca dejarán de ser músculo para partidos políticos”. Creo, efectivamente, que si se organiza un proyecto de sociedad desde abajo, con titiriteras, artistas, contables, profesoras, poceras, panaderas, vendedoras, manteras, médicas, migrantes, locas, encarceladas, prostitutas, fontaneras, doctoras en bioquímica, campesinas, informáticas, vagas, diletantes, poetas, etc., etc., todo lo demás, o sea, partidos, sindicatos, instituciones..., sobran. Creo también que cuando se dice eso de que en la izquierda hay desconfianza, es cierto, pero no deja de ser más cierto que si la izquierda opta por las instituciones, por mucho que nos diga la Colau, nunca se podrá desde ahí eliminar la insaciabilidad capitalista, por mucho anticapitalismo que quieran exhibir. Abarcar cotas de poder será volver a lo mismo de siempre: y ya no me refiero solo al terror soviético, que es demasiado conocido, sino también a lo ocurrido, por ejemplo, en Sri Lanka donde creo que fue por los años cincuenta del siglo XX cuando los trotskistas se unieron a un gobierno burgués que, a los pocos años, fue expulsado del poder en las nuevas elecciones, incluso la Cuarta Internacional se vio obligada a “oponerse” a dicha confluencia. Así, pues, cuando ahora nos hablan del “cambio” en el estado español, nos da igual, al menos a mi, que sea sin C's, con C's, sin el PsoE, con el PsoE, con Rajoy, sin Rajoy, con Sánchez, sin Sánchez..., no dejan de ser líderes-marionetas (¡Ah, mis queridos titiriteros!) manejados por el capital. Estoy muy de acuerdo con Gimeno. Creo que debemos emplear este texto como punto de partida para discutir sobre el papel de las instituciones y los partidos políticos. ¿Poder? Sí, sin representación. Además, hoy es necesario redefinir qué entendemos por “pueblo”. Para mi es “más pueblo” una migrante de cualquier lugar, que una burócrata sindical, por poner un ejemplo. Enrique Bienzobas
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