La banalidad del racismo y del sexismo

El pasado viernes publiqué en la revista Píkara Magazine mi análisis sobre el escándalo producido por las agresiones sexuales en Colonia la noche de Fin de Año. En aquel artículo ponía el acento en el corte racista que ha propiciado una reacción de condena a gran escala que debería ser, sin embargo, la reacción habitual ante un hecho tan común y tan deplorable como es el acoso sexual y las agresiones machistas en entornos de fiesta.

12/01/16 · 12:53

El pasado viernes publiqué en la revista Píkara Magazine mi análisis sobre el escándalo producido por las agresiones sexuales en Colonia la noche de Fin de Año. En aquel artículo ponía el acento en el corte racista que ha propiciado una reacción de condena a gran escala que debería ser, sin embargo, la reacción habitual ante un hecho tan común y tan deplorable como es el acoso sexual y las agresiones machistas en entornos de fiesta. Una reacción que debería ser habitual pero que en absoluto lo es: la extremada violencia policial, judicial y social que vivimos cuando denunciamos agresiones sexistas es una de las grandes lacras que impiden acabar, precisamente, con esa violencia. El caso de Colonia, lo reitero, no va de condena a la violación: va sobre quién tiene el derecho legítimo a violarnos. Va sobre los otros que violan a nuestras mujeres. Pero nunca fue sobre las víctimas, que están siendo un mero instrumento para alimentar discursos racistas, fascistas y xenófobos.

Cuando escribo estas líneas llevo 96 horas sometida a un acoso implacable en las redes sociales por haber escrito aquel artículo. He recibido, literalmente, centenares de mensajes llenos de insultos y amenazas por parte de aquellos que dicen estar escandalizados ante la violencia machista acaecida en Colonia. Insultos sexistas que incluyen lesbofobia encarnizada, amenazas de arrancarme la cabeza, de pegarme patadas en la boca, de tirarme a las alcantarillas, que me llaman cerda, guarra, bollera reprimida, nazi, gilipollas, merma, follamoros, rata sidosa y un sinfín de barbaridades más. Pero los más preocupantes, y los que desgraciadamente vienen a corroborar mi artículo, son todos aquellos (decenas de ellos) que amenazan con violarme o que me desean la violación, violaciones en grupo, violaciones a mí y a mis novias. O los que afirman que yo, con esta cara, puedo estar tranquila porque soy infollable, los que dicen que no merezco ni que me violen, o los que me dicen, tan campantes, que ellos a mí no me violarían ni pagando. Ni que yo quisiera. O que ya quisiera yo que me violasen. En el fondo de esos mensajes persiste la idea de que la violación es un mérito, de que nos gusta, de que nos pasa porque estamos buenas, si es que estamos buenas. Y de que tenemos que estar agradecidas porque la violación, al fin, es una forma como cualquier otra de tener sexo.

La violencia sexual campa a sus anchas. El racismo, la lesbofobia y las agresiones machistas, también. Campa a sus anchas en las redes como campa a sus anchas en la vida. De esos perfiles, en su inmensa mayoría de hombres, aunque no únicamente, algunos son de claro corte fascista y neonazi, llenos de esvásticas y mensajes de un odio xenófobo apabullante. Pero muchos otros ni siquiera. Hay activistas LGTBI, estudiantes con cara de buenos chicos, hay músicos de pop alternativo, hay periodistas, historiadores, escritores… un poco de todo.

De las muchas cosas que me han pasado estos días, una ha sido recuperar la memoria olvidada de una agresión en el patio del colegio. Lo que hoy llamamos bullying. Recuerdo a un grupo de críos pegándome una paliza, recuerdo los golpes, los gritos, los tirones de pelo, las patadas. Y me recuerdo a mí haciéndome ovillo en el suelo sin poder hacer más, impotente bajo los golpes. En las palizas del colegio, no todo el mundo quería pegar. Los matones eran dos o tres, como en las redes. Los chungos de verdad. El resto es, simplemente, gente normal que se une a la turba. Que pasa por allí y lanza una patada, porque todo el mundo lo está haciendo, porque qué más da, para no ser el raro, para no ser el siguiente en pillar. Nada une más a la turba que un enemigo común, aunque para ello sea necesario apalear. Para ellos es sólo una patada. Para ti, que estás siendo apaleada, no es sólo una patada: es una patada más y un socorro de menos. En los días posteriores, algunos críos me vinieron a pedir perdón. Pero el perdón llega siempre tarde. Lo que marca la diferencia es alzar la voz en el momento mismo de la paliza. Cambiar el balance de fuerzas. Negarte a formar parte de la turba, activamente.

Mi paliza cibernética es una anécdota. Cierro el ordenador y desaparece. No existen, sin más. Ha sido una paliza, además, acompañada de cientos de mensajes de apoyo que me han ayudado a sostenerla con tranquilidad, sintiéndome acompañada. La paliza que están recibiendo los refugiados y refugiadas, las personas musulmanas y racializadas en Europa, criminalizadas a partir de las agresiones de Colonia, no se apaga tan fácilmente. Es urgente alzar la voz. Contra la violencia sexista en las redes, sí, pero especialmente contra la violencia sexista y racista que está utilizando nuestros cuerpos como excusa en la vida real. Es urgente negarnos a ser la turba enfurecida que golpea, y negarnos a ser la turba silenciosa que mira hacia otro lado. Hannah Arendt analizó de manera brillante la banalidad del mal hace apenas unas décadas en esta misma Europa. Tenemos que dar una respuesta contundente y coordinada. No podemos permitirnos formar parte de una nueva época de banalidad.

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