21D: Reflexiones para una agenda por la radicalidad democrática

Una de las ventajas de hacer política fuera de un ciclo electoral es que se dispone de más tiempo y menos presión. Más tiempo para pensar, para equivocarse, para evaluar caminos y bifurcaciones, para fabricar sin los rigores demoscópicos e, incluso, para imaginar escenarios que no pasen, única y exclusivamente, por las urnas y los partidos políticos.

, Es antropólogo.
16/12/15 · 7:20
Manifestación de marea ciudadana contra la Ley Mordaza y la Ley del Aborto. / Juan Zarza / Diso Press

Sin laberinto no hay rigor

José-Miguel Ullán

Sí. Ya sé. Todas las miradas están puestas en el próximo 20 de diciembre. Como si el mundo se acabara en esa fecha. Las fuerzas políticas, los medios de comunicación, las colas en el supermercado, las conversaciones en los centros de trabajo. Todo parece encapsularse detrás de un diálogo (¿monólogo?) en torno a liderazgos, encuestas, posibles gobiernos, alianzas, coaliciones... Ahora bien, ¿y después del 20-D, qué? No lo digo sólo desde la obsesiva especulación partidaria. Me lo pregunto como alguien que vivió (directa o indirectamente) la experiencia del 15M, de las manifestaciones en las plazas, de las mareas, de la lucha contra los desahucios, "rodeando el congreso", en las asambleas barriales, apoyando la puesta en marcha de iniciativas autogestionarias, contribuyendo a la maduración de candidaturas municipalistas que han significado un giro copernicano en el panorama gubernamental, participando en movimientos sociales y apostando por su protagonismo como actores clave para la experimentación de formas alternativas de sociabilidad. En síntesis, desde todos aquellos espacios y procesos que demandaban y siguen demandando otra forma de hacer democracia, otra manera de concebir la política con mayúsculas.

Para algunos de nosotros, varias de las preguntas que nos atraviesan se parecen muy poco a las que martillean los realities de televisión (esa nueva placenta del quehacer político) en torno al 20D, y en cambio se aproximan más a cuestiones parecidas a éstas: ¿cómo proseguir con una agenda, un proyecto, de ruptura y radicalidad democrática, es decir, que se enfrente al horizonte del "fascismo social" (en términos de Boaventura de Sousa Santos) que la agenda austericida europea pretende cronificar? ¿Cómo ayudar al refuerzo, la articulación, la proyección común de fuerzas sociopolíticas que apuesten por la apertura de un proceso constituyente entendido no tanto en su sentido jurídico, sino más bien en el devenir de subjetividades capaces de repensar nuestras sociedades sobre bases de solidaridad, cooperación y justicia social? ¿Cómo mantener viva la llama de la ruptura democrática post 15-M en un contexto institucional que, previsiblemente, se decantará entre la limpia "restauración" lampedusiana ("que todo cambie para que nada cambie", a través de la entente PPSOE y Ciudadanos) o, en su defecto, por medio de la "reforma" neo/socialdemócrata/popular (con un hipotético entendimiento entre PSOE y Podemos)?. No son preguntas fáciles. Menos aún las potenciales respuestas.

Después del 20D se estará en disposición de comenzar una nueva partida. Y quizá por ello, sea necesario empezar hoy a pensar cómo queremos jugarla

 

Sin embargo, me gustaría lanzar algunas reflexiones para el debate. Una de las ventajas de hacer política fuera de un ciclo electoral es que se dispone de más tiempo y menos presión. Más tiempo para pensar, para equivocarse, para evaluar caminos y bifurcaciones, para fabricar sin los rigores demoscópicos e, incluso, para imaginar escenarios que no pasen, única y exclusivamente, por las urnas y los partidos políticos. Menos presión para innovar, para arriesgar formas organizativas no transitadas, para ensayar metodologías y prestar atención a los aspectos de la realidad poco visibles. Desde las elecciones europeas, en casi todos los segmentos vinculados con eso que suele denominarse "el activismo social", pareció inocularse una vertiginosidad que hizo prevalecer los fines por encima de los medios. Ese fue el tempo de las candidaturas municipalistas, ese fue el clima dentro del cual respiramos las gentes pegadas a los movimientos sociales, esa fue la aceleración histórica en la que Podemos tuvo que autoconstituirse como actor emergente. De aquella célebre frase del 15-M, "vamos lentos porque vamos lejos", tuvimos que pasar al "asalto a los cielos" (recordemos aquella sentencia ya mítica en Vistalegre, "el cielo no se toma por consenso: se toma por asalto."). Después del 20D se abrirá un cierto periodo de calma (con la salvedad, quizá, del laberinto catalán) donde las cartas estarán ya repartidas, y cada quién ocupará la mesa según las correlaciones de fuerzas emanadas. Se estará en disposición de comenzar una nueva partida. Y quizá por ello, sea necesario empezar hoy a pensar cómo queremos jugarla.

Desde mi perspectiva, para aquellos que seguimos apostando por un proyecto político de ruptura y radicalidad democrática, llega un tiempo de nuevas oportunidades y desafíos. Una de las claves para cimentar propuestas pasa, entre otras posibilidades, por contribuir a la construcción de eso que algunos denominan "contrapoderes". Ahora bien, ¿de qué clase de contrapoderes estamos hablando? Me atrevo a aventurar cinco de ellos...

1. Contrapoderes por fuera de las instituciones, es decir, con independencia total del color político resultante. No importa que las denominadas "fuerzas del cambio" tomen parcelas del poder, si se quiere avanzar y profundizar en la agenda constituyente, sigue siendo imprescindible reforzar las luchas de las calles y las plazas, dotar de nueva centralidad y protagonismo a los movimientos sociales, rearmar iniciativas ciudadanas y vecinales, lanzar protestas, quejas, plataformas, coordinadoras, movilizaciones. Empujar "desde fuera" para que los de adentro no se olviden de dónde vinieron. Y escribir todo ello en cuaderno propio, sin subalternidades ni correas de transmisión, reconociendo que estos actores son, en sí mismos, tan centrales o más que las instituciones a la hora de componer sociedad.

2. Contrapoderes dentro de las fuerzas políticas emergentes. Tanto Podemos como las candidaturas municipalistas corren el riesgo de impregnarse, en tanto que estructuras que lidian a diario con las dinámicas burocrático-institucionales, de aquello que Robert Michels denominó "la ley de hierro de la oligarquía" de los partidos políticos. Todo lo que signifique desconcentrar poder, abrir procesos consultivos y deliberativos amplios, fortalecer descentralizaciones, tantear posibilidades a caballo entre la forma partido y la forma movimiento, contribuirá a capilarizar la experiencia democrática y a propulsar nuevas formas de convivencia, evitando solipsismos, corruptelas y tics autoritarios tan propios de nuestra cultura política post-Transición.

3. Contrapoderes con capacidad para construir narrativas e imaginarios sociales diferentes. La batalla cultural, la batalla en/por los medios de comunicación, la génesis de industrias culturales alternativas, la producción de contenedores académicos insurgentes, incluso thinks tanks propios (como acaba de hacer, recientemente, Podemos con el Instituto 25 de mayo para la democracia y su revista, La Circular, o experiencias movimentistas ya consolidadas como Traficantes de Sueños) siguen siendo necesarias. Frente a la socialización neoliberal que programa mentalidades y cuerpos dirigidos a aceptar y normalizar la lucha de "todos contra todos", estamos urgidos a contarnos otros relatos, a representarnos habitando otros mundos posibles. Y en ese imaginar y practicar estructuras de plausibilidad otras, el feminismo y el ecologismo social continúan pareciéndome dos de los surtidores más formidables de que disponemos.

4. Contrapoderes dentro de las bases económicas de la sociedad. Uno de los puntos débiles que tradicionalmente han poseído muchas experiencias sociopolíticas críticas en nuestro país (con la salvedad quizá de País Vasco y Cataluña), ha sido su desconexión e incapacidad respecto de las problemáticas vinculadas con las condiciones materiales de vida, es decir, el lugar de la producción y la reproducción social. Una agenda política post 20D que persiga la ruptura y radicalidad democrática es interesante que mantenga su apuesta por el protagonismo de las experiencias de economía social y solidaria, por la autogestión como herramienta de enorme potencia, por los procesos de auditoría ciudadana de deuda, por el impulso de iniciativas de economía feminista y de políticas de los cuidados, por el ensamblaje a escalas locales y regionales de economías cooperativas, circulares, colaborativas y de resistencia, por el replanteo de la cuestión del trabajo, el empleo y el salario, que posicionen a las personas más vulnerables en un mejor lugar a la hora de pugnar por la distribución equitativa del valor social.

5. Contrapoderes desde una perspectiva internacionalista, por cuanto la radicalidad democrática, en un contexto como el europeo, no parece poderse llevar a cabo sólo desde el perímetro de los estados-nación. Lo hemos visto con Syriza. Hacer frente al neoliberalismo en el sur del Mediterráneo hoy, supone tejer alianzas que contribuyan a forjar identidades y estrategias transculturales. De lo contrario, el rodillo de Estrasburgo, los lobbistas de Bruselas, el pacto entre conservadores y socialdemócratas en la Comisión Europea, la disciplina monetaria del Banco Central Europeo, neutralizan cualquier intentona de resistencia. El aumento de la pobreza y la desigualdad en España bebe de las mismas fuentes que la depauperación en Grecia, Italia, Portugal, y se alimenta de los mismos comederos que la crisis de los refugiados en Siria. La geoestrategia neoliberal no entiende de fronteras. Las ciudades y campos del Magreb, Oriente Próximo, Balcanes, sur de Europa, son sólo piezas y escenarios donde opera la "acumulación por desposesión" (siguiendo la noción del geógrafo David Harvey); todo lo cual nos empuja a un nuevo internacionalismo de movimientos y partidos anti-austeridad, que tenga por objeto el diálogo ciudadano por una democracia europea de los pueblos y no de la banca ni los grandes oligopolios empresariales.

Hacer contrapoder supone asumir el desafío del laberinto social. Supone generar pasarelas de sentido entre distintas luchas. Supone encarar al adversario e incomodar al aliado. No tener la respuesta ni la estrategia de vía única, sino más bien practicar una suerte de ignorancia creativa, una generosidad táctica que permita trazar ligaduras y fortalecer vínculos. Tenemos poco que perder y mucho que ganar tras el 20D. Lamentablemente desde el inicio de la crisis han sido demasiadas las personas que han sufrido. Nos han despojado de casi todo... aunque como decía el poeta Claudio Rodríguez, podremos estar derrotados, pero nunca en doma.

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