El movimiento maldito

El autor revisa el uso del término "movimientos sociales" y concluye que, para evitar despertar los fantasmas antidemocráticos, siempre se han identificado como los cortapisas de la democracia, dado su ­carácter gremial, corporativo o lobista.

, activista de los movimientos sociales gallegos y profesor de Sociología
05/10/15 · 8:00
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Hubo un tiempo en el que la izquierda y la derecha hablaban del movimiento en singular. Hoy esta palabra trae con ella todos los fantasmas de los totalitarismos. El movimiento era la sangre del franquismo y del nazismo, también del estalinismo y del maoísmo.

En la izquierda, este término, maldito cuando lo entona un líder político, suena anacrónico en la boca del militante, como un préstamo literario tomado de una época a la que desde hace décadas hemos dejado de pertenecer.

Preferimos hablar de movimientos sociales en plural. Es lo políticamente correcto. Por un extraño giro de la historia, nos ha llegado a parecer mucho más democrático.

Años atrás, el filósofo Giorgio Agamben confesaba cierta consternación: durante el largo periodo en el que jamás se dejó de hablar del movimiento, nunca nadie lo definió con precisión. Una única excepción, decía Agamben, la del jurista alemán Carl Schmitt, que al diseñar su modelo para el régimen nazi a imitación del soviético, sostuvo que la unidad política deseada sólo era posible articulando la tripartición del Estado, el movimiento y el pueblo.

Para Schmitt sólo el movimiento era propiamente político. El Estado no era más que la política petrificada; lo estático o inerte. El pueblo, ente vivo pero amorfo, permanecía impolítico hasta que era modelado, cultivado y dirigido por el movimiento.

Así las cosas, tan sólo se podría concluir que allí donde hay movimiento no puede haber democracia, pues no hay movimiento democrático, por cuanto conlleva la impolitización del demos. Este rasgo formaría, según Agamben, la invariante de lo movimentístico indistintamente como fenómeno de derechas o de izquierdas, desde su primera formulación hasta la actualidad.

Para el filósofo no cabía otra opción que impugnar la historia del concepto, y hecho esto, decidirse por, o bien abandonarlo, o bien acometer una drástica redefinición. Pero quizás no sean éstas las dos únicas soluciones, y tan sólo se precise una impugnación parcial, rescatando de la tradición una parte fundamental.

El movimiento, en su acepción moderna, es inseparable de otros dos conceptos: democracia y revolución. Los tres han sufrido giros inesperados, dentro de torsiones lingüísticas que han terminado por velar su esencia.

La revolución entra en el léxico político en dos tiempos: primero como metáfora astronómica, y luego geológica

La revolución entra en el léxico político en dos tiempos: primero como metáfora astronómica, y luego geológica. Primero, como imagen de la regularidad de la naturaleza, del orden y de la vuelta al origen. Las constituciones giran en círculo, así como lo hacen los planetas en su copernicana revolución orbital alrededor del Sol.

Cromwell encabeza una insurrección, derroca al rey y le corta la cabeza para establecer la asamblea de un nuevo gobierno con el que transformar radicalmente la vida política y moral, pero esto nada tiene que ver con la revolución. En el siglo XVII la revolución acontece al caer el conspirador y regresar la monarquía.

Segundo sentido: geológico. El círculo se despliega. La revolución se acomoda en la línea del progreso, figurada como una suerte de convulsión subterránea que trabaja las profundidades de manera inadvertida, hasta irrumpir frenética como lava expulsada por un volcán. Guillotina regicida, promulgación de una nueva constitución, primero en París, luego en Cap-Haïtien.

Esta vez sí será entendida como una revolución. Por una razón. Jamás componible al modo de lo que una vez fue, la historia pasa ahora por el filtro de una dialéctica que avanza a través de la negación de la negación para instaurar lo nuevo: el ciudadano como sujeto político en Francia, el negro en Haití.

Y más tarde el "viejo topo" de Marx, negación de aquella primera negación, que asoma su cabeza en la revolución europea del 1848, oteando desde su agujero una tierra por venir, la de la revolución proletaria, más allá del fin de la historia del republicanismo burgués.

Reinventado una y otra vez

Los devenires de la democracia no son menos paradójicos. Se dice que en su forma moderna aparece con las revoluciones americana y francesa al final del XVIII, y que si es distinta de las antiguas democracias helenas lo es por su carácter representativo. La polis era una democracia directa, ahora será delegada o indirecta. Pero los padres fundadores no veían las cosas así.

La representación tiene una larga historia, a menudo disociada de cualquier contenido democrático. Para Hamilton, de hecho, democracia y representación eran antitéticas. Pensaba en Estados Unidos al modo de Rousseau, como una suerte de "aristocracia electiva" y por tanto alternativa a la monarquía. Lo propio de la democracia moderna es otra cosa.

En su forma moderna, el pueblo de la democracia es reinventado una y otra vez

La democracia sólo había sido imaginada en términos de poder constituido, es decir, como una de las posibles formas de gobierno. A partir de este momento, cuando la revolución se despliega en la línea para crear lo nuevo, podrá comprenderse en términos de poder constituyente. El demos estaba dado de antemano en la antigua Atenas. En su forma moderna, el pueblo de la democracia es reinventado una y otra vez.

El ciudadano, el proletario, la mujer, el negro, etc., son todos ellos nombres de los movimientos o partes de la democracia que reconstituyen la democracia en el movimiento. Así cobra sentido la definición del comunismo que daban Marx y Engels.

No es una situación que deba establecerse, tampoco un ideal: "Llamamos comu­nismo al movimiento real que suprime la situación actual".

La revolución, la democracia y el movimiento tienen algo en común: sus vistas a constituir un común universal, que ahora sabemos que siempre es relativo

La revolución, la democracia y el movimiento tienen algo en común: sus vistas a constituir un común universal, que ahora sabemos que siempre es relativo y que jamás se realiza de forma acabada. Pues el común no es un bien o producto sino una institucionalización, dialéctica o no. Y la universalidad se revela siempre parcial, al ascender las partes que subordina y oculta, y al nacer las que aún no ha llegado a conocer.

La democracia es la potencia por la cual las partes constituyen una y otra vez el demos a lo largo de cada irrupción revolucionaria de lo nuevo. Aquella otra potencia que acomoda las partes emergentes en la nueva repartición del demos es lo que llamamos, en singular, movimiento. Extraños giros de la historia.

Los "movimientos sociales" de los que ahora preferimos hablar, para evitar despertar los fantasmas antidemocráticos, son lo que siempre se ha identificado como las cortapisas de la democracia, dado su ­ carácter gremial, corporativo o lobista.

Sólo cuando logran trascenderse a sí mismos insertándose en la perspectiva maldita del movimiento, operan virtuosamente en esta tripartición de la política moderna –democracia, revolución, movimiento– antagónica y alternativa a la de Schmitt.

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