Vértigo electoral

El autor considera que los sentimientos de derrota que se perciben en la izquierda española de cara a los resultados del 20 de diciembre pueden ser prematuros.

, escritor y periodista
04/12/15 · 8:00
Foto: Hugo Ortiz Ron.

Se percibe cierta desmoralización, o decepción, por parte del electorado español de izquierdas ante los resultados de las encuestas sobre los resultados electorales a las Cortes y el Senado.

Quizá sea porque se habían exagerado las expectativas e importancia de esta contienda electoral, o porque también en estos sectores va calando la fina lluvia de desprestigio que los medios arrojan sobre Podemos.

Otro elemento a tener en cuenta es la decepción ante la incapacidad para establecer alianzas electorales globales entre este partido e IU, sobre todo después de amagar con ellas durante mucho tiempo.

Desde el lado interno de la cuestión, también puede influir la percepción, entre parte de la militancia, de un viaje al centro que para algunos ha traspasado líneas rojas; y quizá, ciertos tics "autoritarios" por parte de la dirigencia del partido liderado por Pablo Iglesias.

Sin embargo, estos sentimientos de derrota quizá sean todavía prematuros, pues las espadas están aún altas en el campo electoral.

Según escribo estas líneas, la última encuesta -tan sospechosa como las demás- indica que el porcentaje de voto de Podemos e IU suma el 22,3% del electorado, en empate técnico con el resto de grandes formaciones estatales, así que sería bueno esperar a las elecciones y ver qué sucede antes de "tirarse al rio" de la desesperanza, y no sólo por eso, y sobre todo no sólo por eso.

Por un lado, la descomposición del régimen del 78 continúa a buen ritmo en las "periferias nacionales" de la península, especialmente en Cataluña, pero sin olvidar tampoco a Euskalherria, donde el fenómeno Ciudadanos es inexistente y los grandes partidos estatales siguen en caída libre, con la excepción de Podemos.

Más temprano que tarde, las élites del régimen tendrán que afrontar esta situación y del "conflicto nacional" pueden surgir oportunidades de cambio también en lo social, como estamos ya viendo en Cataluña. Este cambio puede darse tanto en las "naciones de la periferia" como en el resto del Estado español, gracias a la profundización de la democracia y la participación popular en el diseño social/territorial.

Además, el cambio de mentalidades que supuso el 15M, no se limita al crecimiento de determinada fuerza política. Parte de la población española se ha empoderado, ha cambiado su manera de ver las cosas públicas, y ha superado la idea de que la única política y economía posible es la neo liberal, tomando conciencia de que PP y PSOE (y ahora también Ciudadanos) son parte de ella.

Y lo que es más importante, sectores significativos han pasado de las palabras a los hechos y se han organizado en movimientos sociales de todo tipo, que funcionan en muchos casos al margen de lógicas electorales y que suponen el verdadero motor del cambio social.

La aparición del vigoroso movimiento municipalista por el cambio en las principales ciudades del Estado, es una de las expresiones políticas de ese cambio profundo, que ya está aquí.

Examinemos también las experiencias de fuera para aprender. En América Latina y en Grecia, hemos descubierto cómo la llegada al gobierno de partidos "progresistas" no ha sido suficiente para garantizar cambios sociales profundos y duraderos.

Syriza "ha tenido" que tragar con las ruedas de molino de la Troika y en el sur americano se ven claras muestras del agotamiento de un modelo, que muestra así sus carencias internas y sus debilidades ante los cambios de la economía mundial y los ataques de los mercados.

No olvidemos nunca que la verdadera fuerza del cambio es el pueblo organizado: de abajo arriba, gracias al aumento de la conciencia y el compromiso social, a la consolidación de la riqueza y diversidad de los movimientos sociales, a la profundización democrática en lo local…

Si lo olvidamos, podría pasar (no sería la primera vez) que la vanguardia, en pleno fragor de la batalla política, vuelva la cabeza para arengar a las masas que supone la siguen, y descubra -aterrada- que todos se han marchado a ocuparse de sus asuntos.

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